jueves, 31 de octubre de 2019

La Casa Maldita

Queridos lectores y queridas lectoras hoy os traigo un relato muy especial para este Halloween. ¡Espero que lo disfrutéis! Si os gusta podéis ayudarme a seguir escribiendo haciendo clic en el botón azul de la derecha. ¡Muchas gracias!



Todos los habitantes de mi pequeño pueblo aseguraban que la casa abandonada estaba maldita. Decían que allí vivía un fantasma y, por este motivo, nadie se atrevía a entrar en ella.

Cuando vine a vivir a este pueblo hace casi un año fue lo primero de lo que me informaron: <<Será mejor que no te acerques a esa casa>>.

Yo quería saber qué es lo que había ocurrido, pero cuando les preguntaba vacilaban y me contaban con voz trémula que en la casa vivía un hombre que no era un hombre sino un fantasma. Algunas personas decían que muy a menudo se asomaba por la ventana mirando con una mirada demoníaca. Además, aseguraban que oían su voz gritándoles dentro de la cabeza, sin mover los labios.

A mí esas ideas me parecieron absurdas desde un principio y me inquieté pensando que todas aquellas personas pudiesen tener problemas mentales. Sin embargo, he de reconocer que cuando me acerqué a aquella casa, un miedo indescriptible se apoderó de mí.

La primera vez que la contemplé sentí como si me hubiese asomado al borde de un precipicio y estuviese a punto de caer en el abismo. Miré hacia la ventana y lo cierto es que no vi a nadie, pero me dio la sensación de que estaba siendo observada.

A partir de entonces, trataba por todos los medios de evitar pasar cerca de la casa abandonada. Hasta que una mañana, no sé por qué motivo, me desperté decidida a acabar con mi temor y el temor de todos mis vecinos y vecinas.

Me dirigí apresuradamente a la casa, me acerqué a la puerta y, sin vacilar, la golpeé con los nudillos varias veces, pues no había timbre. Por supuesto no esperaba que nadie me abriese, así que me puse a pensar en cómo conseguiría entrar cuando, para mi sorpresa, la puerta se abrió despacio. Di un paso hacia atrás atemorizada, pero al no oír ningún ruido pensé que había sido una corriente de aire la que me había dado la bienvenida.

Permanecí un rato en el umbral, observando el interior de la casa sin atreverme aún a entrar. Desde allí pude apreciar el salón en el que había un sofá grande, una televisión antiquísima, algunos libros amontonados y muchas antiguallas esparcidas sobre una estantería, una ventana y una escalera que conducía a la primera planta. En ese momento, oí un ronroneo y vi como un gato negro se acercó a mí y, acto seguido, entró en la casa sigilosamente.

Decidí seguirle, no sin mucha cautela, pero pronto le perdí de vista. Mientras avanzaba despacio observaba a mi alrededor y luchaba una batalla interna entre quedarme o irme. Pero la curiosidad y el deseo de desarmar la teoría del fantasma me hicieron continuar con la inspección.

―¿Hola? ―pregunté con voz potente. Esperé unos instantes y, tal como esperaba, no hubo respuesta.

Sin embargo, el movimiento repentino de una sombra me cortó la respiración. El miedo me dejó totalmente paralizada, tan solo sentía los fuertes latidos de mi corazón.

Cuando vi aparecer ante mí al gato negro de nuevo no supe si reír o llorar. El felino se subió ágilmente al sofá y se tumbó sobre él mirándome majestuosamente con sus grandes ojos verdes, tan verdes como esmeraldas.

Contemplar al animal me relajó y me infundió un renovado valor. Me acerqué a la estantería y cogí uno de los libros. Soplé para quitarle el polvo de la cubierta y cuando lo abrí descubrí que en la primera hoja había un nombre escrito a mano: Trevor Lion. Las letras eran finas y elegantes.

Estaba ensimismada contemplando la bella caligrafía cuando, de súbito, la puerta de la entrada se cerró de un portazo. Me volví sobresaltada, pero me tranquilicé pensando que la responsable había sido de nuevo la corriente de aire. Dejé el libro de nuevo sobre el estante y a continuación me di cuenta de que, mientras estaba en el interior de la casa, no había notado ninguna corriente. Es más, al entrar había percibido una atmósfera enrarecida, cargante, asfixiante, aunque no le había prestado demasiada atención debido al miedo que me invadía.

