jueves, 31 de octubre de 2019

La Casa Maldita

Queridos lectores y queridas lectoras hoy os traigo un relato muy especial para este Halloween. ¡Espero que lo disfrutéis! Si os gusta podéis ayudarme a seguir escribiendo haciendo clic en el botón azul de la derecha. ¡Muchas gracias!



Todos los habitantes de mi pequeño pueblo aseguraban que la casa abandonada estaba maldita. Decían que allí vivía un fantasma y, por este motivo, nadie se atrevía a entrar en ella.

Cuando vine a vivir a este pueblo hace casi un año fue lo primero de lo que me informaron: <<Será mejor que no te acerques a esa casa>>.

Yo quería saber qué es lo que había ocurrido, pero cuando les preguntaba vacilaban y me contaban con voz trémula que en la casa vivía un hombre que no era un hombre sino un fantasma. Algunas personas decían que muy a menudo se asomaba por la ventana mirando con una mirada demoníaca. Además, aseguraban que oían su voz gritándoles dentro de la cabeza, sin mover los labios.

A mí esas ideas me parecieron absurdas desde un principio y me inquieté pensando que todas aquellas personas pudiesen tener problemas mentales. Sin embargo, he de reconocer que cuando me acerqué a aquella casa, un miedo indescriptible se apoderó de mí.

La primera vez que la contemplé sentí como si me hubiese asomado al borde de un precipicio y estuviese a punto de caer en el abismo. Miré hacia la ventana y lo cierto es que no vi a nadie, pero me dio la sensación de que estaba siendo observada.

A partir de entonces, trataba por todos los medios de evitar pasar cerca de la casa abandonada. Hasta que una mañana, no sé por qué motivo, me desperté decidida a acabar con mi temor y el temor de todos mis vecinos y vecinas.

Me dirigí apresuradamente a la casa, me acerqué a la puerta y, sin vacilar, la golpeé con los nudillos varias veces, pues no había timbre. Por supuesto no esperaba que nadie me abriese, así que me puse a pensar en cómo conseguiría entrar cuando, para mi sorpresa, la puerta se abrió despacio. Di un paso hacia atrás atemorizada, pero al no oír ningún ruido pensé que había sido una corriente de aire la que me había dado la bienvenida.

Permanecí un rato en el umbral, observando el interior de la casa sin atreverme aún a entrar. Desde allí pude apreciar el salón en el que había un sofá grande, una televisión antiquísima, algunos libros amontonados y muchas antiguallas esparcidas sobre una estantería, una ventana y una escalera que conducía a la primera planta. En ese momento, oí un ronroneo y vi como un gato negro se acercó a mí y, acto seguido, entró en la casa sigilosamente.

Decidí seguirle, no sin mucha cautela, pero pronto le perdí de vista. Mientras avanzaba despacio observaba a mi alrededor y luchaba una batalla interna entre quedarme o irme. Pero la curiosidad y el deseo de desarmar la teoría del fantasma me hicieron continuar con la inspección.

―¿Hola? ―pregunté con voz potente. Esperé unos instantes y, tal como esperaba, no hubo respuesta.

Sin embargo, el movimiento repentino de una sombra me cortó la respiración. El miedo me dejó totalmente paralizada, tan solo sentía los fuertes latidos de mi corazón.

Cuando vi aparecer ante mí al gato negro de nuevo no supe si reír o llorar. El felino se subió ágilmente al sofá y se tumbó sobre él mirándome majestuosamente con sus grandes ojos verdes, tan verdes como esmeraldas.

Contemplar al animal me relajó y me infundió un renovado valor. Me acerqué a la estantería y cogí uno de los libros. Soplé para quitarle el polvo de la cubierta y cuando lo abrí descubrí que en la primera hoja había un nombre escrito a mano: Trevor Lion. Las letras eran finas y elegantes.

Estaba ensimismada contemplando la bella caligrafía cuando, de súbito, la puerta de la entrada se cerró de un portazo. Me volví sobresaltada, pero me tranquilicé pensando que la responsable había sido de nuevo la corriente de aire. Dejé el libro de nuevo sobre el estante y a continuación me di cuenta de que, mientras estaba en el interior de la casa, no había notado ninguna corriente. Es más, al entrar había percibido una atmósfera enrarecida, cargante, asfixiante, aunque no le había prestado demasiada atención debido al miedo que me invadía.

Estaba sumergida en estos inquietantes pensamientos cuando me pareció oír unos pasos en la planta de arriba. Miré instintivamente hacia el techo y permanecí unos segundos quieta aguzando el oído. Como no volví a oír nada, decidí subir la escalera.

