viernes, 18 de octubre de 2019

La voluntad de la silla


Vincent van GoghSilla con pipa

El escritor se sentaba en la silla, frente a la mesa, con el bolígrafo en la mano y la hoja de papel en blanco. Transcurrían unos instantes y entonces las ideas brotaban en su mente como el agua en un manantial. Esto es lo que sucedía cada día en su pequeño piso.

El escritor pensaba que era algo mágico pues en ningún otro lugar lograba escribir nada. Lo que ignoraba por completo era que la inspiración provenía de la austera silla de madera y mimbre de la que solía quejarse para sus adentros. Algún día tendré una silla más cómoda se decía a menudo, cuando soñaba con ser rico y famoso.

La silla por su parte, era feliz cada vez que el escritor se sentaba en ella dispuesto a escribir. Su única voluntad era inspirarle para que escribiese hermosas historias. Y, a pesar de que sabía que el escritor pasaba penalidades económicas, ignoraba los delirios de grandeza de él y sus ganas de reemplazarla por otra.  

La silla pensaba que como ella le quería, él también la quería a ella y que siempre estarían juntos. De tal forma que su amor iba creciendo y cada vez le inspiraba al escritor mejores historias.

El tiempo fue transcurriendo hasta que llegó un día en el que el escritor empezó a vender sus libros y comenzó a ganar mucho dinero. No tardó en poner a la venta el piso junto con todos los muebles y muy pronto se marchó.

La silla esperaba pacientemente a que el escritor regresara, pero como él no volvía, comenzó a sentirse abandonada, completamente sola. La silla lloraba y lloraba por dentro sintiéndose impotente. ¿Por qué me abandonaste?¿Quién te inspirará ahora? se preguntaba preocupándose por el escritor más que por ella misma.

Sin embargo, el escritor ya no se acordaba de ella. Vivía de forma disipada derrochando el dinero en bebida, juegos y placeres mundanos. El vacío se había apoderado de él, ya no se le ocurrían ideas, era incapaz de escribir. Pronto seré pobre otra vez se decía con amargura. Era incapaz de asociar su éxito literario a la silla que tantas horas había sostenido pacientemente su peso mientras él escribía.  La silla que tanto le quería y a la que él había abandonado.

Aunque tras dos tristes años, la soledad de la silla terminó porque un famoso pintor entró a vivir en el piso del escritor. En cuanto el pintor vio a la silla, le dijo admirado:

―Eres sencilla pero muy hermosa. Eres perfecta para mí.  

Al oír aquellas palabras la silla, a la que nunca nadie le había dicho nada bonito, sintió una felicidad inmensa y resplandeció de tal modo que el pintor fascinado por su belleza decidió inmortalizarla en un cuadro.

El artista disfrutó como nunca en su vida pintando a la silla y, cuando hubo terminado el cuadro, se sintió muy orgulloso. Pensó que se trataba de una de sus mejores obras. El pintor colgó el cuadro en la pared y cuando la silla lo contempló, lloró de felicidad. Aquel hombre la había valorado como nadie en su vida. Gracias, gracias quería decirle la silla y el pintor, aunque no oía sus palabras, sintió en el corazón que la silla estaba agradecida.

A partir de entonces la silla se dedicó a inspirar al pintor para que crease hermosos cuadros. El artista que había sabido apreciar su belleza desde el primer instante en que la miró también supo apreciar y agradecer su labor porque se dio cuenta de que, al igual que la voluntad de él era pintar, la voluntad de la silla era inspirar.

sábado, 12 de octubre de 2019

Para siempre


© Cristina Rubio

Me acuerdo de la primera vez que fui a la playa. Tenía siete años y lo primero que percibí, nada más bajarme del autobús fue la brisa marina y el olor de la arena y la sal. Y aunque a mi alrededor solo veía palmeras y pequeñas casitas, aquel lugar me encantó.

Caminamos durante un buen rato hasta que por fin llegamos al edificio donde estaba nuestra casa de veraneo, tal y como la llamaba mi madre. Tras subir muchas escaleras llegamos a la casa y, una vez dentro, la inspeccioné rápidamente. Era amplia y muy luminosa. Tenía tres habitaciones y lo que más me gustó: una terraza enorme. Acostumbrada a vivir en un piso diminuto aquella casa me pareció un palacio.

Sin embargo, no me dio tiempo a ver mucho más porque enseguida mi madre me dijo que íbamos a pasar la mañana en la playa. Yo no sabía qué significaba aquello, pero sonaba realmente bien.

El camino hasta la playa se me hizo muy corto y, aunque solo tenía siete años, recuerdo nítidamente el impacto que tuvo sobre mí cuando la contemplé por primera vez. El mar azul celeste y la arena fina y dorada componían un espectáculo lleno tanta belleza ante mis ojos que me cautivó completamente.

Cuando pisé la cálida arena sentí que era sumamente agradable. Fui corriendo hacia la orilla, y me divertí mucho cuando las olas se acercaron para besar mis pequeños pies. Me maravillé al descubrir las conchas brillantes y de tantos colores que aquellas juguetonas olas depositaban en la orilla. Recuerdo que pensé que eran tantas que no podría recogerlas todas.

