jueves, 7 de noviembre de 2019

Puedo Ayudarte

Cristina Rubio
Sheila siempre estaba ocupada. El trabajo era lo más importante para ella, le ayudaba a no pensar en sus problemas ni en los problemas del mundo. Cada vez que salía de la oficina en la que trabajaba, cogía el autobús para regresar a su casa y, durante el trayecto, no dejaba de darle vueltas a todas las tareas de las que tenía que ocuparse. 

Sin embargo, un día un hombre le sacó de sus pensamientos. El hombre iba sentado a su lado y Sheila no le prestó ninguna atención hasta que, de súbito, él le dijo:

―Puedo ayudarte.

Sheila se quedó desconcertada. Le miró y vio que el hombre tenía los ojos chispeantes, llenos de vida y una hermosa sonrisa. Sheila estaba tan sorprendida que, por unos instantes, se quedó inmóvil a pesar de que estaba llegando a su parada. Tan sólo reaccionó cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, entonces se bajó precipitadamente del autobús. Después se giró y vio que el desconocido continuaba mirándola sonriente desde la ventanilla.

<<¿Quién es ese hombre y en qué cree que puede ayudarme?>> Se preguntaba sin cesar mientras caminaba por la calle. Cuando llegó a su casa no podía pensar en nada más que en él, en sus ojos, en su sonrisa. Se miró a sí misma en el espejo y vio su semblante serio. Trató de sonreír, pero solo consiguió hacer una forzada mueca. <<Seguramente tiene algún trastorno mental>> se dijo finalmente y sacó al hombre de sus pensamientos para llenarlos, como siempre, de trabajo. Inmediatamente cogió su portátil para acabar un informe que tenía pendiente para dentro de dos semanas.

Aquella noche, Sheila, no durmió bien. Tuvo muchas pesadillas. Cuando se despertó por la mañana, solo recordaba que había soñado con el desconocido: este le tendía su mano mientras ella se hundía en arenas movedizas. Él trataba de cogerle de la mano, pero no lo conseguía. El recuerdo de esta pesadilla le causó mucha inquietud y se preguntó si realmente se estaría hundiendo. <<Decididamente no>> se dijo con determinación, satisfecha de ser una mujer exitosa, que hacía poco había ascendido en su empleo gracias a su esfuerzo y dedicación. Así que, decidió que a partir de ese día cogería siempre el metro para regresar a su casa. No quería volver a encontrarse con el desconocido nunca más.

Fueron transcurriendo los días y poco a poco Sheila fue olvidándose de él. Sin embargo, una noche, mientras estaba cenando, encendió la televisión y se quedó sin aliento cuando vio que en la pantalla apareció el desconocido. Era el canal de las noticias y estaba siendo entrevistado. Bajo su rostro aparecía su nombre: Pablo Pérez. Subió el volumen para escuchar lo que decía: por lo visto era médico y trabajaba para una ONG en Nepal. No estuvo en la pantalla más de un minuto.

Aquel hombre había irrumpido de nuevo en su vida. <<No puede ser…>> se dijo perpleja. Tras unos instantes, tomó su portátil y buscó a Pablo en Internet. No había mucha información sobre él. Sheila encontró su perfil en una red social y algunas fotografías suyas publicadas en la web de la ONG. En la mayoría de ellas mostraba su chispeante mirada y su hermosa sonrisa. Sheila las contempló embelesada.

Después comenzó a leer los proyectos a los que se dedicaba la organización y pensó que era curioso que un hombre que se dedicaba a ayudar a personas necesitadas le ofreciese su ayuda a ella, a alguien a quien no le faltaba de nada. Tras meditar unos instantes, se le ocurrió la idea de donar dinero a la ONG. <<Quizás sea yo quien te ayude a ti…>> susurró complacida. Instantes después rellenó un formulario online y de este modo se convirtió en socia de la organización en la que trabajaba Pablo.

Al cabo de un mes, Sheila recibió una invitación en su correo para acudir a una conferencia en la que algunos de los integrantes de la organización, incluido Pablo, hablarían de su trabajo en Nepal. A Sheila le pareció un momento único para aclararle, en persona, quién necesitaba la ayuda de quién. <<Menuda sorpresa se va a llevar>> se jactó.

Lo que no esperaba Sheila era que se sentiría tan nerviosa cuando volvió a ver a Pablo. Escuchó atenta su exposición y le gustó mucho todo cuanto él dijo. Se sentía como hechizada por su rostro y por su voz. No obstante, cuando terminó la conferencia, decidió salir lo antes posible de la sala y sin decir nada. Sin embargo, de súbito, oyó una voz a sus espaldas.

―¡Hola!¡Por favor espera!

Reconoció aquella voz, se trataba de él, de Pablo. Se giró despacio y cuando le vio se quedó enmudecida. Él la miraba con su mirada chispeante y su cautivadora sonrisa. Se acercó a ella y tendiéndole la mano, le dijo:

―Soy Pablo ―Sheila le respondió con voz trémula:

―Lo sé. Yo me llamo Sheila. ―Pablo sonrió aún más.

―Me alegra que te hayas hecho socia. Muchas gracias Sheila.

―De nada, me ha interesado mucho todo lo que habéis expuesto aquí y os doy mi enhorabuena por vuestro encomiable trabajo.

Sheila deseaba marcharse de allí, pero sus pies no le respondían. Y de pronto las palabras brotaron de su boca rápidamente y sin su permiso.

―Por cierto, no sé si lo recordarás, pero un día, en un autobús, me dijiste que podías ayudarme.

―¡Oh, sí! ¡Claro que lo recuerdo! Llevaba varios días cogiendo el mismo autobús que tú y siempre te veía tan triste, tan atrapada en tus pensamientos que quise sacarte de ahí.

Sheila no pudo resistirse y le replicó con altanería:

―Pues no estaba triste ni mucho menos. Pero fíjate que al final ha sido justo al revés. Soy yo quien te está ayudando a ti, ¿no te parece?

Al escuchar estas palabras la sonrisa de Pablo se desvaneció por completo, y tras guardar silencio unos instantes le contestó:

―Más ayuda recibe el que la da que el que la recibe.

Sheila, no pudo evitar poner un gesto de extrañeza en el rostro. <<Tan solo quiere quedar por encima de mí>> pensó. Entonces, llena de soberbia le espetó:

―Te aseguro que yo no espero recibir tu ayuda, ni la de nadie. Tengo todo cuanto necesito y me siento muy satisfecha con mi vida. Debes saber que tienes una impresión totalmente equivocada de mí.

