jueves, 7 de noviembre de 2019

Puedo Ayudarte

Cristina Rubio
Sheila siempre estaba ocupada. El trabajo era lo más importante para ella, le ayudaba a no pensar en sus problemas ni en los problemas del mundo. Cada vez que salía de la oficina en la que trabajaba, cogía el autobús para regresar a su casa y, durante el trayecto, no dejaba de darle vueltas a todas las tareas de las que tenía que ocuparse. 

Sin embargo, un día un hombre le sacó de sus pensamientos. El hombre iba sentado a su lado y Sheila no le prestó ninguna atención hasta que, de súbito, él le dijo:

―Puedo ayudarte.

Sheila se quedó desconcertada. Le miró y vio que el hombre tenía los ojos chispeantes, llenos de vida y una hermosa sonrisa. Sheila estaba tan sorprendida que, por unos instantes, se quedó inmóvil a pesar de que estaba llegando a su parada. Tan sólo reaccionó cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, entonces se bajó precipitadamente del autobús. Después se giró y vio que el desconocido continuaba mirándola sonriente desde la ventanilla.

<<¿Quién es ese hombre y en qué cree que puede ayudarme?>> Se preguntaba sin cesar mientras caminaba por la calle. Cuando llegó a su casa no podía pensar en nada más que en él, en sus ojos, en su sonrisa. Se miró a sí misma en el espejo y vio su semblante serio. Trató de sonreír, pero solo consiguió hacer una forzada mueca. <<Seguramente tiene algún trastorno mental>> se dijo finalmente y sacó al hombre de sus pensamientos para llenarlos, como siempre, de trabajo. Inmediatamente cogió su portátil para acabar un informe que tenía pendiente para dentro de dos semanas.

Aquella noche, Sheila, no durmió bien. Tuvo muchas pesadillas. Cuando se despertó por la mañana, solo recordaba que había soñado con el desconocido: este le tendía su mano mientras ella se hundía en arenas movedizas. Él trataba de cogerle de la mano, pero no lo conseguía. El recuerdo de esta pesadilla le causó mucha inquietud y se preguntó si realmente se estaría hundiendo. <<Decididamente no>> se dijo con determinación, satisfecha de ser una mujer exitosa, que hacía poco había ascendido en su empleo gracias a su esfuerzo y dedicación. Así que, decidió que a partir de ese día cogería siempre el metro para regresar a su casa. No quería volver a encontrarse con el desconocido nunca más.

Fueron transcurriendo los días y poco a poco Sheila fue olvidándose de él. Sin embargo, una noche, mientras estaba cenando, encendió la televisión y se quedó sin aliento cuando vio que en la pantalla apareció el desconocido. Era el canal de las noticias y estaba siendo entrevistado. Bajo su rostro aparecía su nombre: Pablo Pérez. Subió el volumen para escuchar lo que decía: por lo visto era médico y trabajaba para una ONG en Nepal. No estuvo en la pantalla más de un minuto.

Aquel hombre había irrumpido de nuevo en su vida. <<No puede ser…>> se dijo perpleja. Tras unos instantes, tomó su portátil y buscó a Pablo en Internet. No había mucha información sobre él. Sheila encontró su perfil en una red social y algunas fotografías suyas publicadas en la web de la ONG. En la mayoría de ellas mostraba su chispeante mirada y su hermosa sonrisa. Sheila las contempló embelesada.

Después comenzó a leer los proyectos a los que se dedicaba la organización y pensó que era curioso que un hombre que se dedicaba a ayudar a personas necesitadas le ofreciese su ayuda a ella, a alguien a quien no le faltaba de nada. Tras meditar unos instantes, se le ocurrió la idea de donar dinero a la ONG. <<Quizás sea yo quien te ayude a ti…>> susurró complacida. Instantes después rellenó un formulario online y de este modo se convirtió en socia de la organización en la que trabajaba Pablo.

Al cabo de un mes, Sheila recibió una invitación en su correo para acudir a una conferencia en la que algunos de los integrantes de la organización, incluido Pablo, hablarían de su trabajo en Nepal. A Sheila le pareció un momento único para aclararle, en persona, quién necesitaba la ayuda de quién. <<Menuda sorpresa se va a llevar>> se jactó.

