domingo, 24 de febrero de 2019

Te despiertas un día


Te despiertas un día sintiendo que tu existencia va a cambiar. Como habitualmente, vas a trabajar por la mañana y terminas tu jornada por la tarde. Regresas a casa, comes y después te arreglas con esmero porque tienes una cita con un chico. <<Por fin voy a conocerlo>> te dices con una sonrisa en la cara.

Es verano, te pones las gafas de sol y te miras al espejo satisfecha pensando en lo bien que te sientan. Sales de casa ilusionada y nerviosa. De él sabes su nombre, su edad y poco más. Tan sólo le has visto en un par de fotos. Parece guapo, piensas, aunque no estás muy segura porque a sus fotografías les falta nitidez.

Hace algunos días empezasteis a enviaros mensajes a través de una aplicación para encontrar pareja. Desde entonces no habéis interrumpido el contacto y te escribe mensajes muy bonitos.  Él te propuso quedar esta tarde y tú aceptaste encantada.

Acabas de llegar a la Puerta del Sol y te diriges al punto de encuentro: El Oso y el Madroño. Le buscas con la mirada pero no lo encuentras, hay demasiada gente. Tus nervios están a flor de piel. Caminas entre la multitud y al fin le ves: <<Es él, tiene que ser él>> piensas. Por un momento dudas si acercarte o no. Finalmente avanzas unos pasos hasta situarte a su lado.

<<¿David?>> Le preguntas con timidez, él te mira y asiente con la cabeza exclamando: <<¡Alicia!>> Los dos os saludáis sonrientes y vais a una cafetería cercana a tomar algo. Allí conversáis sobre diferentes temas y cuando suena la canción Samba pa ti os quedáis en silencio escuchándola. Siempre te ha gustado esa canción y ahora sientes que está sonando sólo para vosotros dos.

Salís de la cafetería y paseáis por la calle Preciados, por la plaza de Callao, por la calle Jacometrezo y después por la Gran Vía. Todo te parece más bonito que de costumbre. Las luces, las tiendas, la gente... hay algo especial en ellos en lo cual no habías reparado hasta ahora.

Cuando llegáis a la Plaza de España, os aproximáis a la fuente que hay allí. David te mira con dulzura y tú te sientes feliz. Quieres detener el tiempo, pero el tiempo transcurre rápidamente y ya os tenéis que despedir. Antes de separaros acordáis vuestra segunda cita. <<¿Podrás quedar mañana?>> te pregunta él inquieto. << Sí >> le contestas tú con una sonrisa.

Quedáis de nuevo y la segunda cita es mejor que la primera, y la tercera mejor que la segunda y así sucesivamente. La magia del amor envuelve tu vida y sientes que no caminas por el suelo sino que flotas sobre las nubes.

Va pasando el tiempo. Os queréis cada vez más. Sois muy felices juntos. Hasta que te despiertas un día y te das cuenta de que tu vida ha cambiado. Él ya no está contigo. Habéis roto. Estás muy dolida con él, contigo misma, con el mundo entero. Te sientes muy triste y desanimada. <<No quiero volver a enamorarme nunca más>> te dices llorando.

Con el transcurso del tiempo el intenso dolor va diluyéndose. Poco a poco vas recuperando tu sonrisa y tu ilusión. Hasta que te despiertas un día y te sorprendes de sentirte enamorada de nuevo. Solo que ahora de quien estás enamorada es de la vida y sabes que ese amor es para siempre.

domingo, 17 de febrero de 2019

Efecto mariposa

Mauricio miró a su alrededor aturdido, sin dar crédito a lo que veía. Estaba tumbado sobre un suelo frío de mármol blanco, dentro de un cubículo con un techo y cuatro paredes del mismo material y color.

Mauricio se incorporó quedando sentado sobre el suelo. Continuó examinando el lugar en el que se hallaba. Allí no había ni una ventana, ni una puerta, ni siquiera una lámpara. La luz artificial parecía provenir del techo y de las paredes.