El médico la escuchó con atención. Continuaba serio y dijo con voz suave:

―Lamento que mis palabras te hayan molestado.

Sheila se sintió muy incómoda y decidió finalizar la conversación.

―Disculpa, pero tengo que marcharme. Adiós.

―Ha sido un placer volver a verte. ―dijo Pablo con amabilidad, pero Sheila ya se había dado la vuelta e iba rápidamente hacia la salida.

Cuando Sheila llegó a su casa se arrellanó en el sofá recordando su conversación con Pablo, y una congoja inmensa invadió su pecho. <<¿Pero a quién quiero engañar?>> se preguntó entre sollozos. <<Mi vida no está bien, no está bien>> se repitió una y otra vez negando con la cabeza.

Al día siguiente Sheila buscó el perfil de Pablo en Internet y le escribió un mensaje pidiéndole disculpas. Él no tardó en responder y le propuso quedar al día siguiente explicándole que dentro de dos días regresaría a Nepal. Sheila aceptó la invitación y se sintió entusiasmada ante la idea de volver a verle.

Cuando Sheila se levantó al día siguiente no podía dejar de desear que llegase pronto la hora de la cita: las siete de la tarde. Fue a trabajar y cuando salió fue rápidamente a su casa para arreglarse. Se probó varios vestidos, se maquilló, y se hizo un hermoso recogido de pelo, pero al contemplarse en el espejo pensó que Pablo no se fijaría ni en el vestido, ni el maquillaje ni el peinado. Él se fijaría en su interior y nada podría ocultar a sus ojos la verdad. Él solo vería en ella la persona triste que realmente era. La persona a la que no le faltaba de nada pero que tenía un gran vacío en su corazón. La persona que necesitaba ayuda.

Finalmente se puso su ropa de siempre, se quitó el maquillaje y se soltó el pelo. Cuando se acercó la hora de la cita Sheila sintió miedo. Miedo a que Pablo viera su interior tan claramente. Pero recordó la sensación de bienestar que había sentido al verle, al escuchar su voz. Esto derribó su temor y salió decidida de su casa.

El lugar de encuentro que habían elegido (una pequeña y tranquila plaza con árboles, bancos y dos hermosas fuentes) estaba cerca de la casa de Sheila. Ella fue caminando con paso ligero y, cuando estuvo a pocos pasos, vio que Pablo estaba de pie esperándola. Cuando se acercó a él Sheila le saludó con timidez. Quería sonreírle, pero no podía. Quería decirle algo, pero su mente estaba en blanco. Pablo la miró a los ojos fijamente y después dijo con suavidad:

―Ven aquí. ―acto seguido la rodeó con un cálido abrazo que la hizo sentirse intensamente bien. Estuvieron abrazados unos instantes y cuando se separaron Sheila sonrió ligeramente.

―¡Qué sonrisa tan bonita! ―exclamó Pablo admirado. Sheila sintió que una leve alegría había brotado de su interior y de un modo natural y espontáneo había sonreído. Y entonces le dijo:

―A partir de este momento consideraré cada día como una oportunidad para mejorar como persona. La sonrisa es solo el comienzo.

―Los comienzos son siempre muy importantes y tú has elegido el mejor de todos ―reconoció Pablo y tras un instante de silencio añadió:

―¿Sabes que decía Teresa de Calcuta sobre la sonrisa?

―No, no lo sé.

―Una sonrisa en los labios alegra nuestro corazón, conserva nuestro buen humor, guarda nuestra alma en paz, vigoriza la salud, embellece nuestro rostro e inspira buenas obras.

―¡Que hermosas palabras!―Exclamó Sheila entusiasmada. Ambos se rieron y se sentaron en un banco frente a una de las fuentes. Charlaron durante horas y el tiempo se pasó volando. Cuando se hizo de noche decidieron cenar juntos y cuando hubieron terminado Pablo acompañó a Sheila a su casa. Cuando llegaron, Sheila dijo con voz suave:

―Ha sido maravilloso. Gracias por todo.

―Sí, lo ha sido. Gracias a ti por darme la oportunidad de conocerte.

Ambos se sonrieron. Sin embargo, los ojos de Sheila comenzaron a llenarse de lágrimas. Pablo, le había dicho que partiría a Nepal al día siguiente por la mañana y que no sabía cuándo volvería a España, pero que lo más seguro es que transcurriera al menos un año antes de su regreso. Sheila trabajaba por la mañana y no podría ir al aeropuerto para despedirse de él.

―No te preocupes Sheila, nos despedimos aquí, pero te recuerdo que ahora con las nuevas tecnologías no te librarás de mí tan fácilmente. ―ambos rieron. ―Espero que sigamos en contacto.

―Por supuesto. ―le aseguró rápidamente Sheila secándose las lágrimas.

―Además, ¿por qué no piensas en venir unos días a Nepal? Estoy seguro que te encantará.

Sheila le contestó sin vacilar.

―¡Cuenta con ello! Iré encantada.

Pablo y Sheila se dieron dos besos y tras guiñarle un ojo, Pablo se marchó. Cuando Sheila entró en su casa se dio cuenta de que Pablo la había ayudado y mucho. Ahora sabía lo que era la verdadera felicidad e iba a luchar por seguir sintiéndose feliz.

Así fue como poco a poco Sheila fue retomando el contacto con sus seres queridos de quienes se había distanciado totalmente. Continuó ayudando como socia a la ONG en la que trabajaba Pablo y participó como voluntaria en otras organizaciones de ayuda. Sheila fue ampliando su grupo de amigos y amigas y casi todos los días hablaba con Pablo por Skype. Además, Sheila organizó su viaje con ayuda de la ONG para ir a Nepal como voluntaria.

De modo que, en cuanto Sheila comenzó sus vacaciones, cogió sus maletas y emprendió un largo viaje. Al llegar a su destino, Pablo la estaba esperando. Cuando la envolvió con su cálido abrazo, Sheila sintió que no había nada mejor en el mundo que un abrazo de Pablo, su gran amigo, el médico que la había ayudado a sanar su corazón.

jueves, 31 de octubre de 2019

La Casa Maldita

Queridos lectores y queridas lectoras hoy os traigo un relato muy especial para este Halloween. ¡Espero que lo disfrutéis! Si os gusta podéis ayudarme a seguir escribiendo haciendo clic en el botón azul de la derecha. ¡Muchas gracias!