Regresé junto a mis padres a por el cubo para recoger el mayor número de conchas posible pero mi madre me dijo que me quedase con ellos bajo la sombrilla. Desde allí pronto me fijé en una niña que estaba haciendo un castillo con la arena. Me pareció una gran idea así que comencé a imitarla.

Al cabo de un rato, mi padre me cogió de la mano y me condujo hacia el mar. Yo sentí mucho miedo pues, aunque las olas eran divertidas, a su vez me parecían imprevisibles. La mayoría eran pequeñas y suaves, pero de vez en cuando había alguna más grande e impetuosa que me hacía perder el equilibrio. Sin embargo, después de un rato dentro del agua, aunque no sabía nadar, me relajé y me dejé mecer por el oleaje.

Cuando salimos mi padre y yo del agua, las yemas de mis dedos estaban arrugadas como la piel de los garbanzos. Tras secarme con la toalla, mi madre comenzó a recoger las cosas y yo me puse a llorar porque no quería irme.

―Mañana volveremos ―me dijo. Pero recuerdo que me sentía tan feliz disfrutando de la arena y del mar que quería quedarme allí para siempre. Y como yo no dejaba de llorar añadió:
―Ahora regresaremos a la casa grande que te ha gustado tanto. En tu habitación hay dos cajas con juguetes que eran míos cuando tenía tu edad, y ahora tú podrás jugar con ellos.

Sus palabras me calmaron un poco y cuando llegamos a casa lo primero que hice fue ir a mi habitación. En el suelo vi que había dos cajas de cartón muy grandes, las abrí y me maravillé al descubrir lo que había dentro: peluches, muñecas, libros, canicas, cromos y cuadernos con dibujos. Aquellos hallazgos me entusiasmaron mucho y jugué durante horas hasta que mi madre me llamó para comer.

Tras la comida, mis padres se tumbaron en las hamacas de la terraza y yo contemplé a través de sus barrotes las casas que había debajo. Una de ellas acaparó toda mi atención porque en su azotea había un hombre que criaba palomas. Le observé fascinada mientras abría las jaulas y dejaba a las aves volar. Todas eran muy hermosas y deseé tener yo también un palomar como aquel.

Cuando atardeció fuimos a caminar por el puerto. Había barcos enormes, algunos medianos y otros de menor tamaño que me impresionaron mucho, pero lo que más me gustó fue ver el mar de nuevo. Anduvimos durante un buen rato y se nos abrió el hambre con el intenso olor a pescado y marisco.

Entonces fuimos a sentamos a una de las pocas mesas libres que allí había y un camarero rápidamente nos trajo de aperitivo pan con alioli. Nunca lo había probado y cuando lo saboreé me supo tan delicioso que desde entonces se ha convertido en mi salsa preferida. Después tomamos chopitos y sepia a la plancha mientras escuchábamos las voces de la gente mezcladas con el rumor del mar.

Cuando regresamos a casa, me sentía agotada. Sin embargo, al acostarme, lo único que deseé fue que amaneciese pronto para volver a ir a la playa. Lo que no sabía es que por la mañana no me despertaría el despertador sino el canto de un gallo. Y lo que tampoco sabía es que me levantaría, iría a la terraza y contemplaría un precioso amanecer.

Ahora que recuerdo todo esto, me doy cuenta de que, si me hubiese quedado jugando con la arena y el mar para siempre, tal y como había deseado, me habría perdido otras experiencias igualmente maravillosas.   

jueves, 1 de agosto de 2019

Un valor incalculable


© Cristina Rubio

La pequeña Sofía sonrió emocionada cuando descubrió una bonita flor amarilla escondida en un rincón de su jardín. Era la primera vez que veía una flor real, pues poco antes de que ella naciera, las flores habían dejado de existir.

Ahora solo se podían contemplar a través de los dibujos, las fotografías o los vídeos que se habían hecho de ellas. Sofía pensaba que la especie humana había disgustado tanto a la Naturaleza que ésta ya no quería vestirse con sus hermosas flores.

Se preguntó entonces, qué hacía ahí aquella flor. De pronto, la niña sintió miedo de que alguien pudiera hacerle daño y decidió no compartir con nadie su descubrimiento.

Cada día, Sofía paseaba por su jardín, se sentaba sobre el césped cerca de la flor y se ponía a leer. La contemplaba de soslayo de vez en cuando y la pequeña se sentía inmensamente feliz.

Un día Sofía recibió la visita de su amiga Carlota quien estaba muy triste porque, por la mañana, había encontrado muerto a su precioso canario Pepín. Sofía se sintió muy apenada también pues le tenía mucho cariño al pajarito.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Carlota y entonces, Sofía pensó que, quizás, si le mostraba a su amiga su hallazgo, ésta se sentiría mejor.

―Ven Carlota, mira lo que he encontrado.
Tras dar unos pasos hacia el rincón del jardín a Carlota se le iluminó el rostro.
―¡Es preciosa! ―exclamó entusiasmada.