Estaba sumergida en estos inquietantes pensamientos cuando me pareció oír unos pasos en la planta de arriba. Miré instintivamente hacia el techo y permanecí unos segundos quieta aguzando el oído. Como no volví a oír nada, decidí subir la escalera.

Una vez arriba, entré en una de las habitaciones. En ella solo había cuatro paredes pintadas de azul y un pequeño ventanuco con una cortina por la que se filtraban algunos exangües rayos de sol. Salí de la habitación y contemplé desde arriba el salón apesadumbrada por el abandono y el vacío de aquel lugar. En ese momento me pregunté: <<¿Quién fue Trevor Lion?>>. En el pueblo hablaban mucho del fantasma, pero nadie parecía saber nada acerca de su identidad. Lo justificaban diciendo que hacía muchísimos años que aquella casa estaba deshabitada.

Salí de mis pensamientos al oír de nuevo unos pasos. Esta vez sonaban cercanos, muy cercanos. Me giré y entonces le vi. Sí, vi al fantasma por primera vez en mi vida. Se trataba de un hombre alto, con el rostro demacrado y surcado por unas profundas ojeras. Sentí su mirada clavada en mí como un cuchillo. Empecé a temblar de miedo.

―¿Qué quieres? ―me preguntó con voz atronadora dentro de mi cabeza, sin mover los labios. Entonces recordé el motivo de mi visita: <<Demostrar que en esta casa no hay ningún fantasma>> pensé. El fantasma que podía leer mis pensamientos me respondió iracundo en mi mente, sin articular palabra:

―¡Pues ya ves que el fantasma sí existe! ―Y tras una nueva pausa, al ver que yo no me movía añadió con una furia desorbitante y con el rostro desencajado:

―¡Fuera de aquí!

Inmediatamente me dirigí a las escaleras y las bajé corriendo, casi rodando, desesperadamente. Cuando llegué al salón vi al gato que se había sentado sobre el sofá y me seguía con la mirada. Pensé en llevármelo de aquel horrible lugar, pero tenía tanto miedo que continué corriendo hacia la salida. Sin embargo, cuando abrí la puerta, le oí bufar y a continuación el fantasma gritó:

―¡Aparta rata inmunda!

Me paré abruptamente y giré la cabeza aterrorizada, con el corazón latiendo de tal forma que temí que se saliese de mi pecho. El fantasma había bajado la escalera y el gato ahora estaba en el suelo frente a él, con el lomo arqueado y las orejas hacia atrás en posición de ataque.

Temí que el fantasma le hiciese daño por lo que le silbé para atraer su atención. Entonces el gato dejó de bufar y vino hacia mí apresuradamente. En ese momento lo tomé entre mis brazos y abandoné el lugar, corriendo todo lo deprisa que pude hasta que llegué a mi casa que estaba a más de un kilómetro de allí.

Una vez dentro de mi casa, puse agua en un recipiente y busqué algo de comida para el gato. Me senté en el sofá y le contemplé mientras bebía y comía. Cuando se hubo saciado saltó sobre mis piernas y empezó a ronronear mientras yo acariciaba su suave pelaje. Su ronroneo me calmó los nervios y me quedé dormida.

Ignoraba las consecuencias que tendría todo aquello. Ignoraba que varias personas me habían visto entrar en la casa y que después fueron testigos de mi huida con el gato negro. De modo que, cuando al día siguiente me dirigí a la escuela me quedé estupefacta al ver que ninguno de mis alumnos se presentó a clase.

Nadie se acercaba a mí, todos me temían. Cuando fui a visitar a Jonny, mi único amigo, me recibió sumamente nervioso, esquivo. Un profundo e incómodo silencio se interpuso entre los dos.

―¿Cómo se te ocurrió entrar en la casa?¿Has perdido el juicio? ―me preguntó finalmente con tono muy grave.

―Quería probar que el fantasma no existe.

―¿Ah sí?¿y lo has conseguido? ―me preguntó alzando una ceja.

―No ―contesté muy a mi pesar, mirando hacia el suelo.