Todos los habitantes de mi pequeño pueblo aseguraban que la casa abandonada estaba maldita. Decían que allí vivía un fantasma y, por este motivo, nadie se atrevía a entrar en ella.

Cuando vine a vivir a este pueblo hace casi un año fue lo primero de lo que me informaron: <<Será mejor que no te acerques a esa casa>>.

Yo quería saber qué es lo que había ocurrido, pero cuando les preguntaba vacilaban y me contaban con voz trémula que en la casa vivía un hombre que no era un hombre sino un fantasma. Algunas personas decían que muy a menudo se asomaba por la ventana mirando con una mirada demoníaca. Además, aseguraban que oían su voz gritándoles dentro de la cabeza, sin mover los labios.

A mí esas ideas me parecieron absurdas desde un principio y me inquieté pensando que todas aquellas personas pudiesen tener problemas mentales. Sin embargo, he de reconocer que cuando me acerqué a aquella casa, un miedo indescriptible se apoderó de mí.

La primera vez que la contemplé sentí como si me hubiese asomado al borde de un precipicio y estuviese a punto de caer en el abismo. Miré hacia la ventana y lo cierto es que no vi a nadie, pero me dio la sensación de que estaba siendo observada.

A partir de entonces, trataba por todos los medios de evitar pasar cerca de la casa abandonada. Hasta que una mañana, no sé por qué motivo, me desperté decidida a acabar con mi temor y el temor de todos mis vecinos y vecinas.

Me dirigí apresuradamente a la casa, me acerqué a la puerta y, sin vacilar, la golpeé con los nudillos varias veces, pues no había timbre. Por supuesto no esperaba que nadie me abriese, así que me puse a pensar en cómo conseguiría entrar cuando, para mi sorpresa, la puerta se abrió despacio. Di un paso hacia atrás atemorizada, pero al no oír ningún ruido pensé que había sido una corriente de aire la que me había dado la bienvenida.

Permanecí un rato en el umbral, observando el interior de la casa sin atreverme aún a entrar. Desde allí pude apreciar el salón en el que había un sofá grande, una televisión antiquísima, algunos libros amontonados y muchas antiguallas esparcidas sobre una estantería, una ventana y una escalera que conducía a la primera planta. En ese momento, oí un ronroneo y vi como un gato negro se acercó a mí y, acto seguido, entró en la casa sigilosamente.

Decidí seguirle, no sin mucha cautela, pero pronto le perdí de vista. Mientras avanzaba despacio observaba a mi alrededor y luchaba una batalla interna entre quedarme o irme. Pero la curiosidad y el deseo de desarmar la teoría del fantasma me hicieron continuar con la inspección.

―¿Hola? ―pregunté con voz potente. Esperé unos instantes y, tal como esperaba, no hubo respuesta.

Sin embargo, el movimiento repentino de una sombra me cortó la respiración. El miedo me dejó totalmente paralizada, tan solo sentía los fuertes latidos de mi corazón.

Cuando vi aparecer ante mí al gato negro de nuevo no supe si reír o llorar. El felino se subió ágilmente al sofá y se tumbó sobre él mirándome majestuosamente con sus grandes ojos verdes, tan verdes como esmeraldas.

Contemplar al animal me relajó y me infundió un renovado valor. Me acerqué a la estantería y cogí uno de los libros. Soplé para quitarle el polvo de la cubierta y cuando lo abrí descubrí que en la primera hoja había un nombre escrito a mano: Trevor Lion. Las letras eran finas y elegantes.

Estaba ensimismada contemplando la bella caligrafía cuando, de súbito, la puerta de la entrada se cerró de un portazo. Me volví sobresaltada, pero me tranquilicé pensando que la responsable había sido de nuevo la corriente de aire. Dejé el libro de nuevo sobre el estante y a continuación me di cuenta de que, mientras estaba en el interior de la casa, no había notado ninguna corriente. Es más, al entrar había percibido una atmósfera enrarecida, cargante, asfixiante, aunque no le había prestado demasiada atención debido al miedo que me invadía.

Estaba sumergida en estos inquietantes pensamientos cuando me pareció oír unos pasos en la planta de arriba. Miré instintivamente hacia el techo y permanecí unos segundos quieta aguzando el oído. Como no volví a oír nada, decidí subir la escalera.

Una vez arriba, entré en una de las habitaciones. En ella solo había cuatro paredes pintadas de azul y un pequeño ventanuco con una cortina por la que se filtraban algunos exangües rayos de sol. Salí de la habitación y contemplé desde arriba el salón apesadumbrada por el abandono y el vacío de aquel lugar. En ese momento me pregunté: <<¿Quién fue Trevor Lion?>>. En el pueblo hablaban mucho del fantasma, pero nadie parecía saber nada acerca de su identidad. Lo justificaban diciendo que hacía muchísimos años que aquella casa estaba deshabitada.

Salí de mis pensamientos al oír de nuevo unos pasos. Esta vez sonaban cercanos, muy cercanos. Me giré y entonces le vi. Sí, vi al fantasma por primera vez en mi vida. Se trataba de un hombre alto, con el rostro demacrado y surcado por unas profundas ojeras. Sentí su mirada clavada en mí como un cuchillo. Empecé a temblar de miedo.

―¿Qué quieres? ―me preguntó con voz atronadora dentro de mi cabeza, sin mover los labios. Entonces recordé el motivo de mi visita: <<Demostrar que en esta casa no hay ningún fantasma>> pensé. El fantasma que podía leer mis pensamientos me respondió iracundo en mi mente, sin articular palabra:

―¡Pues ya ves que el fantasma sí existe! ―Y tras una nueva pausa, al ver que yo no me movía añadió con una furia desorbitante y con el rostro desencajado:

―¡Fuera de aquí!

Inmediatamente me dirigí a las escaleras y las bajé corriendo, casi rodando, desesperadamente. Cuando llegué al salón vi al gato que se había sentado sobre el sofá y me seguía con la mirada. Pensé en llevármelo de aquel horrible lugar, pero tenía tanto miedo que continué corriendo hacia la salida. Sin embargo, cuando abrí la puerta, le oí bufar y a continuación el fantasma gritó:

―¡Aparta rata inmunda!

Me paré abruptamente y giré la cabeza aterrorizada, con el corazón latiendo de tal forma que temí que se saliese de mi pecho. El fantasma había bajado la escalera y el gato ahora estaba en el suelo frente a él, con el lomo arqueado y las orejas hacia atrás en posición de ataque.

