lunes, 25 de mayo de 2020

Silvina y el dragón

Silvina era una joven princesa que vivía en un castillo con su padre, el Rey. Desde hacía dos meses la muchacha se había prometido a sí misma conseguir capturar al dragón que atemorizaba a su pueblo.

Todo ocurrió el día que le vio por primera vez. La princesa estaba paseando por su jardín cuando, de repente, una enorme sombra se proyectó sobre ella. La joven miró al cielo y se sobresaltó al ver a un enorme dragón que volaba por el cielo. Su inmenso cuerpo ocultaba el sol como si se tratase de un gigantesco nubarrón.

Silvina trató de ocultar su temor mientras todo el mundo a su alrededor gritaba y huía en estampida. Entonces Silvina se quedó inmóvil en el lugar en el que se encontraba y, mirando al dragón desafiante, dijo en voz alta:

―¡Te cazaré y nunca más asustarás a nadie!

Pero el dragón continuó volando tranquilo por el cielo ajeno al caos que provocaba entre los aldeanos.

Silvina, pensó en el dragón todo el día calificándolo como una gran amenaza sin tener en cuenta que aquella enorme criatura no había hecho daño nunca a nadie. Deseaba cazarlo y que no volviese a molestar a nadie. Pero se sentía impotente porque ella sólo era una princesa. “¿Cómo lo cazaré si no puedo salir de este castillo?” se preguntaba constantemente.

Pero cuando llegó la noche y Silvina se disponía a irse a dormir oyó una voz que la llamaba. Silvina se acercó a la ventana de donde parecía provenir aquella voz y entonces apareció ante ella un hada flotando en el aire.

La princesa dio un paso atrás asustada y el hada entonces le dijo:

―Silvina, no temas. He venido para ayudarte a alcanzar tu mayor deseo.

Silvina entonces le contestó sin dudar:

―No hay nada que desee más que capturar al dragón.

―Muy bien. Ponte este medallón con el que podrás capturarlo y monta sobre este caballo alado que te llevará hasta el dragón.

Silvina se puso alrededor del cuello el collar que le ofreció el hada y miró el caballo alado. Este entró por la ventana hasta los aposentos de la joven y esperó a que se subiera en él.

Silvina dudó unos instantes, pero después decidió montar en el caballo. Inmediatamente el corcel salió volando por la ventana y Silvina, que no podía creer que lo que le estaba sucediendo fuese cierto, pensó que todo era un sueño.

Al cabo de un rato, la princesa divisó una altísima torre hacia la que se dirigía el caballo alado. Este aminoró la velocidad cuando estaba ya cerca y con mucho sigilo aterrizó sobre lo alto de la torre.

Silvina se bajó del caballo y miró a su alrededor. Todo estaba muy oscuro y no se veía apenas nada, pero enseguida, en el silencio de la noche distinguió un sonido que parecía un profundo ronquido. Silvina prestó atención y guiándose por aquel ronquido llegó hasta unas escaleras que bajaban al interior de la torre.

La joven con cuidado, fue bajando los escalones muy despacio y entonces se encendieron dos antorchas. Silvina se asustó al ver aparecer ante la luz al dragón que estaba despierto y sus enormes ojos miraban atentamente a Silvina.

En ese momento el dragón rugió con fuerza y Silvina retrocedió temblorosa con la mala suerte de que tropezó con algo y cayó al suelo. El dragón movió su largo cuello acercando la cabeza a la joven.

―¿Quién eres tú? ―le preguntó mirándola con sus grandes ojos verdes.

Silvina se levantó y le contestó con valentía:

―¡Soy la princesa Silvina y estoy aquí para capturarte!

―¿Capturarme?¿Tú? ―preguntó el dragón con aire burlón y de pronto comenzó a reír.

Silvina se sorprendió mucho al ver al dragón reírse de aquel modo. Nunca había oído una risa tan real, tan auténtica. La joven se sintió confusa y, sin saber por qué, su deseo de capturar al dragón disminuyó.

Cuando el dragón cesó de reír, volvió a dirigirse a la princesa con el mismo aire burlón:

―Bien pequeña, ¿y cómo piensas capturarme?

―¡Con este medallón!

Silvina le mostró el medallón y la inmensa criatura pareció reconocerlo porque se estremeció y adoptó un aire grave.

―¿Y puedo saber el motivo?

―Tienes atemorizado a todo mi reino.

El dragón le contestó:

―Pero yo nunca le he hecho daño a nadie.

Silvina tuvo que admitir que el dragón decía la verdad pero ¿acaso no era una amenaza?

―Pero podrías. ¡Así que te atraparé ahora mismo! ―Silvina tocó el medallón con los dedos y en ese instante de él emanó una luz muy intensa que se dirigió hacia el dragón. Entonces la criatura rugió terriblemente y desapareció.

Silvina observó el medallón. Ahora, dentro de él, se veía al dragón empequeñecido que se movía de un lado a otro desesperadamente.

―¡Lo he conseguido! ―gritó la princesa llena de júbilo. Inmediatamente se dirigió al caballo alado que la esperaba en lo alto de la torre y ambos regresaron al castillo.

Cuando la muchacha estuvo ya en sus aposentos se sintió agotada y se quedó dormida enseguida.

Cuando despertó por la mañana, lo primero que hizo fue mirar al dragón dentro del medallón. El dragón continuaba moviéndose de un lado a otro con desesperación.

Entonces Silvina pensó en lo terrible que debía ser estar preso dentro de aquella piedra y sintió compasión por el dragón. Ya no podía oírle, pero se dio cuenta de que lloraba y que le suplicaba compasión. La princesa empezó a arrepentirse de haberlo apresado.

¿Qué haría ahora? ¿Por cuánto tiempo lo tendría ahí atrapado? ¿Era justo tenerle preso? ¿A quién le había hecho daño y a quién podría hacerle daño? De este modo la muchacha comenzó a inquietarse y a sentirse terriblemente mal consigo misma.

“Tengo que hablar con el hada” pensó. Pero “¿y si el hada no vuelve a aparecer? ¿qué haré?” La princesa estuvo haciéndose todas estas preguntas bajo el peso de un sentimiento de culpabilidad.

Todo el ánimo de la victoria de la noche anterior había desaparecido. Era como si su mayor deseo se hubiese convertido en su mayor enemigo.

Cuando llegó la noche, Silvina esperó al hada asomada a su ventana. Pero el hada no apareció. Silvina miro al dragón que no dejaba de chochar contra los laterales del medallón.