Una vez arriba, entré en una de las habitaciones. En ella solo había cuatro paredes pintadas de azul y un pequeño ventanuco con una cortina por la que se filtraban algunos exangües rayos de sol. Salí de la habitación y contemplé desde arriba el salón apesadumbrada por el abandono y el vacío de aquel lugar. En ese momento me pregunté: <<¿Quién fue Trevor Lion?>>. En el pueblo hablaban mucho del fantasma, pero nadie parecía saber nada acerca de su identidad. Lo justificaban diciendo que hacía muchísimos años que aquella casa estaba deshabitada.

Salí de mis pensamientos al oír de nuevo unos pasos. Esta vez sonaban cercanos, muy cercanos. Me giré y entonces le vi. Sí, vi al fantasma por primera vez en mi vida. Se trataba de un hombre alto, con el rostro demacrado y surcado por unas profundas ojeras. Sentí su mirada clavada en mí como un cuchillo. Empecé a temblar de miedo.

―¿Qué quieres? ―me preguntó con voz atronadora dentro de mi cabeza, sin mover los labios. Entonces recordé el motivo de mi visita: <<Demostrar que en esta casa no hay ningún fantasma>> pensé. El fantasma que podía leer mis pensamientos me respondió iracundo en mi mente, sin articular palabra:

―¡Pues ya ves que el fantasma sí existe! ―Y tras una nueva pausa, al ver que yo no me movía añadió con una furia desorbitante y con el rostro desencajado:

―¡Fuera de aquí!

Inmediatamente me dirigí a las escaleras y las bajé corriendo, casi rodando, desesperadamente. Cuando llegué al salón vi al gato que se había sentado sobre el sofá y me seguía con la mirada. Pensé en llevármelo de aquel horrible lugar, pero tenía tanto miedo que continué corriendo hacia la salida. Sin embargo, cuando abrí la puerta, le oí bufar y a continuación el fantasma gritó:

―¡Aparta rata inmunda!

Me paré abruptamente y giré la cabeza aterrorizada, con el corazón latiendo de tal forma que temí que se saliese de mi pecho. El fantasma había bajado la escalera y el gato ahora estaba en el suelo frente a él, con el lomo arqueado y las orejas hacia atrás en posición de ataque.

Temí que el fantasma le hiciese daño por lo que le silbé para atraer su atención. Entonces el gato dejó de bufar y vino hacia mí apresuradamente. En ese momento lo tomé entre mis brazos y abandoné el lugar, corriendo todo lo deprisa que pude hasta que llegué a mi casa que estaba a más de un kilómetro de allí.

Una vez dentro de mi casa, puse agua en un recipiente y busqué algo de comida para el gato. Me senté en el sofá y le contemplé mientras bebía y comía. Cuando se hubo saciado saltó sobre mis piernas y empezó a ronronear mientras yo acariciaba su suave pelaje. Su ronroneo me calmó los nervios y me quedé dormida.

Ignoraba las consecuencias que tendría todo aquello. Ignoraba que varias personas me habían visto entrar en la casa y que después fueron testigos de mi huida con el gato negro. De modo que, cuando al día siguiente me dirigí a la escuela me quedé estupefacta al ver que ninguno de mis alumnos se presentó a clase.

Nadie se acercaba a mí, todos me temían. Cuando fui a visitar a Jonny, mi único amigo, me recibió sumamente nervioso, esquivo. Un profundo e incómodo silencio se interpuso entre los dos.

―¿Cómo se te ocurrió entrar en la casa?¿Has perdido el juicio? ―me preguntó finalmente con tono muy grave.

―Quería probar que el fantasma no existe.

―¿Ah sí?¿y lo has conseguido? ―me preguntó alzando una ceja.

―No ―contesté muy a mi pesar, mirando hacia el suelo.

―¿Y el gato?¿lo tienes en tu casa?

―Sí, claro. ¿Qué problema hay con el gato?

―¿Que qué problema? ―Jonny se llevó una mano a la frente como si le doliera la cabeza. Continuó preguntando:

―¿Has pensado en que el gato podría estar maldito?

―No lo está. Te lo aseguro.

―¿Ah no?¿Y cómo estás tan segura?

―El gato no estaba en la casa. Entró en ella conmigo. Y además se enfrentó al fantasma.

―¿Qué se enfrentó al fantasma?

―Sí, exacto.

―En cualquier caso, tienes que deshacerte de él.

―¿Qué?¡No!

―¿No te das cuenta? Ahora todos te tienen miedo sobre todo porque creen que tienes algo que estaba en la casa maldita.

―¡No!¡Ni hablar! El gato se queda conmigo.

Tras un suspiro de impotencia de mi amigo, di por finalizada la conversación y me despedí de él. Cada persona que encontraba a mi paso me miraba con mucho temor y se apartaba de mí. <<¿Pero qué le pasa a esta gente?>> me preguntaba angustiada. Yo no había cambiado, era la de siempre y en cuanto al gato, estaban totalmente equivocados.