Temí que el fantasma le hiciese daño por lo que le silbé para atraer su atención. Entonces el gato dejó de bufar y vino hacia mí apresuradamente. En ese momento lo tomé entre mis brazos y abandoné el lugar, corriendo todo lo deprisa que pude hasta que llegué a mi casa que estaba a más de un kilómetro de allí.

Una vez dentro de mi casa, puse agua en un recipiente y busqué algo de comida para el gato. Me senté en el sofá y le contemplé mientras bebía y comía. Cuando se hubo saciado saltó sobre mis piernas y empezó a ronronear mientras yo acariciaba su suave pelaje. Su ronroneo me calmó los nervios y me quedé dormida.

Ignoraba las consecuencias que tendría todo aquello. Ignoraba que varias personas me habían visto entrar en la casa y que después fueron testigos de mi huida con el gato negro. De modo que, cuando al día siguiente me dirigí a la escuela me quedé estupefacta al ver que ninguno de mis alumnos se presentó a clase.

Nadie se acercaba a mí, todos me temían. Cuando fui a visitar a Jonny, mi único amigo, me recibió sumamente nervioso, esquivo. Un profundo e incómodo silencio se interpuso entre los dos.

―¿Cómo se te ocurrió entrar en la casa?¿Has perdido el juicio? ―me preguntó finalmente con tono muy grave.

―Quería probar que el fantasma no existe.

―¿Ah sí?¿y lo has conseguido? ―me preguntó alzando una ceja.

―No ―contesté muy a mi pesar, mirando hacia el suelo.

―¿Y el gato?¿lo tienes en tu casa?

―Sí, claro. ¿Qué problema hay con el gato?

―¿Que qué problema? ―Jonny se llevó una mano a la frente como si le doliera la cabeza. Continuó preguntando:

―¿Has pensado en que el gato podría estar maldito?

―No lo está. Te lo aseguro.

―¿Ah no?¿Y cómo estás tan segura?

―El gato no estaba en la casa. Entró en ella conmigo. Y además se enfrentó al fantasma.

―¿Qué se enfrentó al fantasma?

―Sí, exacto.

―En cualquier caso, tienes que deshacerte de él.

―¿Qué?¡No!

―¿No te das cuenta? Ahora todos te tienen miedo sobre todo porque creen que tienes algo que estaba en la casa maldita.

―¡No!¡Ni hablar! El gato se queda conmigo.

Tras un suspiro de impotencia de mi amigo, di por finalizada la conversación y me despedí de él. Cada persona que encontraba a mi paso me miraba con mucho temor y se apartaba de mí. <<¿Pero qué le pasa a esta gente?>> me preguntaba angustiada. Yo no había cambiado, era la de siempre y en cuanto al gato, estaban totalmente equivocados.

Fueron pasando los días y nadie me dirigía la palabra ni siquiera Jonny. Mi única compañía era aquel gato negro de ojos verdes al que puse de nombre Blackie. Lo cierto es que me sentía inmensamente feliz de tenerle a mi lado. Aunque cada día me levantaba con la esperanza de que todo volviese a la normalidad.

Sin embargo, mi situación no cambió hasta que, pasados más de tres meses, Jonny vino a visitarme. Estaba sin aliento, había venido corriendo. Por supuesto, no quiso entrar en mi casa. Cuando me contó que una familia había entrado a vivir en la casa maldita, me horroricé ante la idea.

Ambos fuimos todo lo rápidamente que pudimos hasta la casa para advertir a la familia del peligro. Cuando llegamos a escasos metros de ella pudimos escuchar sus animadas voces. Jonny y yo miramos hacia la ventana. Habían puesto tiestos con geranios. Una niña estaba asomada y al vernos nos saludó con la mano. Entonces se asomó su madre y al vernos nos saludó también con la mano.

Jonny y yo nos miramos estupefactos. Entonces nos acercamos a la casa y llamamos a la puerta. El padre nos abrió sonriente y nos invitó a pasar. Había dos niños pequeños jugando en el suelo. La luz del sol entraba a raudales por la ventana abierta.

Ni mi amigo ni yo sabíamos cómo abordar el tema del fantasma. Jonny estaba pálido mirando hacia un lado y hacia otro con temor.

―Me alegro mucho de vuestra visita ―nos dijo con jovialidad el nuevo dueño y añadió: ―Mi nombre es Héctor y estos dos monstruitos de aquí son Max y Leopold. Arriba están mi mujer Elisabeth y, mi otra monstruita, Sheila.

Como nosotros no decíamos nada, el hombre observó:

―Parecéis muy asustados. No debéis preocuparos.

Jonny y yo nos miramos atónitos, el hombre continuó diciendo:

―El fantasma que vivía en esta casa se ha marchado por fin.

No podíamos creer haberle oído decir aquellas palabras.

―¿Perdón? ―acertó a preguntar Jonny con voz temblorosa.

El hombre se rió a carcajadas.

―Cuando llegamos encontramos una nota. Dejad que os la muestre.

“Quien lea esta nota debe saber que yo, Trevor Lion, el fantasma de esta casa, he sido liberado gracias a un acto de valor.”

Inmediatamente reconocí la letra, eran los mismos trazos finos y elegantes que vi en el libro que cogí cuando entré por primera vez en la casa. Miré a Jonny, estaba pálido con la boca abierta. Entonces Héctor añadió:

―Todo el pueblo nos advirtió que aquí vivía un fantasma, así que a mi familia y a mí nos pareció bien venir a hacerle compañía. Luego tras leer la nota, nos desilusionamos mucho ―El hombre rió de nuevo.

Estaba claro que Héctor no creía en los fantasmas. Pero eso ya no importaba. Lo que importaba realmente era que el fantasma tenía un nombre: Trevor Lion. Y lo que más importaba era que se había marchado.

Poco a poco, a medida que fue transcurriendo el tiempo, todos los vecinos terminaron aceptando que la casa ya no estaba maldita y mi vida fue volviendo a la normalidad. Mis alumnos regresaron progresivamente a clase y la gente ya no se apartaba de mí, sino que me mostraban su gratitud. Incluso Jonny y varias personas más se atrevieron a entrar en mi casa y acariciar a Blackie admitiendo que el gato era adorable.