―¿Y el gato?¿lo tienes en tu casa?

―Sí, claro. ¿Qué problema hay con el gato?

―¿Que qué problema? ―Jonny se llevó una mano a la frente como si le doliera la cabeza. Continuó preguntando:

―¿Has pensado en que el gato podría estar maldito?

―No lo está. Te lo aseguro.

―¿Ah no?¿Y cómo estás tan segura?

―El gato no estaba en la casa. Entró en ella conmigo. Y además se enfrentó al fantasma.

―¿Qué se enfrentó al fantasma?

―Sí, exacto.

―En cualquier caso, tienes que deshacerte de él.

―¿Qué?¡No!

―¿No te das cuenta? Ahora todos te tienen miedo sobre todo porque creen que tienes algo que estaba en la casa maldita.

―¡No!¡Ni hablar! El gato se queda conmigo.

Tras un suspiro de impotencia de mi amigo, di por finalizada la conversación y me despedí de él. Cada persona que encontraba a mi paso me miraba con mucho temor y se apartaba de mí. <<¿Pero qué le pasa a esta gente?>> me preguntaba angustiada. Yo no había cambiado, era la de siempre y en cuanto al gato, estaban totalmente equivocados.

Fueron pasando los días y nadie me dirigía la palabra ni siquiera Jonny. Mi única compañía era aquel gato negro de ojos verdes al que puse de nombre Blackie. Lo cierto es que me sentía inmensamente feliz de tenerle a mi lado. Aunque cada día me levantaba con la esperanza de que todo volviese a la normalidad.

Sin embargo, mi situación no cambió hasta que, pasados más de tres meses, Jonny vino a visitarme. Estaba sin aliento, había venido corriendo. Por supuesto, no quiso entrar en mi casa. Cuando me contó que una familia había entrado a vivir en la casa maldita, me horroricé ante la idea.

Ambos fuimos todo lo rápidamente que pudimos hasta la casa para advertir a la familia del peligro. Cuando llegamos a escasos metros de ella pudimos escuchar sus animadas voces. Jonny y yo miramos hacia la ventana. Habían puesto tiestos con geranios. Una niña estaba asomada y al vernos nos saludó con la mano. Entonces se asomó su madre y al vernos nos saludó también con la mano.

Jonny y yo nos miramos estupefactos. Entonces nos acercamos a la casa y llamamos a la puerta. El padre nos abrió sonriente y nos invitó a pasar. Había dos niños pequeños jugando en el suelo. La luz del sol entraba a raudales por la ventana abierta.

Ni mi amigo ni yo sabíamos cómo abordar el tema del fantasma. Jonny estaba pálido mirando hacia un lado y hacia otro con temor.

―Me alegro mucho de vuestra visita ―nos dijo con jovialidad el nuevo dueño y añadió: ―Mi nombre es Héctor y estos dos monstruitos de aquí son Max y Leopold. Arriba están mi mujer Elisabeth y, mi otra monstruita, Sheila.

Como nosotros no decíamos nada, el hombre observó:

―Parecéis muy asustados. No debéis preocuparos.

Jonny y yo nos miramos atónitos, el hombre continuó diciendo:

―El fantasma que vivía en esta casa se ha marchado por fin.

No podíamos creer haberle oído decir aquellas palabras.

―¿Perdón? ―acertó a preguntar Jonny con voz temblorosa.

El hombre se rió a carcajadas.

―Cuando llegamos encontramos una nota. Dejad que os la muestre.

“Quien lea esta nota debe saber que yo, Trevor Lion, el fantasma de esta casa, he sido liberado gracias a un acto de valor.”

Inmediatamente reconocí la letra, eran los mismos trazos finos y elegantes que vi en el libro que cogí cuando entré por primera vez en la casa. Miré a Jonny, estaba pálido con la boca abierta. Entonces Héctor añadió:

―Todo el pueblo nos advirtió que aquí vivía un fantasma, así que a mi familia y a mí nos pareció bien venir a hacerle compañía. Luego tras leer la nota, nos desilusionamos mucho ―El hombre rió de nuevo.

Estaba claro que Héctor no creía en los fantasmas. Pero eso ya no importaba. Lo que importaba realmente era que el fantasma tenía un nombre: Trevor Lion. Y lo que más importaba era que se había marchado.