Lo que no esperaba Sheila era que se sentiría tan nerviosa cuando volvió a ver a Pablo. Escuchó atenta su exposición y le gustó mucho todo cuanto él dijo. Se sentía como hechizada por su rostro y por su voz. No obstante, cuando terminó la conferencia, decidió salir lo antes posible de la sala y sin decir nada. Sin embargo, de súbito, oyó una voz a sus espaldas.

―¡Hola!¡Por favor espera!

Reconoció aquella voz, se trataba de él, de Pablo. Se giró despacio y cuando le vio se quedó enmudecida. Él la miraba con su mirada chispeante y su cautivadora sonrisa. Se acercó a ella y tendiéndole la mano, le dijo:

―Soy Pablo ―Sheila le respondió con voz trémula:

―Lo sé. Yo me llamo Sheila. ―Pablo sonrió aún más.

―Me alegra que te hayas hecho socia. Muchas gracias Sheila.

―De nada, me ha interesado mucho todo lo que habéis expuesto aquí y os doy mi enhorabuena por vuestro encomiable trabajo.

Sheila deseaba marcharse de allí, pero sus pies no le respondían. Y de pronto las palabras brotaron de su boca rápidamente y sin su permiso.

―Por cierto, no sé si lo recordarás, pero un día, en un autobús, me dijiste que podías ayudarme.

―¡Oh, sí! ¡Claro que lo recuerdo! Llevaba varios días cogiendo el mismo autobús que tú y siempre te veía tan triste, tan atrapada en tus pensamientos que quise sacarte de ahí.

Sheila no pudo resistirse y le replicó con altanería:

―Pues no estaba triste ni mucho menos. Pero fíjate que al final ha sido justo al revés. Soy yo quien te está ayudando a ti, ¿no te parece?

Al escuchar estas palabras la sonrisa de Pablo se desvaneció por completo, y tras guardar silencio unos instantes le contestó:

―Más ayuda recibe el que la da que el que la recibe.

Sheila, no pudo evitar poner un gesto de extrañeza en el rostro. <<Tan solo quiere quedar por encima de mí>> pensó. Entonces, llena de soberbia le espetó:

―Te aseguro que yo no espero recibir tu ayuda, ni la de nadie. Tengo todo cuanto necesito y me siento muy satisfecha con mi vida. Debes saber que tienes una impresión totalmente equivocada de mí.

El médico la escuchó con atención. Continuaba serio y dijo con voz suave:

―Lamento que mis palabras te hayan molestado.

Sheila se sintió muy incómoda y decidió finalizar la conversación.

―Disculpa, pero tengo que marcharme. Adiós.

―Ha sido un placer volver a verte. ―dijo Pablo con amabilidad, pero Sheila ya se había dado la vuelta e iba rápidamente hacia la salida.

Cuando Sheila llegó a su casa se arrellanó en el sofá recordando su conversación con Pablo, y una congoja inmensa invadió su pecho. <<¿Pero a quién quiero engañar?>> se preguntó entre sollozos. <<Mi vida no está bien, no está bien>> se repitió una y otra vez negando con la cabeza.

Al día siguiente Sheila buscó el perfil de Pablo en Internet y le escribió un mensaje pidiéndole disculpas. Él no tardó en responder y le propuso quedar al día siguiente explicándole que dentro de dos días regresaría a Nepal. Sheila aceptó la invitación y se sintió entusiasmada ante la idea de volver a verle.

Cuando Sheila se levantó al día siguiente no podía dejar de desear que llegase pronto la hora de la cita: las siete de la tarde. Fue a trabajar y cuando salió fue rápidamente a su casa para arreglarse. Se probó varios vestidos, se maquilló, y se hizo un hermoso recogido de pelo, pero al contemplarse en el espejo pensó que Pablo no se fijaría ni en el vestido, ni el maquillaje ni el peinado. Él se fijaría en su interior y nada podría ocultar a sus ojos la verdad. Él solo vería en ella la persona triste que realmente era. La persona a la que no le faltaba de nada pero que tenía un gran vacío en su corazón. La persona que necesitaba ayuda.