Ahora solo me intriga una pregunta: <<¿Quién fue Trevor Lion?>>. Y me intriga aún más la actitud de las personas a las que les hago esta pregunta: tiemblan como hojas balbuceando que ni le conocen ni han oído hablar de él nunca. <<¿Quién fue Trevor Lion?>> me pregunto constantemente y no dejaré de indagar hasta hallar una respuesta. 




sábado, 26 de octubre de 2019

Fantasía o Realidad

Dibujo realizado por Cristina Rubio

El lobo aullaba desesperado bajo la plateada luz de la luna llena. Poco antes había sido un ser humano. Pero ahora, bajo el influjo de un maleficio, era un animal temible del que había huido su amada.

Yikar, así se llamaba el lobo, había perseguido por el bosque a Aldara, su mujer, que corría aterrada tratando de alejarse de él. Cuando la alcanzó, situándose frente a ella, Aldara se quedó petrificada por el terror que le producía. La mujer no veía al hombre que tanto la amaba sino a un depredador cuya única intención era arrebatarle la vida.

Yikar tan sólo deseaba decirle que era su marido y que no quería hacerle daño, pero Aldara no le reconocía. Cuando Yikar vio temblar de miedo a su esposa se dio cuenta de que lo mejor que podía hacer era dejarla ir. La cabaña donde vivían los dos no estaba lejos. <<Seguro que llegará sana y salva>> se dijo el lobo dándose la media vuelta y desapareciendo en la lobreguez de la noche.

Yikar aulló desesperado durante toda la madrugada hasta que aparecieron en el cielo los primeros rayos del sol. En ese momento, y para su sorpresa, recobró milagrosamente su forma humana. Fue apresurado al río para ver su reflejo. Se tocó la cara, los brazos, el torso, las piernas y los pies. Se sintió inmensamente feliz de volver a ser un hombre y regresó corriendo a la cabaña. Aldara estaba allí y, en cuanto le vio, le abrazó fuertemente llorando de alegría.

―¿Dónde estabas?¿Qué te ha pasado?¿Dónde está tu ropa? ―le preguntó atropelladamente.

Yikar no sabía qué contestar. Desde que la conoció nunca le había mentido. Pero ahora, ¿cómo explicarle que una hechicera se había encaprichado de él y que, al rechazarla, esta se vengó convirtiéndole en un licántropo? No le creería, le tomaría por loco.

Aldara, insistió:
―Yikar, ¿qué te ha pasado?

Tras unos instantes de silencio, Yikar respiró profundamente y armándose de valor le contestó:

―Anoche, mientras dormías y yo vigilaba el fuego, se apareció ante mí una mujer muy hermosa que tendiéndome la mano me dijo que me fuese con ella. Yo me negué y entonces me lanzó un maleficio que me transformó en lobo.

Aldara se apartó de él reculando despacio, mirándolo con incredulidad y temor. Tras unos instantes de tenso silencio Aldara dijo:

―Anoche, me despertó un ruido, entonces salí de la tienda de campaña para ver que ocurría y tú no estabas por ninguna parte, solo había un lobo del que traté de huir. ¿Estás diciéndome que ese lobo eras tú?

―Así es ―contestó Yikar.

Aunque el hombre no se arrepintió de contar lo que recordaba, se preguntó si sus palabras serían ciertas.  ¿Y si se lo había imaginado todo?

―Creo que soy un licántropo y que esta noche me transformaré de nuevo ―añadió sin creerse sus propias palabras.

Ambos ya no se dijeron nada más durante el día. Aldara, de cuando en cuando, le miraba fugazmente, como si se tratara de un extraño.

Yikar deseaba demostrarle a su mujer que decía la verdad, pero cuando la luna apareció en el cielo, él continuó siendo humano. Y como noche tras noche no se convertía en lobo, no podía demostrar la veracidad de sus recuerdos.

Yikar deseaba volver a transformarse en lobo solo para demostrarle a Aldara que lo que le había dicho era la verdad. Y es que Yikar notaba como Aldara se distanciaba cada vez más de él. Era como si se hubiese creado una gran brecha entre los dos y se estuviese abriendo separándolos cada vez más y más.

Yikar se sintió tan angustiado ante la idea de perder a Aldara, que una noche decidió ir al bosque a buscar a la hechicera. Acudió al lugar donde fue transformado en lobo. Esperó y esperó hasta que, de repente, oyó la voz de la hechicera a sus espaldas:

―Que grata sorpresa… ¿Qué te trae por aquí? ¿Has cambiado de opinión? ¿Vendrás conmigo?

―No. He venido para que le demuestres a mi mujer que lo que me ocurrió es verdad.

―¿Y qué te ocurrió?

―Me transformaste en lobo.

―¿Y no estás contento de volver a ser un hombre?

―De nada me sirve ser un hombre, si Aldara ya no confía en mí.

―Entonces ¿qué quieres que haga?

―Quiero que le muestres a Aldara quién eres.

―Como quieras ―dijo la hechicera riendo terriblemente y tras pronunciar unas extrañas palabras una luz cegadora brilló en las manos de la mujer.

Aldara, que había seguido a Yikar sin que él se diese cuenta, lo estaba presenciando todo y al ver que la hechicera le iba a lanzar aquella luz hiriente a su marido se abalanzó sobre él para protegerle.

En ese instante la luz impactó contra Aldara y esta cayó al suelo sin vida. Yikar sintió un dolor insoportable en el pecho.

―Bien, he cumplido tu deseo. ―dijo la hechicera con tono de gran satisfacción y tras estas palabras desapareció.

Yikar gritó desgarradoramente y cinco lobos que le oyeron, se acercaron a él. Al advertir su presencia Yikar pensó que le matarían, pero no tenía la intención de defenderse porque sin Aldara ya no encontraba ninguna razón para vivir. Sin embargo, los lobos no parecían querer atacarle, más bien era como si quisieran acompañarle en su dolor y el hombre se sintió extrañamente arropado, reconfortado.

Yikar albergó la esperanza de que quizás ellos les ayudarían. <<¿Pero cómo?>>, se preguntó.  En ese instante tuvo la sensación de que los lobos conocían sus pensamientos porque se dispusieron alrededor de él y de Aldara formando un círculo y comenzaron a aullar.  

Sus aullidos sonaban a súplica, era como si le implorasen al cielo que le devolviera la vida a Aldara. Yikar no apartó su mirada del rostro de su esposa quien, de pronto, abrió los ojos. El hombre, que no podía creer que su mujer estuviese viva de nuevo, la tomó entre sus brazos gritando su nombre.

―¡Aldara!¡Aldara!

―Yikar ¿estás bien? ―le preguntó ella con voz débil.