Poco a poco, a medida que fue transcurriendo el tiempo, todos los vecinos terminaron aceptando que la casa ya no estaba maldita y mi vida fue volviendo a la normalidad. Mis alumnos regresaron progresivamente a clase y la gente ya no se apartaba de mí, sino que me mostraban su gratitud. Incluso Jonny y varias personas más se atrevieron a entrar en mi casa y acariciar a Blackie admitiendo que el gato era adorable.

Ahora solo me intriga una pregunta: <<¿Quién fue Trevor Lion?>>. Y me intriga aún más la actitud de las personas a las que les hago esta pregunta: tiemblan como hojas balbuceando que ni le conocen ni han oído hablar de él nunca. <<¿Quién fue Trevor Lion?>> me pregunto constantemente y no dejaré de indagar hasta hallar una respuesta. 




sábado, 26 de octubre de 2019

Fantasía o Realidad

Dibujo realizado por Cristina Rubio

El lobo aullaba desesperado bajo la plateada luz de la luna llena. Poco antes había sido un ser humano. Pero ahora, bajo el influjo de un maleficio, era un animal temible del que había huido su amada.

Yikar, así se llamaba el lobo, había perseguido por el bosque a Aldara, su mujer, que corría aterrada tratando de alejarse de él. Cuando la alcanzó, situándose frente a ella, Aldara se quedó petrificada por el terror que le producía. La mujer no veía al hombre que tanto la amaba sino a un depredador cuya única intención era arrebatarle la vida.

Yikar tan sólo deseaba decirle que era su marido y que no quería hacerle daño, pero Aldara no le reconocía. Cuando Yikar vio temblar de miedo a su esposa se dio cuenta de que lo mejor que podía hacer era dejarla ir. La cabaña donde vivían los dos no estaba lejos. <<Seguro que llegará sana y salva>> se dijo el lobo dándose la media vuelta y desapareciendo en la lobreguez de la noche.

Yikar aulló desesperado durante toda la madrugada hasta que aparecieron en el cielo los primeros rayos del sol. En ese momento, y para su sorpresa, recobró milagrosamente su forma humana. Fue apresurado al río para ver su reflejo. Se tocó la cara, los brazos, el torso, las piernas y los pies. Se sintió inmensamente feliz de volver a ser un hombre y regresó corriendo a la cabaña. Aldara estaba allí y, en cuanto le vio, le abrazó fuertemente llorando de alegría.

―¿Dónde estabas?¿Qué te ha pasado?¿Dónde está tu ropa? ―le preguntó atropelladamente.

Yikar no sabía qué contestar. Desde que la conoció nunca le había mentido. Pero ahora, ¿cómo explicarle que una hechicera se había encaprichado de él y que, al rechazarla, esta se vengó convirtiéndole en un licántropo? No le creería, le tomaría por loco.

Aldara, insistió:
―Yikar, ¿qué te ha pasado?

Tras unos instantes de silencio, Yikar respiró profundamente y armándose de valor le contestó:

―Anoche, mientras dormías y yo vigilaba el fuego, se apareció ante mí una mujer muy hermosa que tendiéndome la mano me dijo que me fuese con ella. Yo me negué y entonces me lanzó un maleficio que me transformó en lobo.

Aldara se apartó de él reculando despacio, mirándolo con incredulidad y temor. Tras unos instantes de tenso silencio Aldara dijo:

―Anoche, me despertó un ruido, entonces salí de la tienda de campaña para ver que ocurría y tú no estabas por ninguna parte, solo había un lobo del que traté de huir. ¿Estás diciéndome que ese lobo eras tú?

―Así es ―contestó Yikar.

Aunque el hombre no se arrepintió de contar lo que recordaba, se preguntó si sus palabras serían ciertas.  ¿Y si se lo había imaginado todo?

―Creo que soy un licántropo y que esta noche me transformaré de nuevo ―añadió sin creerse sus propias palabras.

Ambos ya no se dijeron nada más durante el día. Aldara, de cuando en cuando, le miraba fugazmente, como si se tratara de un extraño.

