domingo, 19 de mayo de 2019

La media naranja

Imagen de Pixabay

Sandra vivía en un tercer piso, junto a su gatita Mila. A Sandra le encantaba asomarse por la ventana y contemplar el inmenso jardín que la rodeaba. Desde allí dejaba a su mente volar. Soñaba con muchas cosas, pero lo que más ansiaba era encontrar a su media naranja.

La gatita Mila, pasaba entre las piernas de Sandra ronroneando, como si ella estuviese complacida con los sueños de su ama.

Sandra era esbelta y de tez morena. Tenía el pelo largo, ondulado y castaño y sus ojos eran negros como el azabache. Además, era muy simpática y divertida. Sin embargo, no había tenido suerte en sus relaciones amorosas y le estaba resultando muy difícil encontrar a una nueva pareja.  

Lo que desconocía Sandra era que tenía un admirador secreto. Se trataba de Iván, uno de sus vecinos, que se quedaba ensimismado cada vez que la veía. A él también le gustaba asomarse a su ventana, pero en vez de para contemplar el jardín, lo hacía para observarla a ella.

Le gustaba cuando la veía apoyada sobre el alféizar de la ventana, o cuando tendía la ropa, o cuando se la encontraba por el pasillo comunitario, o paseando por el jardín.  

Iván estaba seguro de que Sandra era su media naranja, a pesar de que nunca había mantenido una conversación con ella. Iván estaba preocupado porque no sabía cómo podría conquistarla. Él no era un hombre apuesto, pues estaba muy delgaducho y su rostro era muy pálido, casi inexpresivo. Además, su timidez dificultaba mucho sus relaciones, especialmente con las mujeres.

Un día, harto de su pusilanimidad, tomó la decisión de hablar con Sandra cuando la vio sentada, leyendo un libro, bajo la sombra de un árbol del jardín. Se acercó a ella con paso decidido y cuando Sandra levantó la vista, le dijo con un hilito de voz:
―Hola
―Hola ―contestó Sandra sonriéndole.

Tras unos instantes de silencio, él le dijo con voz trémula:
―Me llamo Iván. A mí también me gusta mucho leer.
Sandra solo había visto a Iván unas cuantas veces y no habían intercambiado más que un lacónico saludo. Así que le sorprendió mucho que ahora pareciera querer conversar con ella.

―Yo me llamo Sandra y estoy leyendo poemas de Alfonsina Storni ―dijo ella con cordialidad mostrándole la portada del libro.
―Gran elección… ―dijo Iván con falsedad pues desconocía totalmente a la autora. Sólo había leído libros escritos por hombres. 

Sandra volvió a sonreírle.
―Siéntate aquí a mi lado si quieres y leamos algunos poemas juntos.
Iván no podía creer lo que acababa de oír. Se sintió muy tenso e inseguro, porque le pareció que Sandra había sido demasiado directa para ser una mujer. ‹‹Desde luego no es nada tímida›› pensó.

La sonrisa se borró del rostro de Sandra al verle dudar. Iván, entonces, se sentó precipitadamente sobre la hierba. No le gustaba pensar en los insectos que poblaban el césped. Sandra se extrañó al verle mirar con disgusto a su alrededor.
― ¿Te ocurre algo? ―le preguntó pensando que aquel hombre era muy raro.
―Oh no, es sólo que no me llevo muy bien con los bichos ―dijo Iván tratando de sonreír.
―En ese caso podemos ir a otro sitio ―propuso Sandra.
―No te preocupes, estaré bien ―contestó Iván.

Transcurrieron las horas y Sandra no parecía cansarse de leer e Iván se impacientaba cada vez más, porque no le gustaba tener que leer algo escrito por una mujer y además deseaba conversar con Sandra, deseaba preguntarle: ‹‹¿Sabes cocinar o eres más de platos preparados?››. Él estaba harto de comer comida preparada, quería encontrar una mujer que le cocinase comida suculenta. 
  
Pero Sandra estaba embebida en la lectura. Ella declamaba los versos con pasión y seguridad, en cambio él leía con voz temblorosa y monótona. Sentía que las riendas de la situación las tenía Sandra, y eso le disgustaba mucho a Iván.

De pronto Sandra miró su reloj de pulsera y le dijo:
―Uy, qué tarde es, será mejor que lo dejemos aquí.
contestó Iván cabizbajo.
¿Quieres que cenemos juntos? le propuso Sandra amistosamente.

Iván se sintió violento a pesar de que estar con ella era lo que más deseaba en el mundo. No le pareció bien que una mujer le invitase a cenar con tanta naturalidad, mientras que él hubiese sido totalmente incapaz de haber formulado dicha pregunta.

Sandra se sintió incómoda ante el silencio de Iván. Se preguntó en qué estaría pensando. Le miró atentamente al rostro y percibió un leve gesto de desagrado en sus labios. Sandra entonces, cerró el libro, se puso en pie y le dijo con sequedad:
―No te preocupes si no puedes ―Iván se puso de pie y le contestó:
―Sí, quizás en otra ocasión. Esta noche no puedo.
―De acuerdo, adiós ―le dijo Sandra.

Iván se despidió y, cuando vio a Sandra alejarse, comprendió que ella no era el tipo de mujer que él estaba buscando. Tan resuelta, tan decidida… la veía totalmente incompatible con él, tan tímido e inseguro.

Sandra entró en su piso sintiéndose extraña. Por un instante había pensado que Iván podía ser el hombre que ella esperaba, pero ahora tenía claro que no era así. Eran totalmente diferentes.  ‹‹Definitivamente no tengo suerte con los hombres›› pensó contrariada.

Tras unos minutos, sonó el timbre de su puerta. Sandra miró por la mirilla: era Iván. Abrió la puerta y entonces él le dijo:
―Me gustaría mucho cenar contigo.
―Pero si me acabas de decir que no podías.
―Sí, es que hoy había quedado con un amigo pero le he llamado y hemos acordado quedar otro día  ―dijo Iván atropelladamente y desviando la mirada hacia el suelo.

Sandra deseaba creerle, pero su intuición le decía que Iván le estaba mintiendo y a ella no le gustaban nada las mentiras, así que le replicó:
―Quizás en otra ocasión.
 
Cuando Sandra cerró la puerta, Iván supo que no habría ninguna otra ocasión. 

2 comentarios:

  1. Estoy totalmente impresionada, de como en un relato tan breve puede haber tanta profundidad de la realidad, en las relaciones entre mujeres y hombres. ¡BRAVO!

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  2. Alguien que siempre te lee29 de mayo de 2019, 17:39

    Está muy bien tu relato, tiene muchos detalles para poder reflexionar sobre ellos. Me ha encantado leerlo. ¡Sigue escribiendo! Un saludo.

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