Mauricio se levantó y caminó por el habitáculo. Calculó que no tendría más de diez metros cuadrados.

―¿Hola? ―preguntó Mauricio con voz potente, pero nadie le contestó.

Tocó una de las marmóreas paredes. Estaba más fría que el suelo, casi helada. Mauricio vio su reflejo sobre ella, entonces se miró a sí mismo: no llevaba nada más que una bata fina y azulada que le llegaba por las rodillas. <<¿Estaré en un hospital?>> se preguntó, tratando de recordar, en vano, cómo había llegado hasta allí.

Mauricio llegó a la conclusión de que aquello tan sólo era una pesadilla y que pronto se despertaría. Así que se volvió a sentar en el suelo y esperó. Sin embargo, a medida que transcurría el tiempo,  Mauricio se impacientó cada vez más, hasta que su impaciencia se transformó en ira.

―¡Basta! ―gritó con fuerza. Rápidamente se levantó del suelo y comenzó a golpear con sus puños una de las paredes que le rodeaban.

―¿Hay alguien ahí?―preguntó furioso.

De pronto, las cuatro paredes comenzaron a avanzar lentamente y al unísono hacia el interior del habitáculo. Al ver aquello, Mauricio se quedó inmóvil, sin siquiera pestañear, sin apenas respirar. Mauricio pensó aterrado que aquello parecía real y se estremeció ante la idea de morir aplastado.

Afortunadamente, tras unos instantes, las paredes cesaron en su avance y Mauricio suspiró aliviado. Sin embargo, pronto volvió a sentir un temor inmenso al pensar que, seguramente, en ese habitáculo sellado había una cantidad limitada de oxígeno. Pronto no podría respirar.

Mauricio volvió a sentarse en el suelo pensando en que no había nada que pudiese hacer para salir de allí. Esperó y esperó tratando de mantener la calma.

De repente, apareció una mariposa volando por la habitación. Mauricio se quedó fascinado al verla y se sintió lleno de esperanza. <<¿Por dónde habrá entrado? Tiene que haber una conexión con el exterior>> se dijo.

Mauricio volvió a examinar cada resquicio de la habitación pero no vio ningún conducto, hueco  o grieta por la que pudiera pasar ni una hormiga. Mauricio entonces pensó: <<La pregunta no es por dónde ha entrado, sino ¿de dónde ha salido?>><<Las mariposas salen de los capullos>> se dijo e inmediatamente buscó por la habitación algún capullo, pero tal y como ya había visto anteriormente allí no había nada.

Entonces Mauricio pensó: <<¿Y si la mariposa salió de mí? ¿Y si yo soy el capullo? >>. <<¡Eso es! ¡Soy un capullo!>> se dijo convencido. Entonces comenzó a reírse a carcajadas.

Tras unos instantes, Mauricio dejó de reír y la amargura le invadió al recordar lo capullo que había sido a lo largo de su vida. En ese momento Mauricio se olvidó de su crítica situación y comenzó a pensar en el daño que había hecho a las personas que más le querían. Pensó especialmente en su familia, en su novia Carmen y en su mejor amigo Víctor.

En ese momento, apareció una ventana en una de las paredes del cubículo. Asombrado, Mauricio se acercó, abrió la ventana y contempló inmensamente feliz el exterior. La mariposa salió volando hacia el cielo azul y Mauricio sintió agradecido la cálida luz del sol sobre su rostro. De pronto oyó una voz que le gritaba:

―¡Mauricio! ¡Mauricio! ¿Estás bien?

Mauricio  miró hacia abajo y vio a su mejor amigo.

―¡Víctor! ―gritó Mauricio colmado de alegría.

Como no había apenas distancia entre la ventana y el suelo, Mauricio dio un salto hacia el exterior.

