domingo, 8 de diciembre de 2019

La noria

Imagen de Frank Zhang en Pixabay
Marián consultó la hora en su reloj: eran casi las nueve menos cinco. La noria llevaba parada más tiempo de lo normal. Al darse cuenta de esto Marián, que ocupaba una de las cabinas que estaban más elevadas, sintió mucho miedo. No tenía compañía y a su alrededor no había nadie. Entonces miró hacia abajo y vio como las pocas personas que se habían subido a la noria, se encontraban en las cabinas más bajas y observó cómo se bajaban de ellas apresuradamente.

Marián sintió un vértigo terrible y cerró los ojos con fuerza durante un largo rato. Cuando se sintió un poco mejor abrió los ojos para mirar hacia el cielo. Las algodonadas nubes blancas la tranquilizaron un poco. <<¿Qué habrá pasado? ¿Cuánto tiempo más tendré que estar aquí arriba?>> se preguntó tratando de mantener la calma y sin querer mirar el reloj.

Como sentía que su miedo se incrementaba cada vez más, cerró los ojos de nuevo y comenzó a pensar en él, en David: el hombre que trabajaba como operario de la noria. <<Sin duda él hará todo lo posible para rescatarme>> se dijo Marián ilusionada. En ese momento recordó el primer día que le conoció, el cinco de mayo. 


Fue una tarde cuando Marián acompañó a sus alumnos a una excursión al Parque de Atracciones. Se disponía a subir a la noria con algunos de ellos cuando vio al operario encargado de la atracción. Marián se enamoró al instante de él.
No intercambiaron más palabras que un saludo, pero Marián se quedó embelesada. No pudo evitar ver su nombre en la etiqueta identificativa que llevaba prendida en la camisa: David. Desde entonces, durante noventa y tres días, ella había acudido al parque todas las noches y se había subido a la noria con la única intención de verle. Marián comenzó a recordar cada uno de los momentos en que había disfrutado de su presencia, de su cercanía, pensó en su increíble mirada, en las ganas que tenía de decirle algo más que un saludo. Mientras, el tiempo fue pasando sin que Marián apenas se diese cuenta.

De pronto salió de su ensimismamiento y, con valentía, volvió a mirar hacia abajo. Esperaba verle a él, preocupado, tratando de arreglar la noria pero se llevó la sorpresa de descubrir que todo estaba sumido en la oscuridad más profunda. Ahora sí que se sintió sola, completamente sola. Miró la hora en su móvil, porque la oscuridad la había engullido a ella también. Eran las diez de la noche. A esa hora cerraban el parque.

Marián comenzó a gritar con fuerza pidiendo ayuda. Se le partió el corazón al pensar que quizás David se había marchado dejándola allí y las lágrimas brotaron de sus ojos. Entonces, oyó una voz masculina que le gritó:

―Por favor tranquila. La he llamado varias veces pero no me ha respondido. Estaba muy preocupado. ¿Se encuentra bien?

Cerró los ojos con fuerza al sentir cómo el timbre de aquella voz se le clavaba en el corazón como un puñal pues no era la voz que deseaba oír, la voz de David. Marián no sabía qué responder. <<Nunca me he sentido tan mal>> pensó.

―¡Por favor, ayúdeme!¡Llevo aquí más de una hora! ― gritó desesperadamente y con todas sus fuerzas mirando hacia abajo a pesar de no ver nada.

―Lo sé y estoy tratando de arreglarla lo antes posible. Por favor tenga paciencia.

Marián no dijo nada y pensó que ya no le quedaba ni gota de paciencia. Además, cada vez tenía más frío, aunque, sin duda, era peor el frío que sentía en su corazón. <<Ojalá ese hombre fuera David>> pensó desilusionada, desesperanzada, destrozada. Decidió que si conseguía bajar de la noria ya no volvería a subirse a ella nunca más. Decidió que ya no vería más al hombre al que amaba tanto.

De súbito las luces de la noria se encendieron y, al cabo de unos instantes, la atracción se puso en marcha de modo que la cabina en la que se hallaba Marián fue bajando despacio. Cuando llegó al suelo, Marián se bajó tambaleándose. Estaba mareada y temblaba de miedo, de frío y de desamor. Aunque aún albergaba la esperanza de que David apareciese.

―Siento mucho lo ocurrido. Tenga, póngase mi chaqueta. ―le dijo el técnico quitándosela con rapidez y tendiéndosela con amabilidad.

Marián buscó a David con la mirada, pero al no verle lo único que deseó fue marcharse de allí cuanto antes.

―No es necesario, gracias. ―le contestó al hombre rechazando la chaqueta con un gesto de la mano.

Inmediatamente Marián caminó hacia la salida del parque reflexionando sobre lo triste que era amar sin ser correspondida. Reprochándose que no era la primera vez que le ocurría, preguntándose por qué cometía el mismo error una y otra vez. Al mismo tiempo, el técnico que había reparado la noria se preguntaba si volvería a ver alguna vez a aquella mujer, aunque intuyó entristecido que eso no ocurriría.

4 comentarios:

  1. Felicidades por plasmar perfectamente en tu relato lo que sucede al tener amores platónicos, aunque se sufra mucho es imposible no dejarse llevar por el corazón. Un saludo.

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    1. Sí, los amores platónicos suelen ser muy complicados. ¡Gracias por tu comentario!

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