domingo, 26 de mayo de 2019

La paloma blanca

© Cristina Rubio

Ahí estás paloma blanca: orgullosa, inteligente y cándida. 

Entre todas las palomas eres la más bella: con tu níveo plumaje y tu inocente mirada.

Te pregunto: ¿Eres feliz? Tú me miras, pero no dices nada.  

Todos los días os llevo migas de pan a ti y a todas tus hermanas. Las hay grises, las hay marrones, las hay moteadas y las hay blancas. Pero tú, entre todas ellas destacas. ¿Cómo no reconocer tu níveo plumaje y tu inocente mirada?

Anoche soñé que tenía alas y podía volar como tú, paloma blanca. Volaba por el cielo azul, entre las nubes algodonadas.

En mi sueño veía el mundo a través de tu inocente mirada y el mal no me alcanzaba. Me sentía tan en paz, tan liberada…

En mi sueño me sentía agradecida por cada instante de vida, tan agradecida como tú, paloma blanca.

Cuando me desperté, me sentí de nuevo humana y me dije: “quisiera ser como tú, paloma orgullosa, inteligente y cándida”.

domingo, 19 de mayo de 2019

La media naranja

Imagen de Pixabay

Sandra vivía en un tercer piso, junto a su gatita Mila. A Sandra le encantaba asomarse por la ventana y contemplar el inmenso jardín que la rodeaba. Desde allí dejaba a su mente volar. Soñaba con muchas cosas, pero lo que más ansiaba era encontrar a su media naranja.

La gatita Mila, pasaba entre las piernas de Sandra ronroneando, como si ella estuviese complacida con los sueños de su ama.

Sandra era esbelta y de tez morena. Tenía el pelo largo, ondulado y castaño y sus ojos eran negros como el azabache. Además, era muy simpática y divertida. Sin embargo, no había tenido suerte en sus relaciones amorosas y le estaba resultando muy difícil encontrar a una nueva pareja.  

Lo que desconocía Sandra era que tenía un admirador secreto. Se trataba de Iván, uno de sus vecinos, que se quedaba ensimismado cada vez que la veía. A él también le gustaba asomarse a su ventana, pero en vez de para contemplar el jardín, lo hacía para observarla a ella.

Le gustaba cuando la veía apoyada sobre el alféizar de la ventana, o cuando tendía la ropa, o cuando se la encontraba por el pasillo comunitario, o paseando por el jardín.  

Iván estaba seguro de que Sandra era su media naranja, a pesar de que nunca había mantenido una conversación con ella. Iván estaba preocupado porque no sabía cómo podría conquistarla. Él no era un hombre apuesto, pues estaba muy delgaducho y su rostro era muy pálido, casi inexpresivo. Además, su timidez dificultaba mucho sus relaciones, especialmente con las mujeres.

Un día, harto de su pusilanimidad, tomó la decisión de hablar con Sandra cuando la vio sentada, leyendo un libro, bajo la sombra de un árbol del jardín. Se acercó a ella con paso decidido y cuando Sandra levantó la vista, le dijo con un hilito de voz:
―Hola
―Hola ―contestó Sandra sonriéndole.

Tras unos instantes de silencio, él le dijo con voz trémula:
―Me llamo Iván. A mí también me gusta mucho leer.
Sandra solo había visto a Iván unas cuantas veces y no habían intercambiado más que un lacónico saludo. Así que le sorprendió mucho que ahora pareciera querer conversar con ella.

―Yo me llamo Sandra y estoy leyendo poemas de Alfonsina Storni ―dijo ella con cordialidad mostrándole la portada del libro.
―Gran elección… ―dijo Iván con falsedad pues desconocía totalmente a la autora. Sólo había leído libros escritos por hombres. 

Sandra volvió a sonreírle.
―Siéntate aquí a mi lado si quieres y leamos algunos poemas juntos.
Iván no podía creer lo que acababa de oír. Se sintió muy tenso e inseguro, porque le pareció que Sandra había sido demasiado directa para ser una mujer. ‹‹Desde luego no es nada tímida›› pensó.

La sonrisa se borró del rostro de Sandra al verle dudar. Iván, entonces, se sentó precipitadamente sobre la hierba. No le gustaba pensar en los insectos que poblaban el césped. Sandra se extrañó al verle mirar con disgusto a su alrededor.
― ¿Te ocurre algo? ―le preguntó pensando que aquel hombre era muy raro.
―Oh no, es sólo que no me llevo muy bien con los bichos ―dijo Iván tratando de sonreír.
―En ese caso podemos ir a otro sitio ―propuso Sandra.
―No te preocupes, estaré bien ―contestó Iván.