―¿Qué te ha pasado? ¿Qué hay ahí dentro? ―le preguntó Víctor muy intrigado.

Mauricio miró hacia arriba y vio que había estado dentro de lo que parecía una nave espacial. Entonces, Mauricio le contó a Víctor lo que le había ocurrido dentro de la nave. Después le preguntó:

―Pero dime, Víctor, ¿cómo entré ahí? No consigo recordarlo.   
Víctor abrió los ojos expresivamente y le contestó con agitación:

―Te pusiste debajo justo del centro de la nave y entonces te esfumaste sin más. Fue alucinante. Yo no tuve el valor de acercarme al centro pero tampoco me atreví a alejarme. Has estado ahí dentro más de cinco horas. ¿Entonces no has visto a ningún extraterrestre?

―No, no vi nada más que aquella mariposa. Ella me hizo pensar ¿sabes?

―¿Ah sí?¿Y en qué pensaste?

―Pensé que quiero cambiar. Que no os merezco ni a ti, ni a Carmen, ni a mi  familia. Por favor, perdóname por haberte fallado tantas veces.

Víctor se asombró tanto de las palabras de Mauricio que no supo que decir. De pronto, la nave despegó y se desvaneció entre las nubes. Los dos amigos estupefactos regresaron al pueblo y contaron lo que les había sucedido.

Nadie les creyó pero cuando todos vieron que Mauricio había cambiado para mejor, comenzaron a dudar. <<¿Y si todo fuese cierto?>> se preguntó más de uno.

sábado, 9 de febrero de 2019

Tres estrellas



Era de noche. La pequeña Sofía estaba en el jardín de su casa contando las estrellas que brillaban en el cielo.
―¿Qué haces Sofía? ―le preguntó su madre.
―Estoy contando las estrellas ―contestó Sofía.
Su madre miró el firmamento estrellado y sonriendo le dijo:
―Sofía hay demasiadas estrellas. No podrás contarlas todas. Venga, ven. Entra en casa que vamos a cenar ya.
La niña obedeció a su madre y se dispuso a cenar junto con ella y su abuelo.

―Abuelo ―dijo Sofía mientras cenaban ―¿Tú crees que podré contar todas las estrellas que hay en el cielo?
―¡Claro que sí! ―contestó el abuelo con ojos chispeantes.
―Papá...―dijo la madre, con seriedad, moviendo la cabeza desaprobatoriamente.
El abuelo hizo como si no escuchase ni viese a su hija y le preguntó a su nieta:
―Y dime, ¿ya has elegido tus tres estrellas favoritas?
Sofía negó con la cabeza. El abuelo continuó diciendo:
―Si las elijes, muy pronto ocurrirá algo mágico.
―¿De verdad? ―preguntó Sofía con la mirada ilusionada.
―Sí, sí, de verdad ―le contestó el abuelo.
La madre alzó las cejas, sin dar crédito a lo que estaba escuchando. Pero permaneció callada. 

Cuando terminaron de cenar, la niña fue al jardín de nuevo para elegir las tres estrellas. Entonces la madre le dijo al abuelo:
―Papá no deberías decirle esas cosas a la niña.
―¿Y por qué no? ¿Acaso no cree en los Reyes Magos o en el Ratoncito Pérez?
―Sí, es verdad ―contestó la madre y suspiró dándose por vencida.
Sofía regresó muy sonriente y les dijo a su madre y a su abuelo:
―¡Ya elegí las tres estrellas!
―Muy bien cariño, ahora ve a lavarte los dientes y después a dormir. ―dijo la madre.

Al día siguiente, mientras Sofía estaba en el colegio, el abuelo fue a la papelería y compró algunos materiales. Cuando regresó a su casa, el abuelo dibujó tres estrellas en el ordenador, las imprimió y las coloreó con pintura fluorescente. Después puso el dibujo encima de la mesita de Sofía.