―Sí, sí, estoy bien. Tú me salvaste la vida. ¿Lo recuerdas?

―Sí, lo recuerdo todo. Siento mucho no haberte creído. No volveré a desconfiar de tu palabra.

―No pasa nada cariño. Te quiero ―dijo Yikar besándola en la frente. Después les dio las gracias a los lobos y estos se marcharon.

Yikar y Aldara regresaron a la cabaña tomados de la mano. Aldara se estaba esforzando en asimilar todo lo ocurrido, mientras que Yikar se preguntaba inquieto si todo había sucedido realmente o no era más que fantasía. Sin embargo, pronto dejó de hacerse esta pregunta y le propuso a su mujer abrazar el presente y tratar de dejar atrás aquellos hechos que, al fin y al cabo, sobrepasaban el entendimiento humano. A su esposa le pareció una buena idea y poco a poco volvieron a vivir sus vidas con sencillez, en completa y dichosa armonía.   

viernes, 18 de octubre de 2019

La voluntad de la silla


Vincent van GoghSilla con pipa

El escritor se sentaba en la silla, frente a la mesa, con el bolígrafo en la mano y la hoja de papel en blanco. Transcurrían unos instantes y entonces las ideas brotaban en su mente como el agua en un manantial. Esto es lo que sucedía cada día en su pequeño piso.

El escritor pensaba que era algo mágico pues en ningún otro lugar lograba escribir nada. Lo que ignoraba por completo era que la inspiración provenía de la austera silla de madera y mimbre de la que solía quejarse para sus adentros. Algún día tendré una silla más cómoda se decía a menudo, cuando soñaba con ser rico y famoso.

La silla por su parte, era feliz cada vez que el escritor se sentaba en ella dispuesto a escribir. Su única voluntad era inspirarle para que escribiese hermosas historias. Y, a pesar de que sabía que el escritor pasaba penalidades económicas, ignoraba los delirios de grandeza de él y sus ganas de reemplazarla por otra.  

La silla pensaba que como ella le quería, él también la quería a ella y que siempre estarían juntos. De tal forma que su amor iba creciendo y cada vez le inspiraba al escritor mejores historias.

El tiempo fue transcurriendo hasta que llegó un día en el que el escritor empezó a vender sus libros y comenzó a ganar mucho dinero. No tardó en poner a la venta el piso junto con todos los muebles y muy pronto se marchó.

La silla esperaba pacientemente a que el escritor regresara, pero como él no volvía, comenzó a sentirse abandonada, completamente sola. La silla lloraba y lloraba por dentro sintiéndose impotente. ¿Por qué me abandonaste?¿Quién te inspirará ahora? se preguntaba preocupándose por el escritor más que por ella misma.

Sin embargo, el escritor ya no se acordaba de ella. Vivía de forma disipada derrochando el dinero en bebida, juegos y placeres mundanos. El vacío se había apoderado de él, ya no se le ocurrían ideas, era incapaz de escribir. Pronto seré pobre otra vez se decía con amargura. Era incapaz de asociar su éxito literario a la silla que tantas horas había sostenido pacientemente su peso mientras él escribía.  La silla que tanto le quería y a la que él había abandonado.

Aunque tras dos tristes años, la soledad de la silla terminó porque un famoso pintor entró a vivir en el piso del escritor. En cuanto el pintor vio a la silla, le dijo admirado:

―Eres sencilla pero muy hermosa. Eres perfecta para mí.  

Al oír aquellas palabras la silla, a la que nunca nadie le había dicho nada bonito, sintió una felicidad inmensa y resplandeció de tal modo que el pintor fascinado por su belleza decidió inmortalizarla en un cuadro.

El artista disfrutó como nunca en su vida pintando a la silla y, cuando hubo terminado el cuadro, se sintió muy orgulloso. Pensó que se trataba de una de sus mejores obras. El pintor colgó el cuadro en la pared y cuando la silla lo contempló, lloró de felicidad. Aquel hombre la había valorado como nadie en su vida. Gracias, gracias quería decirle la silla y el pintor, aunque no oía sus palabras, sintió en el corazón que la silla estaba agradecida.

A partir de entonces la silla se dedicó a inspirar al pintor para que crease hermosos cuadros. El artista que había sabido apreciar su belleza desde el primer instante en que la miró también supo apreciar y agradecer su labor porque se dio cuenta de que, al igual que la voluntad de él era pintar, la voluntad de la silla era inspirar.

sábado, 12 de octubre de 2019

Para siempre


© Cristina Rubio

Me acuerdo de la primera vez que fui a la playa. Tenía siete años y lo primero que percibí, nada más bajarme del autobús fue la brisa marina y el olor de la arena y la sal. Y aunque a mi alrededor solo veía palmeras y pequeñas casitas, aquel lugar me encantó.

Caminamos durante un buen rato hasta que por fin llegamos al edificio donde estaba nuestra casa de veraneo, tal y como la llamaba mi madre. Tras subir muchas escaleras llegamos a la casa y, una vez dentro, la inspeccioné rápidamente. Era amplia y muy luminosa. Tenía tres habitaciones y lo que más me gustó: una terraza enorme. Acostumbrada a vivir en un piso diminuto aquella casa me pareció un palacio.

Sin embargo, no me dio tiempo a ver mucho más porque enseguida mi madre me dijo que íbamos a pasar la mañana en la playa. Yo no sabía qué significaba aquello, pero sonaba realmente bien.

El camino hasta la playa se me hizo muy corto y, aunque solo tenía siete años, recuerdo nítidamente el impacto que tuvo sobre mí cuando la contemplé por primera vez. El mar azul celeste y la arena fina y dorada componían un espectáculo lleno tanta belleza ante mis ojos que me cautivó completamente.

Cuando pisé la cálida arena sentí que era sumamente agradable. Fui corriendo hacia la orilla, y me divertí mucho cuando las olas se acercaron para besar mis pequeños pies. Me maravillé al descubrir las conchas brillantes y de tantos colores que aquellas juguetonas olas depositaban en la orilla. Recuerdo que pensé que eran tantas que no podría recogerlas todas.

Regresé junto a mis padres a por el cubo para recoger el mayor número de conchas posible pero mi madre me dijo que me quedase con ellos bajo la sombrilla. Desde allí pronto me fijé en una niña que estaba haciendo un castillo con la arena. Me pareció una gran idea así que comencé a imitarla.