Transcurrieron las horas y Sandra no parecía cansarse de leer e Iván se impacientaba cada vez más, porque no le gustaba tener que leer algo escrito por una mujer y además deseaba conversar con Sandra, deseaba preguntarle: ‹‹¿Sabes cocinar o eres más de platos preparados?››. Él estaba harto de comer comida preparada, quería encontrar una mujer que le cocinase comida suculenta. 
  
Pero Sandra estaba embebida en la lectura. Ella declamaba los versos con pasión y seguridad, en cambio él leía con voz temblorosa y monótona. Sentía que las riendas de la situación las tenía Sandra, y eso le disgustaba mucho a Iván.

De pronto Sandra miró su reloj de pulsera y le dijo:
―Uy, qué tarde es, será mejor que lo dejemos aquí.
contestó Iván cabizbajo.
¿Quieres que cenemos juntos? le propuso Sandra amistosamente.

Iván se sintió violento a pesar de que estar con ella era lo que más deseaba en el mundo. No le pareció bien que una mujer le invitase a cenar con tanta naturalidad, mientras que él hubiese sido totalmente incapaz de haber formulado dicha pregunta.

Sandra se sintió incómoda ante el silencio de Iván. Se preguntó en qué estaría pensando. Le miró atentamente al rostro y percibió un leve gesto de desagrado en sus labios. Sandra entonces, cerró el libro, se puso en pie y le dijo con sequedad:
―No te preocupes si no puedes ―Iván se puso de pie y le contestó:
―Sí, quizás en otra ocasión. Esta noche no puedo.
―De acuerdo, adiós ―le dijo Sandra.

Iván se despidió y, cuando vio a Sandra alejarse, comprendió que ella no era el tipo de mujer que él estaba buscando. Tan resuelta, tan decidida… la veía totalmente incompatible con él, tan tímido e inseguro.

Sandra entró en su piso sintiéndose extraña. Por un instante había pensado que Iván podía ser el hombre que ella esperaba, pero ahora tenía claro que no era así. Eran totalmente diferentes.  ‹‹Definitivamente no tengo suerte con los hombres›› pensó contrariada.

Tras unos minutos, sonó el timbre de su puerta. Sandra miró por la mirilla: era Iván. Abrió la puerta y entonces él le dijo:
―Me gustaría mucho cenar contigo.
―Pero si me acabas de decir que no podías.
―Sí, es que hoy había quedado con un amigo pero le he llamado y hemos acordado quedar otro día  ―dijo Iván atropelladamente y desviando la mirada hacia el suelo.

Sandra deseaba creerle, pero su intuición le decía que Iván le estaba mintiendo y a ella no le gustaban nada las mentiras, así que le replicó:
―Quizás en otra ocasión.
 
Cuando Sandra cerró la puerta, Iván supo que no habría ninguna otra ocasión. 

domingo, 12 de mayo de 2019

Un camino de luz


fotografía - Pexels.com
Me miré en el espejo y di un paso hacia atrás asustada. La imagen que vi en él se parecía a mí pero cuando yo era mucho más joven. Su cabello de color caoba estaba suelto y brillante mientras que el mío, encanecido y apagado, lo llevaba recogido en un moño. Su rostro era terso e impoluto mientras que el mío estaba plagado de arrugas y de manchitas. Y además, el reflejo llevaba puesto un elegante vestido largo y rojo mientras que yo llevaba un pijama gastado y gris. 

Sin embargo, dudé si me estaba viendo a mí misma rejuvenecida. Pues aunque físicamente el reflejo se parecía a mí yo nunca en la vida había vestido de aquel modo tan llamativo, ni había mirado con tanta altivez. ‹‹¿Qué clase de alucinación es esta?›› me pregunté con temor. Sin embargo, aquel reflejo me atraía de un modo irresistible. Me sentí como una polilla que no puede evitar volar hacia la luz artificial.

Me acerqué despacio al espejo y el reflejo también se acercó a mí. Sentía mucho miedo pero a la vez asombro y fascinación por aquel misterioso ser que me sonreía de un modo extraño. Era una sonrisa bella pero detrás de ella parecía haber una sombra de maldad.

―¿De qué tienes miedo?

Me sobresalté al oír su voz. Aquella voz era mi propia voz pero sonaba con mayor dureza que la mía. No me atreví a decirle nada. Cerré los ojos, apreté los párpados con todas mis fuerzas deseando que al abrirlos me viese a mí misma tal y como era, que aquel extraño ser hubiese desaparecido. Pero cuando abrí los ojos, el reflejo continuaba allí, enfrente de mí, expectante.