Yikar deseaba demostrarle a su mujer que decía la verdad, pero cuando la luna apareció en el cielo, él continuó siendo humano. Y como noche tras noche no se convertía en lobo, no podía demostrar la veracidad de sus recuerdos.

Yikar deseaba volver a transformarse en lobo solo para demostrarle a Aldara que lo que le había dicho era la verdad. Y es que Yikar notaba como Aldara se distanciaba cada vez más de él. Era como si se hubiese creado una gran brecha entre los dos y se estuviese abriendo separándolos cada vez más y más.

Yikar se sintió tan angustiado ante la idea de perder a Aldara, que una noche decidió ir al bosque a buscar a la hechicera. Acudió al lugar donde fue transformado en lobo. Esperó y esperó hasta que, de repente, oyó la voz de la hechicera a sus espaldas:

―Que grata sorpresa… ¿Qué te trae por aquí? ¿Has cambiado de opinión? ¿Vendrás conmigo?

―No. He venido para que le demuestres a mi mujer que lo que me ocurrió es verdad.

―¿Y qué te ocurrió?

―Me transformaste en lobo.

―¿Y no estás contento de volver a ser un hombre?

―De nada me sirve ser un hombre, si Aldara ya no confía en mí.

―Entonces ¿qué quieres que haga?

―Quiero que le muestres a Aldara quién eres.

―Como quieras ―dijo la hechicera riendo terriblemente y tras pronunciar unas extrañas palabras una luz cegadora brilló en las manos de la mujer.

Aldara, que había seguido a Yikar sin que él se diese cuenta, lo estaba presenciando todo y al ver que la hechicera le iba a lanzar aquella luz hiriente a su marido se abalanzó sobre él para protegerle.

En ese instante la luz impactó contra Aldara y esta cayó al suelo sin vida. Yikar sintió un dolor insoportable en el pecho.

―Bien, he cumplido tu deseo. ―dijo la hechicera con tono de gran satisfacción y tras estas palabras desapareció.

Yikar gritó desgarradoramente y cinco lobos que le oyeron, se acercaron a él. Al advertir su presencia Yikar pensó que le matarían, pero no tenía la intención de defenderse porque sin Aldara ya no encontraba ninguna razón para vivir. Sin embargo, los lobos no parecían querer atacarle, más bien era como si quisieran acompañarle en su dolor y el hombre se sintió extrañamente arropado, reconfortado.

Yikar albergó la esperanza de que quizás ellos les ayudarían. <<¿Pero cómo?>>, se preguntó.  En ese instante tuvo la sensación de que los lobos conocían sus pensamientos porque se dispusieron alrededor de él y de Aldara formando un círculo y comenzaron a aullar.  

Sus aullidos sonaban a súplica, era como si le implorasen al cielo que le devolviera la vida a Aldara. Yikar no apartó su mirada del rostro de su esposa quien, de pronto, abrió los ojos. El hombre, que no podía creer que su mujer estuviese viva de nuevo, la tomó entre sus brazos gritando su nombre.

―¡Aldara!¡Aldara!

―Yikar ¿estás bien? ―le preguntó ella con voz débil.

―Sí, sí, estoy bien. Tú me salvaste la vida. ¿Lo recuerdas?

―Sí, lo recuerdo todo. Siento mucho no haberte creído. No volveré a desconfiar de tu palabra.

―No pasa nada cariño. Te quiero ―dijo Yikar besándola en la frente. Después les dio las gracias a los lobos y estos se marcharon.

Yikar y Aldara regresaron a la cabaña tomados de la mano. Aldara se estaba esforzando en asimilar todo lo ocurrido, mientras que Yikar se preguntaba inquieto si todo había sucedido realmente o no era más que fantasía. Sin embargo, pronto dejó de hacerse esta pregunta y le propuso a su mujer abrazar el presente y tratar de dejar atrás aquellos hechos que, al fin y al cabo, sobrepasaban el entendimiento humano. A su esposa le pareció una buena idea y poco a poco volvieron a vivir sus vidas con sencillez, en completa y dichosa armonía.   

viernes, 18 de octubre de 2019

La voluntad de la silla


Vincent van GoghSilla con pipa

El escritor se sentaba en la silla, frente a la mesa, con el bolígrafo en la mano y la hoja de papel en blanco. Transcurrían unos instantes y entonces las ideas brotaban en su mente como el agua en un manantial. Esto es lo que sucedía cada día en su pequeño piso.