―Lo siento mucho. ―le dijo Silvina sintiéndose miserable. Entonces la joven comenzó a llorar y una de sus lágrimas cayó sobre el medallón. En ese momento, el dragón salió del medallón y se materializó ante los atónitos ojos de Silvina.

―Gracias por liberarme princesa. Te prometo que nunca le haré daño a nadie.

Tras decir estas palabras el dragón se marchó volando y la princesa sintió una inmensa alegría.

El hada apareció y rápidamente Silvina le suplicó:

―Por favor, quédate con este medallón y no se lo des jamás a nadie.

―Silvina, piénsalo bien. Si me devuelves el medallón ya no podré ayudarte a cumplir ningún otro deseo.

La princesa contempló el medallón por unos instantes y después le dijo al hada:

―Lo que más deseaba era capturar al dragón. Sin embargo, ahora lo único que deseo es que viva libre. Por favor protege al dragón para que nadie pueda volver a capturarlo ni hacerle daño jamás.

―Así será. ―le contestó el hada y cogiendo el medallón que le devolvió la princesa desapareció.

Silvina sintió como el peso que llevaba sobre sus espaldas se desvanecía y sonrió al pensar en el dragón volando libre y a salvo.


lunes, 4 de mayo de 2020

Información útil

Imagen creada por Cristina Rubio


Me llamo Ben y aún soy pequeño. Sin embargo, mi edad no me ha impedido coger mi nave espacial y viajar hasta el planeta Tierra. Un planeta que nuestra especie, descubrió hace un año y que fue visitado por nuestros cinco mejores expertos. Cuando estos regresaron nos mostraron algunas fotografías y nos dieron mucha información útil, como por ejemplo que este planeta está habitado por muchísimas especies diferentes, entre ellas una a la que calificaron como muy peligrosa: la especie humana.

Estoy recodando estas cosas y al fin ya diviso el planeta Tierra. Selecciono en mi pulsera las opciones “invisibilidad” tanto para mí como para mi nave espacial y automáticamente ambos nos hacemos invisibles. Un rato después aterrizo cerca de una zona con mucha agua que me ha llamado la atención pues nunca he visto nada parecido.

Las fotografías que nos mostraron los cinco expertos eran sobre todo de la tecnología creada por los mencionados humanos. Pero apenas hicieron fotografías del entorno, algo que me desconcierta totalmente pues por lo que estoy viendo este planeta es realmente hermoso.

El contraste es muy grande comparado con mi pequeño planeta en el que sólo vive la especie a la que pertenezco, una especie a la que los humanos califican como extraterrestre. En mi planeta todos somos muy parecidos: cabeza, orejas, ojos y pies grandes; muy poquito pelo y cuerpo pequeño. Nos distinguimos unos de otros por los colores de nuestra piel: rosa, verde, naranja, amarillo… Y nuestro único alimento consiste en bayas de energía que genera espontáneamente la tierra y nuestra única bebida es el agua que sacamos de nuestros numerosos pozos.

Pero nunca he visto tanta agua sobre la superficie como ahora. Al fin decido abandonar mi nave para encaminarme hacia esa cantidad ingente de agua. Ahora, de cerca, me parece estar contemplando un espectáculo extraordinario: el agua está en perpetuo movimiento y delante de ella hay mucha tierra fina y dorada.

Nunca he visto nada más hermoso en mi vida. Es un lugar muy amplio y tan solo diviso a cinco humanos. De momento parecen tranquilos así que mi sensación de temor hacia ellos disminuye. Además, me recuerdo a mí mismo que soy invisible y que como nadie me puede ver no corro ningún peligro.

Así que comienzo a caminar descalzo por esa tierra tan peculiar y siento su calidez. Cuando me acerco al agua me maravillo al ver como esta avanza mojándome los pies y después retrocede como si estuviese jugando.

En la zona donde estoy el agua ha ablandado la tierra y siento somo mis pies se hunden, levanto uno de ellos y veo mi huella impresa en la tierra fascinado. Estoy tan absorto en este increíble descubrimiento que no me doy cuenta de que un humano se ha acercado a mí.

Se trata de un niño, es igual de bajito que yo. Lo contemplo mientras él, ajeno a mi presencia, coge agua con un cubo. Entonces recuerdo la palabra “peligroso”. Pero no me parece el mejor adjetivo para definirle. Así que selecciono en mi pulsera una foto de un niño humano y en ese momento mi físico toma la apariencia de ese niño y me hago visible.

Cuando el niño se gira y me ve se queda muy sorprendido. Yo no sé qué decirle y ambos nos quedamos en silencio hasta que él me saluda con timidez:

―Hola

―Hola ―le contesto sonriendo. El niño me devuelve la sonrisa y se le ilumina el rostro. En ese momento decido averiguar más sobre ese mágico entorno en el que nos encontramos.

―¿Qué es esto? ―le pregunto señalando el agua.

―¡El mar! ―me dice con alegría. Deja el cubo sobre la tierra y empieza a aplaudir con entusiasmo. Me alegro de descubrir que a él le fascina tanto el mar como a mí.

―¿Y esto? ―vuelvo a preguntarle señalando la tierra fina.

―¡La arena! ―y vuelve a aplaudir efusivo. En ese momento señala un montículo de arena que está a pocos metros de nosotros y continúa diciéndome:

―¡Ese es mi castillo! ¿Quieres jugar?

Me quedo pensando en esa palabra: “jugar” no recuerdo ya la última vez que jugué a algo. Pues en mi planeta solo jugamos cuando somos muy, muy pequeños. Enseguida comenzamos a estudiar mucho y con una gran seriedad.

―Sí ―le contesto finalmente. El niño coge de nuevo su cubo lleno de agua y se dirige hacia el castillo. Una vez allí vierte el agua sobre la arena, recoge la arena con una pala, la va poniendo en el cubo y una vez está lleno lo vuelva rápidamente y entonces me ordena eufórico:

―¡Ahora tú!

Sigo los mismos pasos que él y cuando hago mi propio castillo, el niño ríe y aplaude. Parece muy feliz.

―¿Cómo te llamas? ―me pregunta de repente y me quedo bloqueado porque quiero darle mi nombre real pero siento cierto temor ante su posible peligrosidad.

―Beny ―digo finalmente y me siento feliz por decirle mi nombre verdadero ―¿y tú?

―Mateo.

―Me alegro mucho de conocerte Mateo ―le digo con franqueza.