Ambas niñas se quedaron absortas contemplando la flor. La madre de Sofía, que las observaba desde la ventana de la casa, quiso saber qué es lo que había captado la atención de las niñas y se acercó a ellas sigilosamente. Cuando vio la hermosa flor exclamó:

―¡Es un milagro! ¡Un milagro!
―Mamá, tenemos que cuidarla y protegerla. ―dijo Sofía, volviendo el rostro hacia su madre.
―Claro cariño ―asintió la madre recordando, con lágrimas en los ojos, aquel mismo jardín cuando estaba rebosante de flores. Entonces, sintió la esperanza de que quizás, algún día, el jardín recuperaría todo su esplendor. El esplendor del que ella disfrutó antaño despreocupada, sin imaginarse que en el futuro podría desaparecer. 

Lo que en otro tiempo hubiese sido considerado algo corriente, casi insignificante, adquirió ahora su auténtico valor: un valor incalculable.  

domingo, 26 de mayo de 2019

La paloma blanca

© Cristina Rubio

Ahí estás paloma blanca: orgullosa, inteligente y cándida. 

Entre todas las palomas eres la más bella: con tu níveo plumaje y tu inocente mirada.

Te pregunto: ¿Eres feliz? Tú me miras, pero no dices nada.  

Todos los días os llevo migas de pan a ti y a todas tus hermanas. Las hay grises, las hay marrones, las hay moteadas y las hay blancas. Pero tú, entre todas ellas destacas. ¿Cómo no reconocer tu níveo plumaje y tu inocente mirada?

Anoche soñé que tenía alas y podía volar como tú, paloma blanca. Volaba por el cielo azul, entre las nubes algodonadas.

En mi sueño veía el mundo a través de tu inocente mirada y el mal no me alcanzaba. Me sentía tan en paz, tan liberada…

En mi sueño me sentía agradecida por cada instante de vida, tan agradecida como tú, paloma blanca.

Cuando me desperté, me sentí de nuevo humana y me dije: “quisiera ser como tú, paloma orgullosa, inteligente y cándida”.

domingo, 19 de mayo de 2019

La media naranja

Imagen de Pixabay

Sandra vivía en un tercer piso, junto a su gatita Mila. A Sandra le encantaba asomarse por la ventana y contemplar el inmenso jardín que la rodeaba. Desde allí dejaba a su mente volar. Soñaba con muchas cosas, pero lo que más ansiaba era encontrar a su media naranja.

La gatita Mila, pasaba entre las piernas de Sandra ronroneando, como si ella estuviese complacida con los sueños de su ama.

Sandra era esbelta y de tez morena. Tenía el pelo largo, ondulado y castaño y sus ojos eran negros como el azabache. Además, era muy simpática y divertida. Sin embargo, no había tenido suerte en sus relaciones amorosas y le estaba resultando muy difícil encontrar a una nueva pareja.  

Lo que desconocía Sandra era que tenía un admirador secreto. Se trataba de Iván, uno de sus vecinos, que se quedaba ensimismado cada vez que la veía. A él también le gustaba asomarse a su ventana, pero en vez de para contemplar el jardín, lo hacía para observarla a ella.

Le gustaba cuando la veía apoyada sobre el alféizar de la ventana, o cuando tendía la ropa, o cuando se la encontraba por el pasillo comunitario, o paseando por el jardín.  

Iván estaba seguro de que Sandra era su media naranja, a pesar de que nunca había mantenido una conversación con ella. Iván estaba preocupado porque no sabía cómo podría conquistarla. Él no era un hombre apuesto, pues estaba muy delgaducho y su rostro era muy pálido, casi inexpresivo. Además, su timidez dificultaba mucho sus relaciones, especialmente con las mujeres.

Un día, harto de su pusilanimidad, tomó la decisión de hablar con Sandra cuando la vio sentada, leyendo un libro, bajo la sombra de un árbol del jardín. Se acercó a ella con paso decidido y cuando Sandra levantó la vista, le dijo con un hilito de voz:
―Hola
―Hola ―contestó Sandra sonriéndole.

Tras unos instantes de silencio, él le dijo con voz trémula:
―Me llamo Iván. A mí también me gusta mucho leer.
Sandra solo había visto a Iván unas cuantas veces y no habían intercambiado más que un lacónico saludo. Así que le sorprendió mucho que ahora pareciera querer conversar con ella.

―Yo me llamo Sandra y estoy leyendo poemas de Alfonsina Storni ―dijo ella con cordialidad mostrándole la portada del libro.
―Gran elección… ―dijo Iván con falsedad pues desconocía totalmente a la autora. Sólo había leído libros escritos por hombres. 

Sandra volvió a sonreírle.
―Siéntate aquí a mi lado si quieres y leamos algunos poemas juntos.
Iván no podía creer lo que acababa de oír. Se sintió muy tenso e inseguro, porque le pareció que Sandra había sido demasiado directa para ser una mujer. ‹‹Desde luego no es nada tímida›› pensó.