Fueron pasando los días y nadie me dirigía la palabra ni siquiera Jonny. Mi única compañía era aquel gato negro de ojos verdes al que puse de nombre Blackie. Lo cierto es que me sentía inmensamente feliz de tenerle a mi lado. Aunque cada día me levantaba con la esperanza de que todo volviese a la normalidad.

Sin embargo, mi situación no cambió hasta que, pasados más de tres meses, Jonny vino a visitarme. Estaba sin aliento, había venido corriendo. Por supuesto, no quiso entrar en mi casa. Cuando me contó que una familia había entrado a vivir en la casa maldita, me horroricé ante la idea.

Ambos fuimos todo lo rápidamente que pudimos hasta la casa para advertir a la familia del peligro. Cuando llegamos a escasos metros de ella pudimos escuchar sus animadas voces. Jonny y yo miramos hacia la ventana. Habían puesto tiestos con geranios. Una niña estaba asomada y al vernos nos saludó con la mano. Entonces se asomó su madre y al vernos nos saludó también con la mano.

Jonny y yo nos miramos estupefactos. Entonces nos acercamos a la casa y llamamos a la puerta. El padre nos abrió sonriente y nos invitó a pasar. Había dos niños pequeños jugando en el suelo. La luz del sol entraba a raudales por la ventana abierta.

Ni mi amigo ni yo sabíamos cómo abordar el tema del fantasma. Jonny estaba pálido mirando hacia un lado y hacia otro con temor.

―Me alegro mucho de vuestra visita ―nos dijo con jovialidad el nuevo dueño y añadió: ―Mi nombre es Héctor y estos dos monstruitos de aquí son Max y Leopold. Arriba están mi mujer Elisabeth y, mi otra monstruita, Sheila.

Como nosotros no decíamos nada, el hombre observó:

―Parecéis muy asustados. No debéis preocuparos.

Jonny y yo nos miramos atónitos, el hombre continuó diciendo:

―El fantasma que vivía en esta casa se ha marchado por fin.

No podíamos creer haberle oído decir aquellas palabras.

―¿Perdón? ―acertó a preguntar Jonny con voz temblorosa.

El hombre se rió a carcajadas.

―Cuando llegamos encontramos una nota. Dejad que os la muestre.

“Quien lea esta nota debe saber que yo, Trevor Lion, el fantasma de esta casa, he sido liberado gracias a un acto de valor.”

Inmediatamente reconocí la letra, eran los mismos trazos finos y elegantes que vi en el libro que cogí cuando entré por primera vez en la casa. Miré a Jonny, estaba pálido con la boca abierta. Entonces Héctor añadió:

―Todo el pueblo nos advirtió que aquí vivía un fantasma, así que a mi familia y a mí nos pareció bien venir a hacerle compañía. Luego tras leer la nota, nos desilusionamos mucho ―El hombre rió de nuevo.

Estaba claro que Héctor no creía en los fantasmas. Pero eso ya no importaba. Lo que importaba realmente era que el fantasma tenía un nombre: Trevor Lion. Y lo que más importaba era que se había marchado.

Poco a poco, a medida que fue transcurriendo el tiempo, todos los vecinos terminaron aceptando que la casa ya no estaba maldita y mi vida fue volviendo a la normalidad. Mis alumnos regresaron progresivamente a clase y la gente ya no se apartaba de mí, sino que me mostraban su gratitud. Incluso Jonny y varias personas más se atrevieron a entrar en mi casa y acariciar a Blackie admitiendo que el gato era adorable.

Ahora solo me intriga una pregunta: <<¿Quién fue Trevor Lion?>>. Y me intriga aún más la actitud de las personas a las que les hago esta pregunta: tiemblan como hojas balbuceando que ni le conocen ni han oído hablar de él nunca. <<¿Quién fue Trevor Lion?>> me pregunto constantemente y no dejaré de indagar hasta hallar una respuesta. 




6 comentarios:

  1. Yo también me pregunto quien fue Trevor Lion.

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    1. Quizás escriba una segunda parte del relato que trate sobre él. Muchas gracias Ánxela por comentar!!

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  2. Trepidante historia, los fantasmas se alimentan del miedo de quien los observa. Y desde luego, esa profesora mostró valor, aunque con gatos negros de por medio ¿quién sabe qué pasará en el futuro? Muy entretenida la historia. ¡Saludos!

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    1. Me alegra que te haya gustado. Muchas gracias por tu comentario David!!

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  3. ¡Muy interesante! Sería genial que hicieras una segunda parte, donde se descubriera todo lo que indagara la valiente profesora. Un saludo.

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    1. Sí, quizás escriba una segunda parte. En cuanto la tenga la publicaré encantada. Muchas gracias por tu comentario!!

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