Continuamos un buen rato jugando a construir castillos y aprovecho para hacer fotografías con mi pulsera de la arena, del mar y de Mateo. Pero, de pronto, veo que una humana se está acercando a nosotros. Yo siento pánico y le pregunto:

―¿Esa es tu mamá?

Mateo alza la cabeza y asiente con alegría gritando:

―Mamá, mamá. ¡Mira, mi amigo Ben!

Siento mucho miedo ante la idea de peligro que representa aquella humana y me despido precipitadamente de Mateo.

―Lo siento, pero tengo que marcharme.

―¿Mañana vendrás?

―No, no creo que pueda. Pero siempre te recordaré. Adiós Mateo.

El niño me mira con tristeza, parece que está a punto de llorar. Yo me marcho corriendo y cuando ya he recorrido varios metros vuelvo a seleccionar “invisible” en mi pulsera y me subo a mi nave espacial.

Miro por última vez el mar, la arena y desde allí también puedo ver a Mateo junto a su madre. Creo que está llorando. Yo también estoy llorando por no poder volver a verle. Pero pienso en mi familia. Seguro que están muy preocupados por mí. Y es que no le dije nada a nadie sobre este viaje porque si hubiese dicho algo al respecto no me hubieran dejado partir.

Cuando llego de nuevo a mi planeta, mi madre, mi padre y mis dos hermanos me reciben emocionados. Me dicen que me han buscado por todas partes y que estaban desesperados al no encontrarme. “¿Dónde has estado?” me preguntan al unísono.

―En el planeta Tierra ―les contesto orgulloso.

Se crea un silencio sepulcral, todos me miran pálidos. Entonces continúo explicándoles:

―He conocido a un humano, se llama Mateo y es muy simpático. Además, he visto la arena y el mar. Mirad.

Entonces les muestro todas las fotografías que tomé con mi pulsera de la arena, el mar y de Mateo jugando y riendo.

Se quedan fascinados y yo tengo la esperanza de que esta información que he recopilado se convierta en información útil a pesar de no provenir de un experto y de que algún día cuando mi especie piense en el planeta Tierra le vengan a la mente las imágenes de la arena, el mar y del pequeño y simpático humano llamado Mateo.

sábado, 14 de marzo de 2020

Mi hermoso jardín

Ilustración de Cristina Rubio

Tras visitar a mi amigo, el Ogro de Cornish, me quedé con él durante 7 años. Después de ese tiempo decidí regresar a mi mansión. ¡Qué desagradable sorpresa me llevé cuando vi a un grupo de niños jugando en mi hermoso jardín!

―¡Este jardín es mío!¡No dejaré que nadie juegue aquí! ―les grité con fuerza.

Los niños me miraron completamente aterrados e, inmediatamente, huyeron despavoridos. En ese momento me alegré más que nunca de ser un gigante y que los niños me temiesen. No obstante, por precaución, levanté un muro muy alto en el que puse un cartel que decía:


“Entrada estrictamente prohibida” 

En mi interior sentí que no había obrado bien. Sin embargo, enseguida un pensamiento reforzó mi comportamiento: el jardín era de mi propiedad por lo que no podía permitirles a los niños que jugasen en él.

A veces los niños se acercaban y a escondidas se susurraban unos a otros lo mucho de menos que echaban jugar en el jardín. No podía evitar sentirme triste por ellos, pero volvía a convencerme de que si el jardín era mío ellos no tenían ningún derecho a estar en él. ¡Podrían estropearlo! Y mi jardín era demasiado bonito. No, no podía permitirles entrar.

Lo que no me esperaba era que aquel año la primavera llegaría a todas partes menos a mi jardín. Por primera vez los pájaros no cantaban, los árboles no florecían y la nieve y la escarcha lo cubrían todo. Y lo peor era que cada vez hacía más frío y granizaba a diario.

No podía entender por qué la primavera no llegaba a mi jardín. Cada día miraba por la ventana con la esperanza de que el invierno hubiese desaparecido, pero mis esperanzas se desvanecieron cuando transcurrieron el verano y el otoño y en mi jardín continuaba siendo invierno.
Me sentía tan triste que me pasaba el tiempo encerrado en la mansión y ya no contemplaba mi jardín. Hasta que un día, el canto de un jilguerito llegó hasta mis oídos y me alegró tanto que fui a mirar por la ventana. ¡Cuál fue mi asombro al ver que había una brecha en el muro y que los niños habían vuelto a entrar en el jardín y se habían subido a los árboles!

Ya no había ni rastro del invierno y ahora las copas de los árboles estaban cubiertas de flores. Sin embargo, me sorprendí al ver que un niño muy pequeñito intentaba subirse a un árbol, pero como no alcanzaba las ramas lloraba amargamente. Aquel árbol era el único que no había florecido y continuaba cubierto de escarcha y de nieve.

Sin dudar, acudí de prisa a ayudar al niño a subirse al árbol con una angustia terrible en el pecho por no haber permitido a los niños jugar en el jardín. ¡Qué arrepentido me sentía! Tan arrepentido estaba que se me saltaban las lágrimas.

Sin embargo, en cuanto los niños me vieron huyeron aterrados. Tan solo el niño pequeñito, el que no podía subirse al árbol, permaneció donde estaba. Me miró y no sé por qué tuve la convicción de que él no me tenía miedo porque sabía que yo solo quería ayudarle. Así que sin decir nada lo cogí con cuidado con mis manos y lo ayudé a subirse al árbol que en aquel mismo instante floreció. Entonces el niño me abrazó y me dio un beso.

Su cariño y gratitud fue el mejor regalo que había recibido en toda mi vida y comprendí el sinsentido de mi comportamiento egoísta.

Los niños que habían permanecido escondidos observándolo todo regresaron al jardín, no sin mostrar cierto temor.

―A partir de ahora este jardín es vuestro ―les anuncié lleno de una felicidad que jamás antes había experimentado. Y seguidamente derribé el muro y con él mi terrible egoísmo.

A partir de entonces todos los días jugaba con los niños en el jardín. Pero me sentía muy triste porque el más pequeño de todos, el niño al que ayudé a subirse al árbol, el que me dio un beso, no volvió a aparecer. Les preguntaba por él a los demás niños, pero ellos me respondían que no sabían nada de él.

―¡Cómo me gustaría volver a verle! ―suspiraba apenado.

Pasaron los años y fui envejeciendo. Ya no podía jugar con los niños pues me faltaban las fuerzas. De modo que me sentaba en un sillón y admiraba mi precioso jardín lleno de flores, aunque para mí las flores más bellas eran los niños.