La sonrisa se borró del rostro de Sandra al verle dudar. Iván, entonces, se sentó precipitadamente sobre la hierba. No le gustaba pensar en los insectos que poblaban el césped. Sandra se extrañó al verle mirar con disgusto a su alrededor.
― ¿Te ocurre algo? ―le preguntó pensando que aquel hombre era muy raro.
―Oh no, es sólo que no me llevo muy bien con los bichos ―dijo Iván tratando de sonreír.
―En ese caso podemos ir a otro sitio ―propuso Sandra.
―No te preocupes, estaré bien ―contestó Iván.

Transcurrieron las horas y Sandra no parecía cansarse de leer e Iván se impacientaba cada vez más, porque no le gustaba tener que leer algo escrito por una mujer y además deseaba conversar con Sandra, deseaba preguntarle: ‹‹¿Sabes cocinar o eres más de platos preparados?››. Él estaba harto de comer comida preparada, quería encontrar una mujer que le cocinase comida suculenta. 
  
Pero Sandra estaba embebida en la lectura. Ella declamaba los versos con pasión y seguridad, en cambio él leía con voz temblorosa y monótona. Sentía que las riendas de la situación las tenía Sandra, y eso le disgustaba mucho a Iván.

De pronto Sandra miró su reloj de pulsera y le dijo:
―Uy, qué tarde es, será mejor que lo dejemos aquí.
contestó Iván cabizbajo.
¿Quieres que cenemos juntos? le propuso Sandra amistosamente.

Iván se sintió violento a pesar de que estar con ella era lo que más deseaba en el mundo. No le pareció bien que una mujer le invitase a cenar con tanta naturalidad, mientras que él hubiese sido totalmente incapaz de haber formulado dicha pregunta.

Sandra se sintió incómoda ante el silencio de Iván. Se preguntó en qué estaría pensando. Le miró atentamente al rostro y percibió un leve gesto de desagrado en sus labios. Sandra entonces, cerró el libro, se puso en pie y le dijo con sequedad:
―No te preocupes si no puedes ―Iván se puso de pie y le contestó:
―Sí, quizás en otra ocasión. Esta noche no puedo.
―De acuerdo, adiós ―le dijo Sandra.

Iván se despidió y, cuando vio a Sandra alejarse, comprendió que ella no era el tipo de mujer que él estaba buscando. Tan resuelta, tan decidida… la veía totalmente incompatible con él, tan tímido e inseguro.

Sandra entró en su piso sintiéndose extraña. Por un instante había pensado que Iván podía ser el hombre que ella esperaba, pero ahora tenía claro que no era así. Eran totalmente diferentes.  ‹‹Definitivamente no tengo suerte con los hombres›› pensó contrariada.

Tras unos minutos, sonó el timbre de su puerta. Sandra miró por la mirilla: era Iván. Abrió la puerta y entonces él le dijo:
―Me gustaría mucho cenar contigo.
―Pero si me acabas de decir que no podías.
―Sí, es que hoy había quedado con un amigo pero le he llamado y hemos acordado quedar otro día  ―dijo Iván atropelladamente y desviando la mirada hacia el suelo.

Sandra deseaba creerle, pero su intuición le decía que Iván le estaba mintiendo y a ella no le gustaban nada las mentiras, así que le replicó:
―Quizás en otra ocasión.
 
Cuando Sandra cerró la puerta, Iván supo que no habría ninguna otra ocasión. 

domingo, 12 de mayo de 2019

Un camino de luz


fotografía - Pexels.com
Me miré en el espejo y di un paso hacia atrás asustada. La imagen que vi en él se parecía a mí pero cuando yo era mucho más joven. Su cabello de color caoba estaba suelto y brillante mientras que el mío, encanecido y apagado, lo llevaba recogido en un moño. Su rostro era terso e impoluto mientras que el mío estaba plagado de arrugas y de manchitas. Y además, el reflejo llevaba puesto un elegante vestido largo y rojo mientras que yo llevaba un pijama gastado y gris. 

Sin embargo, dudé si me estaba viendo a mí misma rejuvenecida. Pues aunque físicamente el reflejo se parecía a mí yo nunca en la vida había vestido de aquel modo tan llamativo, ni había mirado con tanta altivez. ‹‹¿Qué clase de alucinación es esta?›› me pregunté con temor. Sin embargo, aquel reflejo me atraía de un modo irresistible. Me sentí como una polilla que no puede evitar volar hacia la luz artificial.

Me acerqué despacio al espejo y el reflejo también se acercó a mí. Sentía mucho miedo pero a la vez asombro y fascinación por aquel misterioso ser que me sonreía de un modo extraño. Era una sonrisa bella pero detrás de ella parecía haber una sombra de maldad.

―¿De qué tienes miedo?

Me sobresalté al oír su voz. Aquella voz era mi propia voz pero sonaba con mayor dureza que la mía. No me atreví a decirle nada. Cerré los ojos, apreté los párpados con todas mis fuerzas deseando que al abrirlos me viese a mí misma tal y como era, que aquel extraño ser hubiese desaparecido. Pero cuando abrí los ojos, el reflejo continuaba allí, enfrente de mí, expectante.