El escritor pensaba que era algo mágico pues en ningún otro lugar lograba escribir nada. Lo que ignoraba por completo era que la inspiración provenía de la austera silla de madera y mimbre de la que solía quejarse para sus adentros. Algún día tendré una silla más cómoda se decía a menudo, cuando soñaba con ser rico y famoso.

La silla por su parte, era feliz cada vez que el escritor se sentaba en ella dispuesto a escribir. Su única voluntad era inspirarle para que escribiese hermosas historias. Y, a pesar de que sabía que el escritor pasaba penalidades económicas, ignoraba los delirios de grandeza de él y sus ganas de reemplazarla por otra.  

La silla pensaba que como ella le quería, él también la quería a ella y que siempre estarían juntos. De tal forma que su amor iba creciendo y cada vez le inspiraba al escritor mejores historias.

El tiempo fue transcurriendo hasta que llegó un día en el que el escritor empezó a vender sus libros y comenzó a ganar mucho dinero. No tardó en poner a la venta el piso junto con todos los muebles y muy pronto se marchó.

La silla esperaba pacientemente a que el escritor regresara, pero como él no volvía, comenzó a sentirse abandonada, completamente sola. La silla lloraba y lloraba por dentro sintiéndose impotente. ¿Por qué me abandonaste?¿Quién te inspirará ahora? se preguntaba preocupándose por el escritor más que por ella misma.

Sin embargo, el escritor ya no se acordaba de ella. Vivía de forma disipada derrochando el dinero en bebida, juegos y placeres mundanos. El vacío se había apoderado de él, ya no se le ocurrían ideas, era incapaz de escribir. Pronto seré pobre otra vez se decía con amargura. Era incapaz de asociar su éxito literario a la silla que tantas horas había sostenido pacientemente su peso mientras él escribía.  La silla que tanto le quería y a la que él había abandonado.

Aunque tras dos tristes años, la soledad de la silla terminó porque un famoso pintor entró a vivir en el piso del escritor. En cuanto el pintor vio a la silla, le dijo admirado:

―Eres sencilla pero muy hermosa. Eres perfecta para mí.  

Al oír aquellas palabras la silla, a la que nunca nadie le había dicho nada bonito, sintió una felicidad inmensa y resplandeció de tal modo que el pintor fascinado por su belleza decidió inmortalizarla en un cuadro.

El artista disfrutó como nunca en su vida pintando a la silla y, cuando hubo terminado el cuadro, se sintió muy orgulloso. Pensó que se trataba de una de sus mejores obras. El pintor colgó el cuadro en la pared y cuando la silla lo contempló, lloró de felicidad. Aquel hombre la había valorado como nadie en su vida. Gracias, gracias quería decirle la silla y el pintor, aunque no oía sus palabras, sintió en el corazón que la silla estaba agradecida.

A partir de entonces la silla se dedicó a inspirar al pintor para que crease hermosos cuadros. El artista que había sabido apreciar su belleza desde el primer instante en que la miró también supo apreciar y agradecer su labor porque se dio cuenta de que, al igual que la voluntad de él era pintar, la voluntad de la silla era inspirar.

sábado, 12 de octubre de 2019

Para siempre


© Cristina Rubio

Me acuerdo de la primera vez que fui a la playa. Tenía siete años y lo primero que percibí, nada más bajarme del autobús fue la brisa marina y el olor de la arena y la sal. Y aunque a mi alrededor solo veía palmeras y pequeñas casitas, aquel lugar me encantó.

Caminamos durante un buen rato hasta que por fin llegamos al edificio donde estaba nuestra casa de veraneo, tal y como la llamaba mi madre. Tras subir muchas escaleras llegamos a la casa y, una vez dentro, la inspeccioné rápidamente. Era amplia y muy luminosa. Tenía tres habitaciones y lo que más me gustó: una terraza enorme. Acostumbrada a vivir en un piso diminuto aquella casa me pareció un palacio.

Sin embargo, no me dio tiempo a ver mucho más porque enseguida mi madre me dijo que íbamos a pasar la mañana en la playa. Yo no sabía qué significaba aquello, pero sonaba realmente bien.

