jueves, 1 de agosto de 2019

Un valor incalculable


© Cristina Rubio

La pequeña Sofía sonrió emocionada cuando descubrió una bonita flor amarilla escondida en un rincón de su jardín. Era la primera vez que veía una flor real, pues poco antes de que ella naciera, las flores habían dejado de existir.

Ahora solo se podían contemplar a través de los dibujos, las fotografías o los vídeos que se habían hecho de ellas. Sofía pensaba que la especie humana había disgustado tanto a la Naturaleza que ésta ya no quería vestirse con sus hermosas flores.

Se preguntó entonces, qué hacía ahí aquella flor. De pronto, la niña sintió miedo de que alguien pudiera hacerle daño y decidió no compartir con nadie su descubrimiento.

Cada día, Sofía paseaba por su jardín, se sentaba sobre el césped cerca de la flor y se ponía a leer. La contemplaba de soslayo de vez en cuando y la pequeña se sentía inmensamente feliz.

Un día Sofía recibió la visita de su amiga Carlota quien estaba muy triste porque, por la mañana, había encontrado muerto a su precioso canario Pepín. Sofía se sintió muy apenada también pues le tenía mucho cariño al pajarito.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Carlota y entonces, Sofía pensó que, quizás, si le mostraba a su amiga su hallazgo, ésta se sentiría mejor.

―Ven Carlota, mira lo que he encontrado.
Tras dar unos pasos hacia el rincón del jardín a Carlota se le iluminó el rostro.
―¡Es preciosa! ―exclamó entusiasmada.

Ambas niñas se quedaron absortas contemplando la flor. La madre de Sofía, que las observaba desde la ventana de la casa, quiso saber qué es lo que había captado la atención de las niñas y se acercó a ellas sigilosamente. Cuando vio la hermosa flor exclamó:

―¡Es un milagro! ¡Un milagro!
―Mamá, tenemos que cuidarla y protegerla. ―dijo Sofía, volviendo el rostro hacia su madre.
―Claro cariño ―asintió la madre recordando, con lágrimas en los ojos, aquel mismo jardín cuando estaba rebosante de flores. Entonces, sintió la esperanza de que quizás, algún día, el jardín recuperaría todo su esplendor. El esplendor del que ella disfrutó antaño despreocupada, sin imaginarse que en el futuro podría desaparecer. 

Lo que en otro tiempo hubiese sido considerado algo corriente, casi insignificante, adquirió ahora su auténtico valor: un valor incalculable.  

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