―¿Qui...qui...quién...eres? ―le pregunté tartamudeando.
―Soy tu yo del futuro.
Me costó asimilar la respuesta. Tras unos instantes de silencio, me armé de valor y le pregunté:
―¿Qué quieres?
―¿Qué crees que quiero?
Mi reflejo había levantado aún más su cabeza y ahora me miraba de un modo desafiante.
―No lo sé ―le respondí con la voz temblorosa. Un sudor frío recorría mi frente y mi espalda.

Mi yo del futuro, por vez primera bajó la cabeza y miró hacia el suelo. Parecía triste  y angustiada. Entonces me atreví a preguntarle:
―¿Cómo es posible que siendo tan joven seas mi yo del futuro?
El reflejo me miró rápidamente volviendo a sonreír de un modo que parecía ocultar malicia. Sin duda mi pregunta le había gustado.

―Esa es la clave de todo. Si tomas el camino correcto rejuvenecerás y tendremos una vida eterna las dos, pero si te desvías de él tu vida será miserable y yo dejaré de existir.
Permanecí callada unos instantes. Después le hice otra pregunta:
―¿Y qué camino es ese?
―Si quieres saberlo deberás atravesar este espejo.

‹‹¿Atravesar el espejo?›› me pregunté incrédula. Sin duda debía pedirle ayuda a un psiquiatra. ‹‹Estoy desvariando››.
―Eso no es posible ―le dije con enfado al reflejo y salí de mi cuarto. Me dirigí a la cocina y comencé a prepararme el desayuno. Sin embargo, no tenía ni pizca de hambre pues un nudo me atenazaba el estómago. ‹‹¿Seguirá ahí mi yo del futuro?›› me pregunté inquieta. Miré mis manos arrugadas y pensé en lo maravilloso que sería ser joven de nuevo. ‹‹¿Y si me está diciendo la verdad?››.

Aunque en mi fuero interno una vocecita me gritaba que aquello no era trigo limpio, la ignoré totalmente y entré de nuevo en mi habitación. Cuando me miré en el espejo, este me devolvió mi  auténtico reflejo. Suspiré aliviada. Sin embargo, no pude resistir la tentación de tocar el espejo. Me asusté al sentir cómo mis dedos se hundían en el cristal como si fuese agua. Una curiosidad irrefrenable se apoderó de mí. Quería saber que había al otro lado y, aguantando la respiración, hundí mi cabeza en aquella sustancia líquida. En aquel momento, una energía muy fuerte, como un imán, atrajo todo mi cuerpo hacia el interior.

Cuando miré a mi alrededor vi que estaba en un lugar totalmente oscuro. Tan solo pude distinguir al espejo. Sólo que en él no veía nada más que mi habitación vacía, yo no me reflejaba en él. Comprendí que estaba viendo el espejo desde dentro. De pronto apareció frente a mí mi yo del futuro y me dijo:
―Qué fácil ha sido engañarte ―y comenzó a reírse de un modo terrible. Después se marchó sin decir nada más.

―¡Socorro! ―grité pero nadie parecía oírme. Sin duda había caído en la trampa de aquel maligno ser. Toqué el espejo, pero el cristal volvía a ser tan sólido e impenetrable como siempre.

Lloré desesperada durante un largo rato. Sin embargo, después pensé que no me daría por vencida porque sentí que había alguien conmigo, alguien a quien no podía ver ni oír pero que estaba ahí y me ayudaría a salir de aquella trampa.
Fueron pasando los días, los meses y los años. Hasta que una noche, el maligno ser regresó a mi habitación riendo con su terrible risa.

―¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal estás amiguita?

La miré a los ojos con determinación y le contesté:
―Mejor que tú.
El ente arqueó una ceja con incredulidad. Tras unos instantes me dijo:
―Lo dudo. ―Entonces le dije:
―Este lugar ya no está tan oscuro como antes. Ahora puedo ver en él un camino de luz. Me hablaste de que existía un camino que conduce a la eternidad y quizás sea este que estoy viendo con mis ojos. He estado esperándote, por si regresabas. Tan solo quería preguntarte si quieres venir conmigo.

El perverso ser ya no dudó tan rápidamente de mis palabras. Sus ojos reflejaban sorpresa y miedo.
―¡He estado siglos encerrada ahí por una maldición y sé que no hay nada!¡Nada! ¡No puedes engañarme!
―Te estoy diciendo la verdad. Pero si no me crees me iré sin ti. ―le repliqué.
―Muy bien, adelante, vete ¿a qué esperas?―me dijo en tono de burla. 
En ese momento, me di la vuelta y comencé a recorrer el camino luminoso.

―¡Vuelve aquí ahora mismo! ―oí gritar al ser con rabia cuando vio que me alejaba, pero yo, por supuesto, no le hice caso y continué  caminando con paso ligero.

domingo, 10 de marzo de 2019

Inspiración encadenada

Sheila estaba en su cafetería favorita buscando la inspiración para escribir su primera novela. Observaba a su alrededor a las personas que desayunaban. Prestaba atención a sus conversaciones, sus miradas y sus gestos.