Una tarde me alegré inmensamente al ver al pequeñín al que tanto había echado de menos. No podía creer lo que veía: el niño estaba junto al árbol al que le ayudé a subirse. Su copa estaba cubierta de flores blancas y de sus ramas doradas colgaban frutos plateados.

Lleno de una inmensa alegría me dirigí al jardín. Pero cuando llegué junto al niño y vi que en sus manos y en sus pies había huellas de clavos entré en cólera y le pregunté:

―¿Quién se atrevió a herirte? Dímelo para tomar la espada y matarlo.

―¡No! ―me respondió el niño. ―No es venganza lo que quiero en tu corazón sino amor.

―¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? ―le pregunté cayendo de rodillas ante él mientras sentía que mis ojos me engañaban pues le veía pequeño pero en realidad era inmensamente más grande que yo.

Entonces el niño me sonrió diciendo:

―Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín. Hoy tú jugarás conmigo en el jardín mío que es el Paraíso.

Me tumbé sobre la cálida hierba y abandoné mi cuerpo viendo como éste se cubría de flores blancas. Me alegré al pensar que mi jardín jamás se estropearía porque siempre habría niños que jugarían en él.


Este relato es mi versión en primera persona del cuento El gigante egoísta de Oscar Wilde. 

jueves, 20 de febrero de 2020

Pi, el gorrión narrador


Imagen de Beverly Buckley en Pixabay

El niño bajo la sombra de un árbol leía. Mientras, el pequeño gorrión Pi le veía.

¡Yo también quiero leer! ¡Yo también quiero leer! repetía sin cesar.

Los animales no leemos le decía su mamá.

Entonces Pi ideó un plan:

¡El niño mi amigo será y lo que hay en el libro me leerá!

Y sin pensárselo dos veces sobre el hombro del niño se fue a posar. El niño le sonrió y en voz alta a leer comenzó.

A partir de entonces, cada tarde, Pi al niño escuchaba y todos los cuentos memorizaba.

¡Como no los sé leer, de memoria los tengo que aprender!

Después, Pi, con su familia regresaba y las hermosas historias que aprendía les contaba.

Los más grandes y los más pequeños le escuchaban y maravillados se quedaban. 

Así fue como Pi que no podía ser lector se convirtió en un gran narrador.

viernes, 24 de enero de 2020

La horquilla de la sirena

© Imagen creada por Cristina Rubio

Van Yun era un joven campesino que llevaba una vida muy tranquila junto a su padre en un pequeño pueblecito costero.

Un día, mientras caminaba por la orilla del mar, encontró sobre la arena una extraña horquilla para el cabello. La tomó entre sus manos y la observó maravillado. La horquilla era dorada y tenía forma de estrella. Además, en ella había grabado un nombre en letras pequeñísimas: Sanma.

El joven se preguntó quién sería la dueña de aquella horquilla y pensó en las mujeres que vivían en su pueblo, pero ninguna se llamaba así.

Van Yun se sintió inquieto y a partir de ese momento conocer a Sanma se convirtió en su mayor deseo.

Un día, mientras estaba sentado sobre una roca contemplando el mar le pareció oír el canto de una voz femenina.

El joven miró atentamente entre las olas y entonces logró divisar a alguien que nadaba hacia él. Pero al mismo tiempo le pareció ver la cola de un pez. En ese momento Van Yun se alarmó pensando que quizás la persona necesitara ayuda. Pero al mismo tiempo se preguntaba de donde procedería aquel extraño canto.

De repente, frente a él, emergió del mar una sirena. El joven se quedó atónito y al mismo tiempo cautivado por la serenidad y la bondad que desprendía el rostro de ella.

―¿Quién eres? ―balbuceó Van Yun.

―Soy Sanma, la princesa del mar ―dijo la sirena. Tras una breve pausa, continuó diciendo: ―Quiero que me devuelvas algo que perdí y que ahora tienes tú.

Rápidamente Van Yun recordó la misteriosa horquilla. Pero entonces pensó que, si se la entregaba a la sirena, quizás esta se iría.

―Me gustaría conocerte Sanma, así que te la devolveré si me prometes que volveré a verte pronto ―le propuso Van Yun.

La sirena pareció muy sorprendida y dudó durante unos instantes, pero después dijo:

―No puedo prometerte tal cosa.

Van Yun sintió un desgarrador dolor en el pecho al oír las palabras de Sanma. Y el enfado se apoderó de él.

―Entonces, no volverás a ver tu preciada horquilla.

La sirena volvió a mostrar su sorpresa.

―No es sólo una horquilla. Es algo muy importante para mí. Si no me la devuelves, no podré ser feliz jamás.

―Entonces, acepta el trato que te he propuesto ―insistió el joven.

―No puedo ―repuso Sanma con tristeza.

―¿Por qué? ―quiso saber Van Yun.

―Porque pertenecemos a mundos diferentes. Ahora puedes verme porque tienes mi horquilla. Pero en cuanto me la devuelvas ya no podremos vernos ni tú a mí ni yo a ti.

Van Yun sacó la horquilla del bolsillo de su chaqueta. La miró con atención y después exclamó:

―¡Entonces deja que me la quede y así podremos vernos siempre!

―No debes tenerla tú sino yo. Sin ella no tengo magia y sin magia me siento vacía.

―Pero si te la entrego seré yo quien se sienta vacío. Porque quiero verte cada día y tú me dices que no podremos volver a vernos.

―Ese vacío que sientes ahora, es pasajero, con el tiempo se te pasará. Pero si te quedas con la horquilla mi vacío no desaparecerá jamás.

Tras unos instantes en silencio Van Yun le dijo a Sanma:

―Toma, no deseo que seas infeliz por mi culpa. Pero quiero que sepas que jamás te olvidaré ―dijo el joven entregándole la horquilla a la sirena.

En cuanto Sanma cogió la horquilla desapareció y Van Yun se marchó a su casa muy apenado.

Cuando estaba cenando con su padre, este percibió la tristeza de su hijo y le preguntó:

―Van Yun, ¿qué te ocurre?

El joven entonces le explicó a su padre:

―Hoy he conocido a alguien a quien no volveré a ver nunca más.

―Hijo, ¿quieres contármelo?

Van Yun miró a su padre con la mirada muy triste y asintió con la cabeza. Seguidamente le contó todo lo que le había ocurrido. Cuando hubo terminado su historia, su padre le dijo:

―Hiciste lo que debías. Y eso siempre tiene su recompensa, no lo olvides.