El camino hasta la playa se me hizo muy corto y, aunque solo tenía siete años, recuerdo nítidamente el impacto que tuvo sobre mí cuando la contemplé por primera vez. El mar azul celeste y la arena fina y dorada componían un espectáculo lleno tanta belleza ante mis ojos que me cautivó completamente.

Cuando pisé la cálida arena sentí que era sumamente agradable. Fui corriendo hacia la orilla, y me divertí mucho cuando las olas se acercaron para besar mis pequeños pies. Me maravillé al descubrir las conchas brillantes y de tantos colores que aquellas juguetonas olas depositaban en la orilla. Recuerdo que pensé que eran tantas que no podría recogerlas todas.

Regresé junto a mis padres a por el cubo para recoger el mayor número de conchas posible pero mi madre me dijo que me quedase con ellos bajo la sombrilla. Desde allí pronto me fijé en una niña que estaba haciendo un castillo con la arena. Me pareció una gran idea así que comencé a imitarla.

Al cabo de un rato, mi padre me cogió de la mano y me condujo hacia el mar. Yo sentí mucho miedo pues, aunque las olas eran divertidas, a su vez me parecían imprevisibles. La mayoría eran pequeñas y suaves, pero de vez en cuando había alguna más grande e impetuosa que me hacía perder el equilibrio. Sin embargo, después de un rato dentro del agua, aunque no sabía nadar, me relajé y me dejé mecer por el oleaje.

Cuando salimos mi padre y yo del agua, las yemas de mis dedos estaban arrugadas como la piel de los garbanzos. Tras secarme con la toalla, mi madre comenzó a recoger las cosas y yo me puse a llorar porque no quería irme.

―Mañana volveremos ―me dijo. Pero recuerdo que me sentía tan feliz disfrutando de la arena y del mar que quería quedarme allí para siempre. Y como yo no dejaba de llorar añadió:
―Ahora regresaremos a la casa grande que te ha gustado tanto. En tu habitación hay dos cajas con juguetes que eran míos cuando tenía tu edad, y ahora tú podrás jugar con ellos.

Sus palabras me calmaron un poco y cuando llegamos a casa lo primero que hice fue ir a mi habitación. En el suelo vi que había dos cajas de cartón muy grandes, las abrí y me maravillé al descubrir lo que había dentro: peluches, muñecas, libros, canicas, cromos y cuadernos con dibujos. Aquellos hallazgos me entusiasmaron mucho y jugué durante horas hasta que mi madre me llamó para comer.

Tras la comida, mis padres se tumbaron en las hamacas de la terraza y yo contemplé a través de sus barrotes las casas que había debajo. Una de ellas acaparó toda mi atención porque en su azotea había un hombre que criaba palomas. Le observé fascinada mientras abría las jaulas y dejaba a las aves volar. Todas eran muy hermosas y deseé tener yo también un palomar como aquel.

Cuando atardeció fuimos a caminar por el puerto. Había barcos enormes, algunos medianos y otros de menor tamaño que me impresionaron mucho, pero lo que más me gustó fue ver el mar de nuevo. Anduvimos durante un buen rato y se nos abrió el hambre con el intenso olor a pescado y marisco.

Entonces fuimos a sentamos a una de las pocas mesas libres que allí había y un camarero rápidamente nos trajo de aperitivo pan con alioli. Nunca lo había probado y cuando lo saboreé me supo tan delicioso que desde entonces se ha convertido en mi salsa preferida. Después tomamos chopitos y sepia a la plancha mientras escuchábamos las voces de la gente mezcladas con el rumor del mar.

Cuando regresamos a casa, me sentía agotada. Sin embargo, al acostarme, lo único que deseé fue que amaneciese pronto para volver a ir a la playa. Lo que no sabía es que por la mañana no me despertaría el despertador sino el canto de un gallo. Y lo que tampoco sabía es que me levantaría, iría a la terraza y contemplaría un precioso amanecer.

Ahora que recuerdo todo esto, me doy cuenta de que, si me hubiese quedado jugando con la arena y el mar para siempre, tal y como había deseado, me habría perdido otras experiencias igualmente maravillosas.