Finalmente se puso su ropa de siempre, se quitó el maquillaje y se soltó el pelo. Cuando se acercó la hora de la cita Sheila sintió miedo. Miedo a que Pablo viera su interior tan claramente. Pero recordó la sensación de bienestar que había sentido al verle, al escuchar su voz. Esto derribó su temor y salió decidida de su casa.

El lugar de encuentro que habían elegido (una pequeña y tranquila plaza con árboles, bancos y dos hermosas fuentes) estaba cerca de la casa de Sheila. Ella fue caminando con paso ligero y, cuando estuvo a pocos pasos, vio que Pablo estaba de pie esperándola. Cuando se acercó a él Sheila le saludó con timidez. Quería sonreírle, pero no podía. Quería decirle algo, pero su mente estaba en blanco. Pablo la miró a los ojos fijamente y después dijo con suavidad:

―Ven aquí. ―acto seguido la rodeó con un cálido abrazo que la hizo sentirse intensamente bien. Estuvieron abrazados unos instantes y cuando se separaron Sheila sonrió ligeramente.

―¡Qué sonrisa tan bonita! ―exclamó Pablo admirado. Sheila sintió que una leve alegría había brotado de su interior y de un modo natural y espontáneo había sonreído. Y entonces le dijo:

―A partir de este momento consideraré cada día como una oportunidad para mejorar como persona. La sonrisa es solo el comienzo.

―Los comienzos son siempre muy importantes y tú has elegido el mejor de todos ―reconoció Pablo y tras un instante de silencio añadió:

―¿Sabes que decía Teresa de Calcuta sobre la sonrisa?

―No, no lo sé.

―Una sonrisa en los labios alegra nuestro corazón, conserva nuestro buen humor, guarda nuestra alma en paz, vigoriza la salud, embellece nuestro rostro e inspira buenas obras.

―¡Que hermosas palabras!―Exclamó Sheila entusiasmada. Ambos se rieron y se sentaron en un banco frente a una de las fuentes. Charlaron durante horas y el tiempo se pasó volando. Cuando se hizo de noche decidieron cenar juntos y cuando hubieron terminado Pablo acompañó a Sheila a su casa. Cuando llegaron, Sheila dijo con voz suave:

―Ha sido maravilloso. Gracias por todo.

―Sí, lo ha sido. Gracias a ti por darme la oportunidad de conocerte.

Ambos se sonrieron. Sin embargo, los ojos de Sheila comenzaron a llenarse de lágrimas. Pablo, le había dicho que partiría a Nepal al día siguiente por la mañana y que no sabía cuándo volvería a España, pero que lo más seguro es que transcurriera al menos un año antes de su regreso. Sheila trabajaba por la mañana y no podría ir al aeropuerto para despedirse de él.

―No te preocupes Sheila, nos despedimos aquí, pero te recuerdo que ahora con las nuevas tecnologías no te librarás de mí tan fácilmente. ―ambos rieron. ―Espero que sigamos en contacto.

―Por supuesto. ―le aseguró rápidamente Sheila secándose las lágrimas.

―Además, ¿por qué no piensas en venir unos días a Nepal? Estoy seguro que te encantará.

Sheila le contestó sin vacilar.

―¡Cuenta con ello! Iré encantada.

Pablo y Sheila se dieron dos besos y tras guiñarle un ojo, Pablo se marchó. Cuando Sheila entró en su casa se dio cuenta de que Pablo la había ayudado y mucho. Ahora sabía lo que era la verdadera felicidad e iba a luchar por seguir sintiéndose feliz.

Así fue como poco a poco Sheila fue retomando el contacto con sus seres queridos de quienes se había distanciado totalmente. Continuó ayudando como socia a la ONG en la que trabajaba Pablo y participó como voluntaria en otras organizaciones de ayuda. Sheila fue ampliando su grupo de amigos y amigas y casi todos los días hablaba con Pablo por Skype. Además, Sheila organizó su viaje con ayuda de la ONG para ir a Nepal como voluntaria.

De modo que, en cuanto Sheila comenzó sus vacaciones, cogió sus maletas y emprendió un largo viaje. Al llegar a su destino, Pablo la estaba esperando. Cuando la envolvió con su cálido abrazo, Sheila sintió que no había nada mejor en el mundo que un abrazo de Pablo, su gran amigo, el médico que la había ayudado a sanar su corazón.

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