Cuando Sofía llegó del colegio y vio el dibujo gritó alegre y sorprendida:
―¡Abuelo! ¡Abuelo! ¡Qué bonitas estrellas has pintado!
―Sí, y por la noche sucederá algo mágico. Ya lo verás.
Sofía miró a su abuelo completamente ilusionada.

Al llegar la noche, las tres estrellas brillaron en la oscuridad y Sofía exclamó:
―¡Abuelo, mira las estrellas brillan!
El abuelo se rió complacido. Ambos contemplaron la luz que emanaba de las tres estrellas dibujadas.
―Abuelo
―¿Sí?
―¿Tú también tienes tres estrellas favoritas?
―Claro que sí. Mis estrellas favoritas sois tú, tu madre y tu abuela.
―¡Pero nosotras no somos estrellas! ―exclamó Sofía riendo.
―Sí, sí que lo sois ―replicó el abuelo.
―¡No!¡porque no brillamos! ―protestó Sofía.
―Sofía, hay personas que brilláis por dentro y este brillo no se puede ver con los ojos, sólo se ve con el corazón.
Sofía se quedó en silencio unos instantes, después dijo:
―Entonces tú también eres una estrella.

sábado, 2 de febrero de 2019

Cuando recibes un regalo


Elisa se miró en el espejo. Se veía igual y a la vez cambiada. Su aspecto externo era prácticamente el mismo que hacía un año pero por dentro se había transformado totalmente.

Esta transformación había ido sucediendo de forma gradual. Todo comenzó una tarde mientras paseaba por el parque. Iba como siempre recordando con tristeza su pasado, especialmente sus fracasos amorosos.  

Los pensamientos negativos no abandonaban su mente ni un instante. Es más, permanecían, se agrupaban y se retroalimentaban entre sí encadenándola. Por eso se sentía triste y deprimida continuamente. Los pensamientos dañinos la controlaban, la esclavizaban.

De pronto, Elisa vio como un niño pequeño se cayó de su bicicleta y comenzó a llorar. Inmediatamente su madre le ayudó a levantarse. Entonces Elisa pensó: <<¿No sería maravilloso que cada vez que nos cayésemos tuviéramos siempre a alguien cerca que nos ayudase a levantarnos?>>. 

Elisa continuó caminando y reflexionando sobre lo maravillosa que podría ser la vida si algunas cosas fuesen de otra manera. E iba tan ensimismada en sus pensamientos que no vio una rama que estaba caída sobre el suelo. Elisa se tropezó con ella y se cayó.

Aunque sintió ganas de llorar al igual que el niño de la bicicleta,  se contuvo porque se dio cuenta de que no serviría de nada. En aquel momento por allí no pasaba nadie. Estaba sola. Elisa se puso de nuevo en pie. Por suerte, tan solo se había arañado un poco las manos.

Entonces se dijo: <<si soy capaz de ponerme en pie sola tras una caída ¿por qué vivo tan hundida emocionalmente? ¿Por qué estoy esperando a que alguien me ayude? Solo yo puedo ayudarme. De nada me sirve llorar y estar triste. Quiero vivir la vida con optimismo>>.

A partir de entonces cada vez que venían pensamientos o recuerdos tristes a su mente, Elisa los dejaba ir y trataba de pensar en algo positivo. Aprendió a quererse más, a sonreír más y a tomarse las cosas con más calma.

De esta manera Elisa se transformó a sí misma. O mejor dicho, logró encontrarse consigo misma quitándose todas esas capas negativas que ocultaban su verdadero ser. Ya no era una mujer triste y esclavizada que lloraba continuamente por el pasado sino una mujer optimista y liberada que disfrutaba de su presente único e irrepetible.

Y así frente al espejo, orgullosa de sí misma y de su logro, pensó: <<La vida es un regalo. Y tan solo hay que hacer dos cosas cuando recibes un regalo: dar las gracias y aceptarlo tal y como es>>.