sábado, 12 de octubre de 2019

Para siempre


© Cristina Rubio

Me acuerdo de la primera vez que fui a la playa. Tenía siete años y lo primero que percibí, nada más bajarme del autobús fue la brisa marina y el olor de la arena y la sal. Y aunque a mi alrededor solo veía palmeras y pequeñas casitas, aquel lugar me encantó.

Caminamos durante un buen rato hasta que por fin llegamos al edificio donde estaba nuestra casa de veraneo, tal y como la llamaba mi madre. Tras subir muchas escaleras llegamos a la casa y, una vez dentro, la inspeccioné rápidamente. Era amplia y muy luminosa. Tenía tres habitaciones y lo que más me gustó: una terraza enorme. Acostumbrada a vivir en un piso diminuto aquella casa me pareció un palacio.

Sin embargo, no me dio tiempo a ver mucho más porque enseguida mi madre me dijo que íbamos a pasar la mañana en la playa. Yo no sabía qué significaba aquello, pero sonaba realmente bien.

El camino hasta la playa se me hizo muy corto y, aunque solo tenía siete años, recuerdo nítidamente el impacto que tuvo sobre mí cuando la contemplé por primera vez. El mar azul celeste y la arena fina y dorada componían un espectáculo lleno tanta belleza ante mis ojos que me cautivó completamente.

Cuando pisé la cálida arena sentí que era sumamente agradable. Fui corriendo hacia la orilla, y me divertí mucho cuando las olas se acercaron para besar mis pequeños pies. Me maravillé al descubrir las conchas brillantes y de tantos colores que aquellas juguetonas olas depositaban en la orilla. Recuerdo que pensé que eran tantas que no podría recogerlas todas.

Regresé junto a mis padres a por el cubo para recoger el mayor número de conchas posible pero mi madre me dijo que me quedase con ellos bajo la sombrilla. Desde allí pronto me fijé en una niña que estaba haciendo un castillo con la arena. Me pareció una gran idea así que comencé a imitarla.

Al cabo de un rato, mi padre me cogió de la mano y me condujo hacia el mar. Yo sentí mucho miedo pues, aunque las olas eran divertidas, a su vez me parecían imprevisibles. La mayoría eran pequeñas y suaves, pero de vez en cuando había alguna más grande e impetuosa que me hacía perder el equilibrio. Sin embargo, después de un rato dentro del agua, aunque no sabía nadar, me relajé y me dejé mecer por el oleaje.

Cuando salimos mi padre y yo del agua, las yemas de mis dedos estaban arrugadas como la piel de los garbanzos. Tras secarme con la toalla, mi madre comenzó a recoger las cosas y yo me puse a llorar porque no quería irme.

―Mañana volveremos ―me dijo. Pero recuerdo que me sentía tan feliz disfrutando de la arena y del mar que quería quedarme allí para siempre. Y como yo no dejaba de llorar añadió:
―Ahora regresaremos a la casa grande que te ha gustado tanto. En tu habitación hay dos cajas con juguetes que eran míos cuando tenía tu edad, y ahora tú podrás jugar con ellos.

Sus palabras me calmaron un poco y cuando llegamos a casa lo primero que hice fue ir a mi habitación. En el suelo vi que había dos cajas de cartón muy grandes, las abrí y me maravillé al descubrir lo que había dentro: peluches, muñecas, libros, canicas, cromos y cuadernos con dibujos. Aquellos hallazgos me entusiasmaron mucho y jugué durante horas hasta que mi madre me llamó para comer.

Tras la comida, mis padres se tumbaron en las hamacas de la terraza y yo contemplé a través de sus barrotes las casas que había debajo. Una de ellas acaparó toda mi atención porque en su azotea había un hombre que criaba palomas. Le observé fascinada mientras abría las jaulas y dejaba a las aves volar. Todas eran muy hermosas y deseé tener yo también un palomar como aquel.

Cuando atardeció fuimos a caminar por el puerto. Había barcos enormes, algunos medianos y otros de menor tamaño que me impresionaron mucho, pero lo que más me gustó fue ver el mar de nuevo. Anduvimos durante un buen rato y se nos abrió el hambre con el intenso olor a pescado y marisco.

Entonces fuimos a sentamos a una de las pocas mesas libres que allí había y un camarero rápidamente nos trajo de aperitivo pan con alioli. Nunca lo había probado y cuando lo saboreé me supo tan delicioso que desde entonces se ha convertido en mi salsa preferida. Después tomamos chopitos y sepia a la plancha mientras escuchábamos las voces de la gente mezcladas con el rumor del mar.

Cuando regresamos a casa, me sentía agotada. Sin embargo, al acostarme, lo único que deseé fue que amaneciese pronto para volver a ir a la playa. Lo que no sabía es que por la mañana no me despertaría el despertador sino el canto de un gallo. Y lo que tampoco sabía es que me levantaría, iría a la terraza y contemplaría un precioso amanecer.

Ahora que recuerdo todo esto, me doy cuenta de que, si me hubiese quedado jugando con la arena y el mar para siempre, tal y como había deseado, me habría perdido otras experiencias igualmente maravillosas.   

1 comentario:

  1. ¡Enhorabuena Cristina! Acabo de descubrir tu blog, y estoy leyendo con mucho entusiasmo cada uno de tus relatos, este que has titulado "para siempre" me ha resultado enternecedor y me ha hecho recordar cosas maravillosas. Gracias y un saludo.

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