Van Yun no entendió las palabras de su padre en aquel momento ni en los siguientes días ni en los siguientes años.

Hasta que llegó una noche en la que Van Yun, que ya era un anciano, regresó a la roca donde había conocido a Sanma y a donde había sido incapaz de volver ni una sola vez. Se sorprendió al descubrir que allí estaba la horquilla de ella. Extrañado, se acercó y la cogió. Entonces oyó una voz risueña:

―Veo que es cierto lo que dijiste. No me has olvidado.

Van Yun miró al mar emocionado y vio que allí estaba Sanma. Él era un anciano, pero ella seguía siendo tan joven como la primera vez que la vio.

―¿Cómo podría olvidarte?

Sanma rio y le dijo:

―Yo tampoco te he olvidado.

―Entonces, ¿me dejarás la horquilla para que podamos vernos?

―No. Te ofrezco algo mejor: si lo deseas, puedes vivir en mi reino.

―¿Tu reino? ¿Quieres decir en el mar?

―Sí.

Van Yun no sabía si reír o llorar, pero le respondió a la sirena que deseaba estar junto a ella más que nada en el mundo. En ese momento su espíritu comenzó a brillar y poco a poco fue abandonando su cuerpo.

―Ven ―le dijo Sanma.

Van Yun saltó al agua y en ese instante se transformó en un hermoso tritón.

Cuando un vecino encontró el cuerpo sin vida de Van Yun sobre la roca todos en el pueblo se entristecieron. Pero eso fue porque no sabían que ahora Van Yun vivía en el mar y era inmensamente feliz junto a Sanma.


martes, 14 de enero de 2020

Un cielo sin nubes


La oruga Layla estaba en el bosque, sobre una hoja de una pequeña planta. Se preguntaba extrañada por qué haría tanto calor y tan poca humedad en el ambiente. El oso Polino al pasar por su lado, la saludó y acercándose a ella, exclamó:

―¡Qué calor hace! ¿verdad?

La oruga asintió con su cabecita.

―Me pregunto dónde estarán las nubes. No hay ni una sola en el cielo.

Entonces, el árbol Zenya que les estaba escuchando les dijo:

―Venid aquí, refugiaros bajo mi amplia sombra.

El oso cogió a la oruga con cuidado y la puso sobre una de las ramas del árbol.

―¡Qué sombra tan agradable! ―exclamó Layla.

―¡Sí que agradable! ―exclamó Polino y seguidamente le preguntó a Zenya―: ¿Sabes por qué no hay nubes en el cielo?

Entonces Zenya les explicó:

―Las nubes se han ido de viaje unos días. Pero no tardarán en volver. No os preocupéis. Hasta entonces, podéis refugiaros bajo mi sombra todo el tiempo que queráis.

―Eres muy amable ―le dijo Layla.

―Sí, ¡muchas gracias! ―exclamó con entusiasmo Polino.

―¡Oh no! tan sólo soy un árbol y proporcionar sombra es una de mis funciones principales. ―dijo Zenya con humildad.

Tras unos instantes la ardilla Casilda saltó sobre una de las ramas de Zenya.

―Bienvenida Casilda ―le saludó el árbol.

―Buenos días Zenya. Te he escuchado decir que las nubes se han ido de viaje. ¿Por qué razón?

Layla y Polino permanecieron callados esperando la respuesta del árbol ya que ellos también se hacían esta misma pregunta.

―La razón es que están tristes porque ya nadie les presta atención y para darnos una lección a los habitantes de este bosque decidieron marcharse unos días. Piensan que no se aprecia lo que se tiene hasta que se pierde. Así que esperan que nos demos cuenta de lo importantes que son y que apreciemos su labor cuando vuelvan.

Layla entonces intervino:

―Es verdad, las entiendo. Ya a nadie le fascina el cielo. Ahora estamos siempre muy ocupados con otras cosas y ya no dedicamos tiempo a contemplar la belleza de las nubes, de la luna, las estrellas…

El árbol y la ardilla le dieron la razón. Sin embargo, Polino replicó:

―Pero ¿qué tiene que importarles a las nubes si las apreciamos o no? No entiendo por qué les afecta tanto.

Entonces el árbol Zenya dijo:

―Cuando os he ofrecido mi sombra, me habéis mostrado agradecimiento y os he contestado que solo soy un árbol y que mi función es dar sombra. Pero he de reconocer que me he sentido feliz por vuestras palabras. Me habéis hecho sentir valorado. Imaginaos a las nubes. Hacen una función realmente importante. Sin ellas no hay lluvia. ¿Y como sobreviviríamos sin agua? Sin embargo, nadie les prestamos atención, nadie les damos las gracias. ¿Acaso no deberíamos ser agradecidos con ellas? Pues ya veis que nada les impide marcharse a otra parte si las tratamos como si no las necesitáramos.

El oso, la oruga y la ardilla asintieron dándole la razón a Zenya. Entonces los cuatro miraron al cielo esperando el regreso de las nubes.

La ardilla Casilda se subió a lo más alto del árbol y al cabo de un rato, gritó entusiasmada:

―¡Las nubes regresan!¡Las nubes regresan!

Las nubes vieron a la ardilla que las comenzó a saludar con gran alegría y se acercaron a ella. En ese momento el oso, la oruga y el árbol les dedicaron palabras de agradecimiento. Las nubes se sintieron muy felices y comenzó a llover. Todo el bosque celebró la tormenta veraniega y Layla, Polino, Casilda y Zenya se encargaron de que las nubes no volvieran a sentirse ignoradas nunca más.

sábado, 21 de diciembre de 2019

Una Navidad diferente

Imagen de Bruno Glätsch en Pixabay


Anaïs adoraba la Navidad porque tenía vacaciones, estaba con su familia más tiempo, ayudaba a adornar la casa y recibía regalos. Sin embargo, aquel año no celebraría la Navidad del mismo modo que los años anteriores. Y es que hacía unos meses que, jugando en el parque, había conocido a Malena, una niña de su misma edad, quien iba a un colegio que se encontraba cerca del suyo y, al cual iban niños y niñas de familias muy humildes. 

Ambas se habían hecho amigas y una tarde, mientras se columpiaban en los columpios del parque, Anaïs comenzó a contarle a Malena lo bien que se lo pasaría en las fiestas.

―A mí no me gusta la Navidad ―le interrumpió Malena bruscamente con tono de enfado.

Anaïs se quedó en silencio unos instantes sin saber que decir. Malena continuó:

―Mi padre nos abandonó a mi madre y a mí el año pasado en Navidad.