Al cabo de un rato, mi padre me cogió de la mano y me condujo hacia el mar. Yo sentí mucho miedo pues, aunque las olas eran divertidas, a su vez me parecían imprevisibles. La mayoría eran pequeñas y suaves, pero de vez en cuando había alguna más grande e impetuosa que me hacía perder el equilibrio. Sin embargo, después de un rato dentro del agua, aunque no sabía nadar, me relajé y me dejé mecer por el oleaje.

Cuando salimos mi padre y yo del agua, las yemas de mis dedos estaban arrugadas como la piel de los garbanzos. Tras secarme con la toalla, mi madre comenzó a recoger las cosas y yo me puse a llorar porque no quería irme.

―Mañana volveremos ―me dijo. Pero recuerdo que me sentía tan feliz disfrutando de la arena y del mar que quería quedarme allí para siempre. Y como yo no dejaba de llorar añadió:
―Ahora regresaremos a la casa grande que te ha gustado tanto. En tu habitación hay dos cajas con juguetes que eran míos cuando tenía tu edad, y ahora tú podrás jugar con ellos.

Sus palabras me calmaron un poco y cuando llegamos a casa lo primero que hice fue ir a mi habitación. En el suelo vi que había dos cajas de cartón muy grandes, las abrí y me maravillé al descubrir lo que había dentro: peluches, muñecas, libros, canicas, cromos y cuadernos con dibujos. Aquellos hallazgos me entusiasmaron mucho y jugué durante horas hasta que mi madre me llamó para comer.

Tras la comida, mis padres se tumbaron en las hamacas de la terraza y yo contemplé a través de sus barrotes las casas que había debajo. Una de ellas acaparó toda mi atención porque en su azotea había un hombre que criaba palomas. Le observé fascinada mientras abría las jaulas y dejaba a las aves volar. Todas eran muy hermosas y deseé tener yo también un palomar como aquel.

Cuando atardeció fuimos a caminar por el puerto. Había barcos enormes, algunos medianos y otros de menor tamaño que me impresionaron mucho, pero lo que más me gustó fue ver el mar de nuevo. Anduvimos durante un buen rato y se nos abrió el hambre con el intenso olor a pescado y marisco.

Entonces fuimos a sentamos a una de las pocas mesas libres que allí había y un camarero rápidamente nos trajo de aperitivo pan con alioli. Nunca lo había probado y cuando lo saboreé me supo tan delicioso que desde entonces se ha convertido en mi salsa preferida. Después tomamos chopitos y sepia a la plancha mientras escuchábamos las voces de la gente mezcladas con el rumor del mar.

Cuando regresamos a casa, me sentía agotada. Sin embargo, al acostarme, lo único que deseé fue que amaneciese pronto para volver a ir a la playa. Lo que no sabía es que por la mañana no me despertaría el despertador sino el canto de un gallo. Y lo que tampoco sabía es que me levantaría, iría a la terraza y contemplaría un precioso amanecer.

Ahora que recuerdo todo esto, me doy cuenta de que, si me hubiese quedado jugando con la arena y el mar para siempre, tal y como había deseado, me habría perdido otras experiencias igualmente maravillosas.   

jueves, 1 de agosto de 2019

Un valor incalculable


© Cristina Rubio

La pequeña Sofía sonrió emocionada cuando descubrió una bonita flor amarilla escondida en un rincón de su jardín. Era la primera vez que veía una flor real, pues poco antes de que ella naciera, las flores habían dejado de existir.

Ahora solo se podían contemplar a través de los dibujos, las fotografías o los vídeos que se habían hecho de ellas. Sofía pensaba que la especie humana había disgustado tanto a la Naturaleza que ésta ya no quería vestirse con sus hermosas flores.

Se preguntó entonces, qué hacía ahí aquella flor. De pronto, la niña sintió miedo de que alguien pudiera hacerle daño y decidió no compartir con nadie su descubrimiento.

Cada día, Sofía paseaba por su jardín, se sentaba sobre el césped cerca de la flor y se ponía a leer. La contemplaba de soslayo de vez en cuando y la pequeña se sentía inmensamente feliz.

Un día Sofía recibió la visita de su amiga Carlota quien estaba muy triste porque, por la mañana, había encontrado muerto a su precioso canario Pepín. Sofía se sintió muy apenada también pues le tenía mucho cariño al pajarito.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Carlota y entonces, Sofía pensó que, quizás, si le mostraba a su amiga su hallazgo, ésta se sentiría mejor.

―Ven Carlota, mira lo que he encontrado.
Tras dar unos pasos hacia el rincón del jardín a Carlota se le iluminó el rostro.
―¡Es preciosa! ―exclamó entusiasmada.

Ambas niñas se quedaron absortas contemplando la flor. La madre de Sofía, que las observaba desde la ventana de la casa, quiso saber qué es lo que había captado la atención de las niñas y se acercó a ellas sigilosamente. Cuando vio la hermosa flor exclamó:

―¡Es un milagro! ¡Un milagro!
―Mamá, tenemos que cuidarla y protegerla. ―dijo Sofía, volviendo el rostro hacia su madre.
―Claro cariño ―asintió la madre recordando, con lágrimas en los ojos, aquel mismo jardín cuando estaba rebosante de flores. Entonces, sintió la esperanza de que quizás, algún día, el jardín recuperaría todo su esplendor. El esplendor del que ella disfrutó antaño despreocupada, sin imaginarse que en el futuro podría desaparecer. 

Lo que en otro tiempo hubiese sido considerado algo corriente, casi insignificante, adquirió ahora su auténtico valor: un valor incalculable.  

domingo, 26 de mayo de 2019

La paloma blanca

© Cristina Rubio

Ahí estás paloma blanca: orgullosa, inteligente y cándida. 

Entre todas las palomas eres la más bella: con tu níveo plumaje y tu inocente mirada.

Te pregunto: ¿Eres feliz? Tú me miras, pero no dices nada.  

Todos los días os llevo migas de pan a ti y a todas tus hermanas. Las hay grises, las hay marrones, las hay moteadas y las hay blancas. Pero tú, entre todas ellas destacas. ¿Cómo no reconocer tu níveo plumaje y tu inocente mirada?

Anoche soñé que tenía alas y podía volar como tú, paloma blanca. Volaba por el cielo azul, entre las nubes algodonadas.

En mi sueño veía el mundo a través de tu inocente mirada y el mal no me alcanzaba. Me sentía tan en paz, tan liberada…

En mi sueño me sentía agradecida por cada instante de vida, tan agradecida como tú, paloma blanca.