Aquella cafetería le gustaba porque siempre estaba muy concurrida por clientes de distinta índole, desde estudiantes pasando por empresarios hasta artistas. Sin embargo, el ruido no era exagerado sino que era más bien un murmullo que le ayudaba a concentrarse.

Tenía su libreta sobre la mesa, al lado del chocolate con leche. Estaba sentada de espaldas a la ventana, por la que entraba la luz del sol a raudales. De pronto, Sheila escuchó la voz de una mujer que sobresalía por encima de las otras voces.

―¿Quién es? Quiero saberlo.

Sheila dirigió su mirada hacia la mujer que acababa de realizar la pregunta. Estaba muy pálida y miraba con firmeza al hombre que tenía sentado enfrente de ella. Sin embargo, el hombre tenía la mirada baja y no decía nada. La mujer entonces le preguntó con amargura y enfado:

― ¿Piensas seguir ahí callado fingiendo que no sabes de qué te estoy hablando?

El hombre continuó guardando silencio. Segundos después, la mujer se levantó de su sitio, pagó su café y se marchó airada diciendo:

― Adiós Tomás.

Tras marcharse la mujer, el hombre continuó unos instantes sin moverse. Después pagó su consumición y se marchó cabizbajo.

Rápidamente Sheila tomó notas en su libreta de las palabras que había oído decir a la mujer, de la expresión de su cara y de la reacción del hombre. Inmediatamente pensó que con aquellas notas podría escribir una historia interesante. Entonces sacó un cuaderno de su bolso y escribió durante horas. Cuando ya no se le ocurrió nada más, leyó lo que había escrito.

Tras terminar la lectura, alzó la mirada y se sintió sorprendida al encontrarse con los ojos castaños de Tomás. Estaba sentado no muy lejos de ella. Sheila desvió la mirada rápidamente sintiéndose muy tensa. <<¿Qué hace aquí?>> <<¿Por qué me está mirando>> <<¿Sabrá que estoy escribiendo sobre él? >>. Se preguntó inquieta.

Tras unos instantes miró de reojo a Tomás que había dejado de mirarla, y ahora estaba concentrado dibujando algo en un block. Lo que ignoraba Sheila es que aquel hombre era pintor y la había estado retratado mientras escribía. Y lo que Tomás ignoraba era que ella estaba escribiendo sobre él. Ambos habían sido inspiración sin saberlo.

domingo, 24 de febrero de 2019

Te despiertas un día


Te despiertas un día sintiendo que tu existencia va a cambiar. Como habitualmente, vas a trabajar por la mañana y terminas tu jornada por la tarde. Regresas a casa, comes y después te arreglas con esmero porque tienes una cita con un chico. <<Por fin voy a conocerlo>> te dices con una sonrisa en la cara.

Es verano, te pones las gafas de sol y te miras al espejo satisfecha pensando en lo bien que te sientan. Sales de casa ilusionada y nerviosa. De él sabes su nombre, su edad y poco más. Tan sólo le has visto en un par de fotos. Parece guapo, piensas, aunque no estás muy segura porque a sus fotografías les falta nitidez.

Hace algunos días empezasteis a enviaros mensajes a través de una aplicación para encontrar pareja. Desde entonces no habéis interrumpido el contacto y te escribe mensajes muy bonitos.  Él te propuso quedar esta tarde y tú aceptaste encantada.

Acabas de llegar a la Puerta del Sol y te diriges al punto de encuentro: El Oso y el Madroño. Le buscas con la mirada pero no lo encuentras, hay demasiada gente. Tus nervios están a flor de piel. Caminas entre la multitud y al fin le ves: <<Es él, tiene que ser él>> piensas. Por un momento dudas si acercarte o no. Finalmente avanzas unos pasos hasta situarte a su lado.

<<¿David?>> Le preguntas con timidez, él te mira y asiente con la cabeza exclamando: <<¡Alicia!>> Los dos os saludáis sonrientes y vais a una cafetería cercana a tomar algo. Allí conversáis sobre diferentes temas y cuando suena la canción Samba pa ti os quedáis en silencio escuchándola. Siempre te ha gustado esa canción y ahora sientes que está sonando sólo para vosotros dos.

Salís de la cafetería y paseáis por la calle Preciados, por la plaza de Callao, por la calle Jacometrezo y después por la Gran Vía. Todo te parece más bonito que de costumbre. Las luces, las tiendas, la gente... hay algo especial en ellos en lo cual no habías reparado hasta ahora.

Cuando llegáis a la Plaza de España, os aproximáis a la fuente que hay allí. David te mira con dulzura y tú te sientes feliz. Quieres detener el tiempo, pero el tiempo transcurre rápidamente y ya os tenéis que despedir. Antes de separaros acordáis vuestra segunda cita. <<¿Podrás quedar mañana?>> te pregunta él inquieto. << Sí >> le contestas tú con una sonrisa.