―¿Y por qué os abandonó? ―preguntó Anaïs sorprendida.

―No lo sé. Mi madre nunca quiere hablar de ello. Y él no me dijo nada, simplemente se fue.

Anaïs no sabía qué decirle a su amiga, que había dejado de columpiarse y ahora, mantenía la mirada perdida en el vacío. Anaïs pensó que  se animaría si le hablaba de los regalos que le traerían los Reyes Magos, así que le dijo:

―No te pongas triste Malena, que pronto vendrán los Reyes Magos y te traerán muchos regalos. ¿Ya les has escrito la carta?

Malena salió bruscamente de su ensimismamiento y miró a Anaïs con seriedad, casi con ira.

―No

―Pues debes escribirles ya. ¿Qué les vas a pedir? ―quiso saber Anaïs sin percibir el enfado de su amiga.

―Que me traigan a mi padre.

Anaïs volvió a quedarse sin palabras. Pero pensó que como los Reyes Magos eran mágicos quizás pudieran cumplir el deseo de Malena. Así que le dijo ilusionada:

―¡Seguro que te lo traerán!

Malena entonces le gritó a Anaïs con rabia:

―¡Te aseguro que no me lo traerán!

Anaïs se quedó perpleja, sin entender la reacción de Malena.

―¡Eres tonta! ―le espetó de súbito Malena con los ojos inundados de lágrimas.

―¿Y por qué? ―preguntó Anaïs muy dolida.

―Porque los Reyes Magos no existen. Son tus padres quienes te compran los regalos. Mi madre siempre me dice que no tiene dinero y yo le he dicho que ya soy mayor y que no hace falta que me regale nada.

Anaïs no podía aceptar lo que su amiga acababa de decirle y fue deprisa hacia su madre que estaba sentada en un banco a unos pocos metros y le preguntó si era cierto lo que le había dicho Malena. Cuando su madre, le explicó la verdad, Anaïs pensó que aquello era horrible porque eso quería decir que muchos niños y muchas niñas se quedarían sin regalos. Y especialmente pensó en los alumnos y las alumnas que iban al colegio de Malena porque sabía que tenían, al igual que su amiga, dificultades económicas.

Anaïs cogió de su mochila un cuaderno y un lápiz. Seguidamente regresó a los columpios donde Malena había vuelto a quedarse abstraída mirando al vacío y entonces Anaïs le dijo:

―Malena quiero que escribamos juntas la carta. Yo pediré menos regalos y así tú podrás pedir los tuyos.

A Malena se le iluminó el rostro de una forma que conmovió a Anaïs.

―¿De verdad lo harás? ¿A tus padres no les importará?

―Escribamos la carta ahora mismo, seguro que a mis padres les parece bien ―dijo Anaïs con seguridad y le tendió a su amiga el cuaderno y el lápiz.

Malena empezó a escribir las cosas que quería y, a continuación, Anaïs añadió las suyas. Después fueron hacia el banco donde continuaba sentada la madre de Anaïs y la niña le dijo:

―Mamá, estas son las cosas que queremos Malena y yo. ¿Nos las comprarás?

La madre de Anaïs se quedó sorprendida, pero cogió la carta y tras leerla, les aseguró que haría lo que pudiese para que las dos tuvieran sus regalos.

Entonces Anaïs tuvo una idea:

―¿Y si todos los padres hiciesen igual que tú? ¿Y si comprasen regalos para sus hijos y también para los niños del colegio de Malena?

Al día siguiente la madre de Anaïs habló con los padres, con los profesores e incluso con la directora del colegio para hacer realidad la idea de su hija. Pasados unos días, la directora recibió el aviso de que muchas familias estaban interesadas en colaborar así que anunció al director del colegio de Malena la idea y pronto él le hizo llegar las cartas de sus alumnos y alumnas.

Así, aquel día de Reyes fue muy diferente para Malena y para los niños y las niñas de su colegio pues todos y todas recibieron sus regalos gracias a Anaïs y a la generosidad de las familias que quisieron participar. Y de esta forma, fue como en ambos colegios brilló intensamente el verdadero sentido de la Navidad.



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Muchas gracias por leer este relato. ¡Feliz Navidad! 😃🎄

domingo, 8 de diciembre de 2019

La noria

Imagen de Frank Zhang en Pixabay
Marián consultó la hora en su reloj: eran casi las nueve menos cinco. La noria llevaba parada más tiempo de lo normal. Al darse cuenta de esto Marián, que ocupaba una de las cabinas que estaban más elevadas, sintió mucho miedo. No tenía compañía y a su alrededor no había nadie. Entonces miró hacia abajo y vio como las pocas personas que se habían subido a la noria, se encontraban en las cabinas más bajas y observó cómo se bajaban de ellas apresuradamente.

Marián sintió un vértigo terrible y cerró los ojos con fuerza durante un largo rato. Cuando se sintió un poco mejor abrió los ojos para mirar hacia el cielo. Las algodonadas nubes blancas la tranquilizaron un poco. <<¿Qué habrá pasado? ¿Cuánto tiempo más tendré que estar aquí arriba?>> se preguntó tratando de mantener la calma y sin querer mirar el reloj.

Como sentía que su miedo se incrementaba cada vez más, cerró los ojos de nuevo y comenzó a pensar en él, en David: el hombre que trabajaba como operario de la noria. <<Sin duda él hará todo lo posible para rescatarme>> se dijo Marián ilusionada. En ese momento recordó el primer día que le conoció, el cinco de mayo. 


Fue una tarde cuando Marián acompañó a sus alumnos a una excursión al Parque de Atracciones. Se disponía a subir a la noria con algunos de ellos cuando vio al operario encargado de la atracción. Marián se enamoró al instante de él.
No intercambiaron más palabras que un saludo, pero Marián se quedó embelesada. No pudo evitar ver su nombre en la etiqueta identificativa que llevaba prendida en la camisa: David. Desde entonces, durante noventa y tres días, ella había acudido al parque todas las noches y se había subido a la noria con la única intención de verle. Marián comenzó a recordar cada uno de los momentos en que había disfrutado de su presencia, de su cercanía, pensó en su increíble mirada, en las ganas que tenía de decirle algo más que un saludo. Mientras, el tiempo fue pasando sin que Marián apenas se diese cuenta.

De pronto salió de su ensimismamiento y, con valentía, volvió a mirar hacia abajo. Esperaba verle a él, preocupado, tratando de arreglar la noria pero se llevó la sorpresa de descubrir que todo estaba sumido en la oscuridad más profunda. Ahora sí que se sintió sola, completamente sola. Miró la hora en su móvil, porque la oscuridad la había engullido a ella también. Eran las diez de la noche. A esa hora cerraban el parque.