Cuando me desperté, me sentí de nuevo humana y me dije: “quisiera ser como tú, paloma orgullosa, inteligente y cándida”.

domingo, 19 de mayo de 2019

La media naranja

Imagen de Pixabay

Sandra vivía en un tercer piso, junto a su gatita Mila. A Sandra le encantaba asomarse por la ventana y contemplar el inmenso jardín que la rodeaba. Desde allí dejaba a su mente volar. Soñaba con muchas cosas, pero lo que más ansiaba era encontrar a su media naranja.

La gatita Mila, pasaba entre las piernas de Sandra ronroneando, como si ella estuviese complacida con los sueños de su ama.

Sandra era esbelta y de tez morena. Tenía el pelo largo, ondulado y castaño y sus ojos eran negros como el azabache. Además, era muy simpática y divertida. Sin embargo, no había tenido suerte en sus relaciones amorosas y le estaba resultando muy difícil encontrar a una nueva pareja.  

Lo que desconocía Sandra era que tenía un admirador secreto. Se trataba de Iván, uno de sus vecinos, que se quedaba ensimismado cada vez que la veía. A él también le gustaba asomarse a su ventana, pero en vez de para contemplar el jardín, lo hacía para observarla a ella.

Le gustaba cuando la veía apoyada sobre el alféizar de la ventana, o cuando tendía la ropa, o cuando se la encontraba por el pasillo comunitario, o paseando por el jardín.  

Iván estaba seguro de que Sandra era su media naranja, a pesar de que nunca había mantenido una conversación con ella. Iván estaba preocupado porque no sabía cómo podría conquistarla. Él no era un hombre apuesto, pues estaba muy delgaducho y su rostro era muy pálido, casi inexpresivo. Además, su timidez dificultaba mucho sus relaciones, especialmente con las mujeres.

Un día, harto de su pusilanimidad, tomó la decisión de hablar con Sandra cuando la vio sentada, leyendo un libro, bajo la sombra de un árbol del jardín. Se acercó a ella con paso decidido y cuando Sandra levantó la vista, le dijo con un hilito de voz:
―Hola
―Hola ―contestó Sandra sonriéndole.

Tras unos instantes de silencio, él le dijo con voz trémula:
―Me llamo Iván. A mí también me gusta mucho leer.
Sandra solo había visto a Iván unas cuantas veces y no habían intercambiado más que un lacónico saludo. Así que le sorprendió mucho que ahora pareciera querer conversar con ella.

―Yo me llamo Sandra y estoy leyendo poemas de Alfonsina Storni ―dijo ella con cordialidad mostrándole la portada del libro.
―Gran elección… ―dijo Iván con falsedad pues desconocía totalmente a la autora. Sólo había leído libros escritos por hombres. 

Sandra volvió a sonreírle.
―Siéntate aquí a mi lado si quieres y leamos algunos poemas juntos.
Iván no podía creer lo que acababa de oír. Se sintió muy tenso e inseguro, porque le pareció que Sandra había sido demasiado directa para ser una mujer. ‹‹Desde luego no es nada tímida›› pensó.

La sonrisa se borró del rostro de Sandra al verle dudar. Iván, entonces, se sentó precipitadamente sobre la hierba. No le gustaba pensar en los insectos que poblaban el césped. Sandra se extrañó al verle mirar con disgusto a su alrededor.
― ¿Te ocurre algo? ―le preguntó pensando que aquel hombre era muy raro.
―Oh no, es sólo que no me llevo muy bien con los bichos ―dijo Iván tratando de sonreír.
―En ese caso podemos ir a otro sitio ―propuso Sandra.
―No te preocupes, estaré bien ―contestó Iván.

Transcurrieron las horas y Sandra no parecía cansarse de leer e Iván se impacientaba cada vez más, porque no le gustaba tener que leer algo escrito por una mujer y además deseaba conversar con Sandra, deseaba preguntarle: ‹‹¿Sabes cocinar o eres más de platos preparados?››. Él estaba harto de comer comida preparada, quería encontrar una mujer que le cocinase comida suculenta. 
  
Pero Sandra estaba embebida en la lectura. Ella declamaba los versos con pasión y seguridad, en cambio él leía con voz temblorosa y monótona. Sentía que las riendas de la situación las tenía Sandra, y eso le disgustaba mucho a Iván.

De pronto Sandra miró su reloj de pulsera y le dijo:
―Uy, qué tarde es, será mejor que lo dejemos aquí.
contestó Iván cabizbajo.
¿Quieres que cenemos juntos? le propuso Sandra amistosamente.

Iván se sintió violento a pesar de que estar con ella era lo que más deseaba en el mundo. No le pareció bien que una mujer le invitase a cenar con tanta naturalidad, mientras que él hubiese sido totalmente incapaz de haber formulado dicha pregunta.

Sandra se sintió incómoda ante el silencio de Iván. Se preguntó en qué estaría pensando. Le miró atentamente al rostro y percibió un leve gesto de desagrado en sus labios. Sandra entonces, cerró el libro, se puso en pie y le dijo con sequedad:
―No te preocupes si no puedes ―Iván se puso de pie y le contestó:
―Sí, quizás en otra ocasión. Esta noche no puedo.
―De acuerdo, adiós ―le dijo Sandra.

Iván se despidió y, cuando vio a Sandra alejarse, comprendió que ella no era el tipo de mujer que él estaba buscando. Tan resuelta, tan decidida… la veía totalmente incompatible con él, tan tímido e inseguro.

Sandra entró en su piso sintiéndose extraña. Por un instante había pensado que Iván podía ser el hombre que ella esperaba, pero ahora tenía claro que no era así. Eran totalmente diferentes.  ‹‹Definitivamente no tengo suerte con los hombres›› pensó contrariada.

Tras unos minutos, sonó el timbre de su puerta. Sandra miró por la mirilla: era Iván. Abrió la puerta y entonces él le dijo:
―Me gustaría mucho cenar contigo.
―Pero si me acabas de decir que no podías.
―Sí, es que hoy había quedado con un amigo pero le he llamado y hemos acordado quedar otro día  ―dijo Iván atropelladamente y desviando la mirada hacia el suelo.

Sandra deseaba creerle, pero su intuición le decía que Iván le estaba mintiendo y a ella no le gustaban nada las mentiras, así que le replicó:
―Quizás en otra ocasión.
 
Cuando Sandra cerró la puerta, Iván supo que no habría ninguna otra ocasión.