Quedáis de nuevo y la segunda cita es mejor que la primera, y la tercera mejor que la segunda y así sucesivamente. La magia del amor envuelve tu vida y sientes que no caminas por el suelo sino que flotas sobre las nubes.

Va pasando el tiempo. Os queréis cada vez más. Sois muy felices juntos. Hasta que te despiertas un día y te das cuenta de que tu vida ha cambiado. Él ya no está contigo. Habéis roto. Estás muy dolida con él, contigo misma, con el mundo entero. Te sientes muy triste y desanimada. <<No quiero volver a enamorarme nunca más>> te dices llorando.

Con el transcurso del tiempo el intenso dolor va diluyéndose. Poco a poco vas recuperando tu sonrisa y tu ilusión. Hasta que te despiertas un día y te sorprendes de sentirte enamorada de nuevo. Solo que ahora de quien estás enamorada es de la vida y sabes que ese amor es para siempre.

domingo, 17 de febrero de 2019

Efecto mariposa

Mauricio miró a su alrededor aturdido, sin dar crédito a lo que veía. Estaba tumbado sobre un suelo frío de mármol blanco, dentro de un cubículo con un techo y cuatro paredes del mismo material y color.

Mauricio se incorporó quedando sentado sobre el suelo. Continuó examinando el lugar en el que se hallaba. Allí no había ni una ventana, ni una puerta, ni siquiera una lámpara. La luz artificial parecía provenir del techo y de las paredes.

Mauricio se levantó y caminó por el habitáculo. Calculó que no tendría más de diez metros cuadrados.

―¿Hola? ―preguntó Mauricio con voz potente, pero nadie le contestó.

Tocó una de las marmóreas paredes. Estaba más fría que el suelo, casi helada. Mauricio vio su reflejo sobre ella, entonces se miró a sí mismo: no llevaba nada más que una bata fina y azulada que le llegaba por las rodillas. <<¿Estaré en un hospital?>> se preguntó, tratando de recordar, en vano, cómo había llegado hasta allí.

Mauricio llegó a la conclusión de que aquello tan sólo era una pesadilla y que pronto se despertaría. Así que se volvió a sentar en el suelo y esperó. Sin embargo, a medida que transcurría el tiempo,  Mauricio se impacientó cada vez más, hasta que su impaciencia se transformó en ira.

―¡Basta! ―gritó con fuerza. Rápidamente se levantó del suelo y comenzó a golpear con sus puños una de las paredes que le rodeaban.

―¿Hay alguien ahí?―preguntó furioso.

De pronto, las cuatro paredes comenzaron a avanzar lentamente y al unísono hacia el interior del habitáculo. Al ver aquello, Mauricio se quedó inmóvil, sin siquiera pestañear, sin apenas respirar. Mauricio pensó aterrado que aquello parecía real y se estremeció ante la idea de morir aplastado.

Afortunadamente, tras unos instantes, las paredes cesaron en su avance y Mauricio suspiró aliviado. Sin embargo, pronto volvió a sentir un temor inmenso al pensar que, seguramente, en ese habitáculo sellado había una cantidad limitada de oxígeno. Pronto no podría respirar.

Mauricio volvió a sentarse en el suelo pensando en que no había nada que pudiese hacer para salir de allí. Esperó y esperó tratando de mantener la calma.

De repente, apareció una mariposa volando por la habitación. Mauricio se quedó fascinado al verla y se sintió lleno de esperanza. <<¿Por dónde habrá entrado? Tiene que haber una conexión con el exterior>> se dijo.

Mauricio volvió a examinar cada resquicio de la habitación pero no vio ningún conducto, hueco  o grieta por la que pudiera pasar ni una hormiga. Mauricio entonces pensó: <<La pregunta no es por dónde ha entrado, sino ¿de dónde ha salido?>><<Las mariposas salen de los capullos>> se dijo e inmediatamente buscó por la habitación algún capullo, pero tal y como ya había visto anteriormente allí no había nada.

Entonces Mauricio pensó: <<¿Y si la mariposa salió de mí? ¿Y si yo soy el capullo? >>. <<¡Eso es! ¡Soy un capullo!>> se dijo convencido. Entonces comenzó a reírse a carcajadas.

Tras unos instantes, Mauricio dejó de reír y la amargura le invadió al recordar lo capullo que había sido a lo largo de su vida. En ese momento Mauricio se olvidó de su crítica situación y comenzó a pensar en el daño que había hecho a las personas que más le querían. Pensó especialmente en su familia, en su novia Carmen y en su mejor amigo Víctor.

En ese momento, apareció una ventana en una de las paredes del cubículo. Asombrado, Mauricio se acercó, abrió la ventana y contempló inmensamente feliz el exterior. La mariposa salió volando hacia el cielo azul y Mauricio sintió agradecido la cálida luz del sol sobre su rostro. De pronto oyó una voz que le gritaba:

―¡Mauricio! ¡Mauricio! ¿Estás bien?

Mauricio  miró hacia abajo y vio a su mejor amigo.

―¡Víctor! ―gritó Mauricio colmado de alegría.