Marián comenzó a gritar con fuerza pidiendo ayuda. Se le partió el corazón al pensar que quizás David se había marchado dejándola allí y las lágrimas brotaron de sus ojos. Entonces, oyó una voz masculina que le gritó:

―Por favor tranquila. La he llamado varias veces pero no me ha respondido. Estaba muy preocupado. ¿Se encuentra bien?

Cerró los ojos con fuerza al sentir cómo el timbre de aquella voz se le clavaba en el corazón como un puñal pues no era la voz que deseaba oír, la voz de David. Marián no sabía qué responder. <<Nunca me he sentido tan mal>> pensó.

―¡Por favor, ayúdeme!¡Llevo aquí más de una hora! ― gritó desesperadamente y con todas sus fuerzas mirando hacia abajo a pesar de no ver nada.

―Lo sé y estoy tratando de arreglarla lo antes posible. Por favor tenga paciencia.

Marián no dijo nada y pensó que ya no le quedaba ni gota de paciencia. Además, cada vez tenía más frío, aunque, sin duda, era peor el frío que sentía en su corazón. <<Ojalá ese hombre fuera David>> pensó desilusionada, desesperanzada, destrozada. Decidió que si conseguía bajar de la noria ya no volvería a subirse a ella nunca más. Decidió que ya no vería más al hombre al que amaba tanto.

De súbito las luces de la noria se encendieron y, al cabo de unos instantes, la atracción se puso en marcha de modo que la cabina en la que se hallaba Marián fue bajando despacio. Cuando llegó al suelo, Marián se bajó tambaleándose. Estaba mareada y temblaba de miedo, de frío y de desamor. Aunque aún albergaba la esperanza de que David apareciese.

―Siento mucho lo ocurrido. Tenga, póngase mi chaqueta. ―le dijo el técnico quitándosela con rapidez y tendiéndosela con amabilidad.

Marián buscó a David con la mirada, pero al no verle lo único que deseó fue marcharse de allí cuanto antes.

―No es necesario, gracias. ―le contestó al hombre rechazando la chaqueta con un gesto de la mano.

Inmediatamente Marián caminó hacia la salida del parque reflexionando sobre lo triste que era amar sin ser correspondida. Reprochándose que no era la primera vez que le ocurría, preguntándose por qué cometía el mismo error una y otra vez. Al mismo tiempo, el técnico que había reparado la noria se preguntaba si volvería a ver alguna vez a aquella mujer, aunque intuyó entristecido que eso no ocurriría.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Un día importante en mi vida

Imagen de Tumisu en Pixabay 

Uno de los días más importantes de mi vida fue cuando descubrí, por casualidad, el libro El Poder del Ahora. Ya había leído buenos libros de auto-ayuda pero El Poder del Ahora se convirtió en mi favorito. Las sabias palabras que hay en él me cambiaron la vida.

Enseguida captaron mi atención sus tres ideas principales: lo único que existe es el momento presente (el pasado y el futuro son tan solo una ilusión), no somos nuestra mente ni nuestro ego y el sufrimiento principal es el que generan nuestros propios pensamientos.

Este libro me brindó la oportunidad de responsabilizarme de mi sufrimiento y aceptar que gran parte de él era generado por mi propia mente. Es decir, algunos de nuestros pensamientos son nuestros principales enemigos.

El autor de este libro, Eckhart Tolle, me hizo descubrir que no somos seres aislados, sino que existe una interconexión entre todos los Seres, la Naturaleza y el Cosmos. Por eso influimos continuamente los unos sobre los otros. Y, sobre todo, me enseñó a vivir más en el Ahora (el único momento que existe realmente).

Aún me pregunto por qué en los colegios e institutos no recomiendan leer este libro ni otros libros de auto-ayuda. Por qué he tenido que descubrir, con más de treinta años de edad, libros tan increíbles como este o también: El caballero de la armadura oxidada, El secreto, El monje que vendió su ferrariEl poder está dentro de ti...

Me pregunto por qué tenemos ese afán de conocer todo cuanto nos rodea y sin embargo somos unos completos ignorantes acerca de lo que sucede en nuestro interior. Porque como dijo Platónla mayor victoria es la conquista de uno mismo” aunque parece que no queremos darnos cuenta.

domingo, 24 de noviembre de 2019

El mensaje de Julia

Imagen de pixabay.com

Voy al colegio a recoger a Julia. Cuando vamos caminando por la calle me dice:

―Margarita opina que nos importan demasiado las cosas materiales. Y que deberíamos cuidar más nuestro interior.

Margarita es la profesora de Julia.

―Sí, en realidad somos espíritus en el mundo material
(1) que nos rodea.

―¿Qué son los espíritus? ―Me pregunta. Tras unos instantes de silencio le respondo:

―Los espíritus son nuestra esencia, lo que hay dentro de nosotros. El cuerpo es solo la cáscara y el espíritu lo que hay en el interior de la cáscara.

Julia me mira con su mirada curiosa y me vuelve a preguntar:

―¿Y los espíritus pueden volar?

―Sí, pero solo cuando dejamos de tener miedo. En ese momento nuestros espíritus muestran todo su esplendor y nos hacemos aves sobrevolando el suelo, así sin miedo
(2) todo es posible.

Julia calla durante unos instantes, pero después rompe el silencio tarareando:

―Que unan sus voces y lleguen al sol, en ellos está la verdad…
(3) 

―¿Qué cantas?

―Una canción que nos ha puesto Margarita. ―Entonces recuerdo la canción de José Luis Perales.

―Ah sí, es la canción 
Que canten los niños. Tiene un mensaje muy bonito.

―¿Cuál es el mensaje?

―El mensaje es que los niños y las niñas tenéis muchas cosas importantes que decir y que por eso debéis cantar para que los adultos os escuchemos.

Julia me sonríe y entonces me dice:

―Yo creo que los espíritus son de todas las formas y colores, aunque no los podamos ver. Tienen alas y vuelan por el cielo como los pájaros cuando los niños cantamos. Pero hay muchos niños que no cantan porque creen que no tienen a nadie que los quiera y están muy tristes. Me gustaría decirles a esos niños que hay un espíritu muy grande, inmenso que nos quiere a todos muchísimo y nos hace compañía todo el tiempo. Por eso nadie está solo nunca. ¿verdad?