―¿Qui...qui...quién...eres? ―le pregunté tartamudeando.
―Soy tu yo del futuro.
Me costó asimilar la respuesta. Tras unos instantes de silencio, me armé de valor y le pregunté:
―¿Qué quieres?
―¿Qué crees que quiero?
Mi reflejo había levantado aún más su cabeza y ahora me miraba de un modo desafiante.
―No lo sé ―le respondí con la voz temblorosa. Un sudor frío recorría mi frente y mi espalda.

Mi yo del futuro, por vez primera bajó la cabeza y miró hacia el suelo. Parecía triste  y angustiada. Entonces me atreví a preguntarle:
―¿Cómo es posible que siendo tan joven seas mi yo del futuro?
El reflejo me miró rápidamente volviendo a sonreír de un modo que parecía ocultar malicia. Sin duda mi pregunta le había gustado.

―Esa es la clave de todo. Si tomas el camino correcto rejuvenecerás y tendremos una vida eterna las dos, pero si te desvías de él tu vida será miserable y yo dejaré de existir.
Permanecí callada unos instantes. Después le hice otra pregunta:
―¿Y qué camino es ese?
―Si quieres saberlo deberás atravesar este espejo.

‹‹¿Atravesar el espejo?›› me pregunté incrédula. Sin duda debía pedirle ayuda a un psiquiatra. ‹‹Estoy desvariando››.
―Eso no es posible ―le dije con enfado al reflejo y salí de mi cuarto. Me dirigí a la cocina y comencé a prepararme el desayuno. Sin embargo, no tenía ni pizca de hambre pues un nudo me atenazaba el estómago. ‹‹¿Seguirá ahí mi yo del futuro?›› me pregunté inquieta. Miré mis manos arrugadas y pensé en lo maravilloso que sería ser joven de nuevo. ‹‹¿Y si me está diciendo la verdad?››.

Aunque en mi fuero interno una vocecita me gritaba que aquello no era trigo limpio, la ignoré totalmente y entré de nuevo en mi habitación. Cuando me miré en el espejo, este me devolvió mi  auténtico reflejo. Suspiré aliviada. Sin embargo, no pude resistir la tentación de tocar el espejo. Me asusté al sentir cómo mis dedos se hundían en el cristal como si fuese agua. Una curiosidad irrefrenable se apoderó de mí. Quería saber que había al otro lado y, aguantando la respiración, hundí mi cabeza en aquella sustancia líquida. En aquel momento, una energía muy fuerte, como un imán, atrajo todo mi cuerpo hacia el interior.

Cuando miré a mi alrededor vi que estaba en un lugar totalmente oscuro. Tan solo pude distinguir al espejo. Sólo que en él no veía nada más que mi habitación vacía, yo no me reflejaba en él. Comprendí que estaba viendo el espejo desde dentro. De pronto apareció frente a mí mi yo del futuro y me dijo:
―Qué fácil ha sido engañarte ―y comenzó a reírse de un modo terrible. Después se marchó sin decir nada más.

―¡Socorro! ―grité pero nadie parecía oírme. Sin duda había caído en la trampa de aquel maligno ser. Toqué el espejo, pero el cristal volvía a ser tan sólido e impenetrable como siempre.

Lloré desesperada durante un largo rato. Sin embargo, después pensé que no me daría por vencida porque sentí que había alguien conmigo, alguien a quien no podía ver ni oír pero que estaba ahí y me ayudaría a salir de aquella trampa.
Fueron pasando los días, los meses y los años. Hasta que una noche, el maligno ser regresó a mi habitación riendo con su terrible risa.

―¡Cuánto tiempo! ¿Qué tal estás amiguita?

La miré a los ojos con determinación y le contesté:
―Mejor que tú.
El ente arqueó una ceja con incredulidad. Tras unos instantes me dijo:
―Lo dudo. ―Entonces le dije:
―Este lugar ya no está tan oscuro como antes. Ahora puedo ver en él un camino de luz. Me hablaste de que existía un camino que conduce a la eternidad y quizás sea este que estoy viendo con mis ojos. He estado esperándote, por si regresabas. Tan solo quería preguntarte si quieres venir conmigo.

El perverso ser ya no dudó tan rápidamente de mis palabras. Sus ojos reflejaban sorpresa y miedo.
―¡He estado siglos encerrada ahí por una maldición y sé que no hay nada!¡Nada! ¡No puedes engañarme!
―Te estoy diciendo la verdad. Pero si no me crees me iré sin ti. ―le repliqué.
―Muy bien, adelante, vete ¿a qué esperas?―me dijo en tono de burla. 
En ese momento, me di la vuelta y comencé a recorrer el camino luminoso.

―¡Vuelve aquí ahora mismo! ―oí gritar al ser con rabia cuando vio que me alejaba, pero yo, por supuesto, no le hice caso y continué  caminando con paso ligero.