Como no había apenas distancia entre la ventana y el suelo, Mauricio dio un salto hacia el exterior.

―¿Qué te ha pasado? ¿Qué hay ahí dentro? ―le preguntó Víctor muy intrigado.

Mauricio miró hacia arriba y vio que había estado dentro de lo que parecía una nave espacial. Entonces, Mauricio le contó a Víctor lo que le había ocurrido dentro de la nave. Después le preguntó:

―Pero dime, Víctor, ¿cómo entré ahí? No consigo recordarlo.   
Víctor abrió los ojos expresivamente y le contestó con agitación:

―Te pusiste debajo justo del centro de la nave y entonces te esfumaste sin más. Fue alucinante. Yo no tuve el valor de acercarme al centro pero tampoco me atreví a alejarme. Has estado ahí dentro más de cinco horas. ¿Entonces no has visto a ningún extraterrestre?

―No, no vi nada más que aquella mariposa. Ella me hizo pensar ¿sabes?

―¿Ah sí?¿Y en qué pensaste?

―Pensé que quiero cambiar. Que no os merezco ni a ti, ni a Carmen, ni a mi  familia. Por favor, perdóname por haberte fallado tantas veces.

Víctor se asombró tanto de las palabras de Mauricio que no supo que decir. De pronto, la nave despegó y se desvaneció entre las nubes. Los dos amigos estupefactos regresaron al pueblo y contaron lo que les había sucedido.

Nadie les creyó pero cuando todos vieron que Mauricio había cambiado para mejor, comenzaron a dudar. <<¿Y si todo fuese cierto?>> se preguntó más de uno.

sábado, 9 de febrero de 2019

Tres estrellas



Era de noche. La pequeña Sofía estaba en el jardín de su casa contando las estrellas que brillaban en el cielo.
―¿Qué haces Sofía? ―le preguntó su madre.
―Estoy contando las estrellas ―contestó Sofía.
Su madre miró el firmamento estrellado y sonriendo le dijo:
―Sofía hay demasiadas estrellas. No podrás contarlas todas. Venga, ven. Entra en casa que vamos a cenar ya.
La niña obedeció a su madre y se dispuso a cenar junto con ella y su abuelo.

―Abuelo ―dijo Sofía mientras cenaban ―¿Tú crees que podré contar todas las estrellas que hay en el cielo?
―¡Claro que sí! ―contestó el abuelo con ojos chispeantes.
―Papá...―dijo la madre, con seriedad, moviendo la cabeza desaprobatoriamente.
El abuelo hizo como si no escuchase ni viese a su hija y le preguntó a su nieta:
―Y dime, ¿ya has elegido tus tres estrellas favoritas?
Sofía negó con la cabeza. El abuelo continuó diciendo:
―Si las elijes, muy pronto ocurrirá algo mágico.
―¿De verdad? ―preguntó Sofía con la mirada ilusionada.
―Sí, sí, de verdad ―le contestó el abuelo.
La madre alzó las cejas, sin dar crédito a lo que estaba escuchando. Pero permaneció callada. 

Cuando terminaron de cenar, la niña fue al jardín de nuevo para elegir las tres estrellas. Entonces la madre le dijo al abuelo:
―Papá no deberías decirle esas cosas a la niña.
―¿Y por qué no? ¿Acaso no cree en los Reyes Magos o en el Ratoncito Pérez?
―Sí, es verdad ―contestó la madre y suspiró dándose por vencida.
Sofía regresó muy sonriente y les dijo a su madre y a su abuelo:
―¡Ya elegí las tres estrellas!
―Muy bien cariño, ahora ve a lavarte los dientes y después a dormir. ―dijo la madre.

Al día siguiente, mientras Sofía estaba en el colegio, el abuelo fue a la papelería y compró algunos materiales. Cuando regresó a su casa, el abuelo dibujó tres estrellas en el ordenador, las imprimió y las coloreó con pintura fluorescente. Después puso el dibujo encima de la mesita de Sofía.

Cuando Sofía llegó del colegio y vio el dibujo gritó alegre y sorprendida:
―¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Qué bonitas estrellas has pintado!
―Sí, y por la noche sucederá algo mágico. Ya lo verás.
Sofía miró a su abuelo completamente ilusionada.

Al llegar la noche, las tres estrellas brillaron en la oscuridad y Sofía exclamó:
―¡Abuelo, mira las estrellas brillan!
El abuelo se rió complacido. Ambos contemplaron la luz que emanaba de las tres estrellas dibujadas.
―Abuelo
―¿Sí?
―¿Tú también tienes tres estrellas favoritas?
―Claro que sí. Mis estrellas favoritas sois tú, tu madre y tu abuela.
―¡Pero nosotras no somos estrellas! ―exclamó Sofía riendo.
―Sí, sí que lo sois ―replicó el abuelo.
―¡No!¡porque no brillamos! ―protestó Sofía.
―Sofía, hay personas que brilláis por dentro y este brillo no se puede ver con los ojos, sólo se ve con el corazón.
Sofía se quedó en silencio unos instantes, después dijo:
―Entonces tú también eres una estrella.