Me quedo perpleja mirando a Julia que con sus siete años me acaba de hablar de tal modo. <<Que canten los niños, que canten, que canten>> pienso asintiendo con la cabeza, sin poder pronunciar palabra.



****
Este relato ha sido creado incluyendo tres frases de tres canciones diferentes: 

(1) "Somos espíritus en el mundo material" (Spirits in the material world, The Police) youtu.be/BHOevX4DlGk

(2) "Y nos hacemos aves, sobrevolando el suelo, así, sin miedo" (Sin Miedo, Rossana) youtu.be/tKiTgW8BBDI

(3) "Que unan sus voces y lleguen al sol" (Que canten los niños, José Luis Perales) youtu.be/3NDUvuDvRuM



viernes, 15 de noviembre de 2019

Atalanta

Atalanta - fotografía de Wikipedia

En cuanto Ménalo supo que su mujer, Clímene, había dado a luz a una niña entró furioso en la habitación y le arrancó a la madre la recién nacida de los brazos. Clímene le suplicó llorando que no se la llevase, pero el padre salió de la casa como un rayo en mitad de la noche. 

Ménalo dejó a la pequeña en la ladera del monte Partenio y, sin el menor remordimiento de conciencia, regresó a su casa. Ya se lo había advertido a Clímene: sólo quería hijos varones porque, en su opinión, las niñas no valían nada.

La pequeña no tardó en empezar a llorar. Tenía miedo, frío y hambre. Por suerte, no muy lejos de ella, se encontraba una osa en su cueva junto con sus tres oseznos. Al oír el llanto de la niña, la osa salió de la cueva y, guiándose por el olfato y el oído, encontró enseguida a la bebé.

La osa olisqueó a la niña y, tomando entre sus dientes la tela que la envolvía, la transportó hasta la cueva donde se hallaban los tres oseznos. La osa se tumbó cerca de ella y la dio de mamar. A partir de ese momento la niña ya no sintió ni miedo ni frío ni hambre.

La pequeña fue creciendo hasta convertirse en una joven inteligente, ágil y fuerte. Ella consideraba que la osa era su madre y los tres osos sus hermanos. Y, a pesar de verse tan diferente físicamente de ellos, la joven se sentía tan integrada en la familia que no sospechaba que pertenecía a otra especie.

Hasta que un día, cuando se dirigía sola al río vio a un grupo de amazonas. Como estaba muy lejos se acercó sigilosamente para verlas mejor. La muchacha se ocultó tras un árbol y las observó con sorpresa y curiosidad durante un rato.

Pero, de súbito, alguien le asestó un golpe en la cabeza haciéndola perder el sentido. Cuando la joven abrió los ojos se sentía aturdida y mareada. Tenía las manos y los pies atados.

―¿Quién eres? ¿Por qué nos espiabas?

La pobre muchacha no entendió las preguntas que le hizo una de las amazonas y comenzó a emitir los sonidos con los que se comunicaba con los osos.

Las amazonas la miraron extrañadas y sus duras miradas empezaron a suavizarse.

―¿Crees que podría ser una niña abandonada? ―preguntó una de las mujeres a Marpesia, la reina de las amazonas.

La reina asintió y después preguntó señalando con el dedo índice:

―¿Veis aquella osa?

Todas las mujeres dirigieron sus miradas hacia el punto que señalaba Marpesia. Allí estaba la osa observándolas con atención.

―Es su madre. ¡Soltadla!―Ordenó con voz potente.

Una de las amazonas se apresuró a cortar las cuerdas que apretaban las manos y los pies de la joven y esta salió huyendo hacia la osa a la que abrazó con fuerza.

Pero la osa la empujó con el hocico apartándola e instándola a que regresara con las amazonas. Con lágrimas en los ojos, la joven regresó asustada con el grupo de mujeres que la miraban ahora con compasión.

―Bienvenida―le dijo Marpesia―. A partir de ahora eres una de nosotras: una amazona. Te llamarás Atalanta y adorarás a la diosa Artemisa.

Tras estas palabras, la reina Marpesia le entregó un arco a Atalanta quien lo sostuvo con sus temblorosas manos.

Poco a poco las amazonas enseñaron a Atalanta su idioma, sus costumbres y su destreza con el arco. Y así fue como Atalanta se convirtió en una de las más valientes y hábiles cazadoras. Por ello un día Marpesia le dijo:

―Atalanta, debes partir de inmediato a Calidón.

Atalanta se quedó sorprendida ante el repentino mandato de la reina de las amazonas pero, antes de que le preguntase el motivo, Marpesia continuó diciendo:

―Artemisa ha enviado un enorme jabalí a Calidón para devastarlo. La razón es  que está muy furiosa porque Eneo, el rey de Calidón, ha dejado de rendirle culto. Debes cazar a ese jabalí antes de que arrase la región.

De este modo Atalanta viajó hasta Calidón. Allí se reunió con los mejores cazadores de Grecia, entre ellos estaba Meleagro (el hijo de Eneo). La mayoría de los cazadores se opusieron a ir de caza con Atalanta por ser una mujer, pero Meleagro les convenció para que la aceptasen.

Cuando encontraron al jabalí, Atalanta pensó que no era un animal sino un monstruo por su gigantesco tamaño y por su terrible aspecto. Vio como varios cazadores morían aplastados bajo sus enormes pezuñas. Atalanta, pensó que no conseguiría acabar con él, pero, aún así, se mantuvo firme mientras veía cómo avanzaba hacia ella. Le apuntó con su flecha y la disparó hacia su cabeza. Tras el impacto, el jabalí se detuvo súbitamente. En ese momento, con rapidez, Meleagro le asestó un golpe mortal con su espada.

Todos los cazadores supervivientes se reunieron para felicitar a Meleagro y Eneo le ofreció la piel y los colmillos del jabalí como premio. Sin embargo, Meleagro le entregó el trofeo a Atalanta explicando que era ella la primera que había conseguido herir al jabalí con el disparo de su flecha. Entonces dos de los cazadores reaccionaron con hostilidad porque consideraban vergonzoso que una mujer ganase el premio y le arrebataron la piel a Atalanta. Meleagro se enfadó tanto que acabó con la vida de estos dos cazadores y le entregó de nuevo la piel a la cazadora.

A partir de entonces la fama de Atalanta se extendió por toda Grecia convirtiéndose en una de las pocas mujeres que serían convertidas en mito por su valía.
    

Nota: Este relato está basado en el mito de Atalanta. Las fuentes utilizadas han sido las siguientes: