viernes, 24 de enero de 2020

La horquilla de la sirena

© Imagen creada por Cristina Rubio

Van Yun era un joven campesino que llevaba una vida muy tranquila junto a su padre en un pequeño pueblecito costero.

Un día, mientras caminaba por la orilla del mar, encontró sobre la arena una extraña horquilla para el cabello. La tomó entre sus manos y la observó maravillado. La horquilla era dorada y tenía forma de estrella. Además, en ella había grabado un nombre en letras pequeñísimas: Sanma.

El joven se preguntó quién sería la dueña de aquella horquilla y pensó en las mujeres que vivían en su pueblo, pero ninguna se llamaba así.

Van Yun se sintió inquieto y a partir de ese momento conocer a Sanma se convirtió en su mayor deseo.

Un día, mientras estaba sentado sobre una roca contemplando el mar le pareció oír el canto de una voz femenina.

El joven miró atentamente entre las olas y entonces logró divisar a alguien que nadaba hacia él. Pero al mismo tiempo le pareció ver la cola de un pez. En ese momento Van Yun se alarmó pensando que quizás la persona necesitara ayuda. Pero al mismo tiempo se preguntaba de donde procedería aquel extraño canto.

De repente, frente a él, emergió del mar una sirena. El joven se quedó atónito y al mismo tiempo cautivado por la serenidad y la bondad que desprendía el rostro de ella.

―¿Quién eres? ―balbuceó Van Yun.

―Soy Sanma, la princesa del mar ―dijo la sirena. Tras una breve pausa, continuó diciendo: ―Quiero que me devuelvas algo que perdí y que ahora tienes tú.

Rápidamente Van Yun recordó la misteriosa horquilla. Pero entonces pensó que, si se la entregaba a la sirena, quizás esta se iría.

―Me gustaría conocerte Sanma, así que te la devolveré si me prometes que volveré a verte pronto ―le propuso Van Yun.

La sirena pareció muy sorprendida y dudó durante unos instantes, pero después dijo:

―No puedo prometerte tal cosa.

Van Yun sintió un desgarrador dolor en el pecho al oír las palabras de Sanma. Y el enfado se apoderó de él.

―Entonces, no volverás a ver tu preciada horquilla.

La sirena volvió a mostrar su sorpresa.

―No es sólo una horquilla. Es algo muy importante para mí. Si no me la devuelves, no podré ser feliz jamás.

―Entonces, acepta el trato que te he propuesto ―insistió el joven.

―No puedo ―repuso Sanma con tristeza.

―¿Por qué? ―quiso saber Van Yun.

―Porque pertenecemos a mundos diferentes. Ahora puedes verme porque tienes mi horquilla. Pero en cuanto me la devuelvas ya no podremos vernos ni tú a mí ni yo a ti.

Van Yun sacó la horquilla del bolsillo de su chaqueta. La miró con atención y después exclamó:

―¡Entonces deja que me la quede y así podremos vernos siempre!

―No debes tenerla tú sino yo. Sin ella no tengo magia y sin magia me siento vacía.

―Pero si te la entrego seré yo quien se sienta vacío. Porque quiero verte cada día y tú me dices que no podremos volver a vernos.

―Ese vacío que sientes ahora, es pasajero, con el tiempo se te pasará. Pero si te quedas con la horquilla mi vacío no desaparecerá jamás.

Tras unos instantes en silencio Van Yun le dijo a Sanma:

―Toma, no deseo que seas infeliz por mi culpa. Pero quiero que sepas que jamás te olvidaré ―dijo el joven entregándole la horquilla a la sirena.

En cuanto Sanma cogió la horquilla desapareció y Van Yun se marchó a su casa muy apenado.

Cuando estaba cenando con su padre, este percibió la tristeza de su hijo y le preguntó:

―Van Yun, ¿qué te ocurre?

El joven entonces le explicó a su padre:

―Hoy he conocido a alguien a quien no volveré a ver nunca más.

―Hijo, ¿quieres contármelo?

Van Yun miró a su padre con la mirada muy triste y asintió con la cabeza. Seguidamente le contó todo lo que le había ocurrido. Cuando hubo terminado su historia, su padre le dijo:

―Hiciste lo que debías. Y eso siempre tiene su recompensa, no lo olvides.

Van Yun no entendió las palabras de su padre en aquel momento ni en los siguientes días ni en los siguientes años.

Hasta que llegó una noche en la que Van Yun, que ya era un anciano, regresó a la roca donde había conocido a Sanma y a donde había sido incapaz de volver ni una sola vez. Se sorprendió al descubrir que allí estaba la horquilla de ella. Extrañado, se acercó y la cogió. Entonces oyó una voz risueña:

―Veo que es cierto lo que dijiste. No me has olvidado.

Van Yun miró al mar emocionado y vio que allí estaba Sanma. Él era un anciano, pero ella seguía siendo tan joven como la primera vez que la vio.

―¿Cómo podría olvidarte?

Sanma rio y le dijo:

―Yo tampoco te he olvidado.

―Entonces, ¿me dejarás la horquilla para que podamos vernos?

―No. Te ofrezco algo mejor: si lo deseas, puedes vivir en mi reino.

―¿Tu reino? ¿Quieres decir en el mar?

―Sí.

Van Yun no sabía si reír o llorar, pero le respondió a la sirena que deseaba estar junto a ella más que nada en el mundo. En ese momento su espíritu comenzó a brillar y poco a poco fue abandonando su cuerpo.

―Ven ―le dijo Sanma.

Van Yun saltó al agua y en ese instante se transformó en un hermoso tritón.

Cuando un vecino encontró el cuerpo sin vida de Van Yun sobre la roca todos en el pueblo se entristecieron. Pero eso fue porque no sabían que ahora Van Yun vivía en el mar y era inmensamente feliz junto a Sanma.


martes, 14 de enero de 2020

Un cielo sin nubes


La oruga Layla estaba en el bosque, sobre una hoja de una pequeña planta. Se preguntaba extrañada por qué haría tanto calor y tan poca humedad en el ambiente. El oso Polino al pasar por su lado, la saludó y acercándose a ella, exclamó:

―¡Qué calor hace! ¿verdad?

La oruga asintió con su cabecita.

―Me pregunto dónde estarán las nubes. No hay ni una sola en el cielo.

Entonces, el árbol Zenya que les estaba escuchando les dijo:

―Venid aquí, refugiaros bajo mi amplia sombra.

El oso cogió a la oruga con cuidado y la puso sobre una de las ramas del árbol.

―¡Qué sombra tan agradable! ―exclamó Layla.

―¡Sí que agradable! ―exclamó Polino y seguidamente le preguntó a Zenya―: ¿Sabes por qué no hay nubes en el cielo?

Entonces Zenya les explicó:

―Las nubes se han ido de viaje unos días. Pero no tardarán en volver. No os preocupéis. Hasta entonces, podéis refugiaros bajo mi sombra todo el tiempo que queráis.

―Eres muy amable ―le dijo Layla.

―Sí, ¡muchas gracias! ―exclamó con entusiasmo Polino.

―¡Oh no! tan sólo soy un árbol y proporcionar sombra es una de mis funciones principales. ―dijo Zenya con humildad.

Tras unos instantes la ardilla Casilda saltó sobre una de las ramas de Zenya.

―Bienvenida Casilda ―le saludó el árbol.

―Buenos días Zenya. Te he escuchado decir que las nubes se han ido de viaje. ¿Por qué razón?

Layla y Polino permanecieron callados esperando la respuesta del árbol ya que ellos también se hacían esta misma pregunta.

―La razón es que están tristes porque ya nadie les presta atención y para darnos una lección a los habitantes de este bosque decidieron marcharse unos días. Piensan que no se aprecia lo que se tiene hasta que se pierde. Así que esperan que nos demos cuenta de lo importantes que son y que apreciemos su labor cuando vuelvan.

Layla entonces intervino:

―Es verdad, las entiendo. Ya a nadie le fascina el cielo. Ahora estamos siempre muy ocupados con otras cosas y ya no dedicamos tiempo a contemplar la belleza de las nubes, de la luna, las estrellas…

El árbol y la ardilla le dieron la razón. Sin embargo, Polino replicó:

―Pero ¿qué tiene que importarles a las nubes si las apreciamos o no? No entiendo por qué les afecta tanto.

Entonces el árbol Zenya dijo:

―Cuando os he ofrecido mi sombra, me habéis mostrado agradecimiento y os he contestado que solo soy un árbol y que mi función es dar sombra. Pero he de reconocer que me he sentido feliz por vuestras palabras. Me habéis hecho sentir valorado. Imaginaos a las nubes. Hacen una función realmente importante. Sin ellas no hay lluvia. ¿Y como sobreviviríamos sin agua? Sin embargo, nadie les prestamos atención, nadie les damos las gracias. ¿Acaso no deberíamos ser agradecidos con ellas? Pues ya veis que nada les impide marcharse a otra parte si las tratamos como si no las necesitáramos.

El oso, la oruga y la ardilla asintieron dándole la razón a Zenya. Entonces los cuatro miraron al cielo esperando el regreso de las nubes.

La ardilla Casilda se subió a lo más alto del árbol y al cabo de un rato, gritó entusiasmada:

―¡Las nubes regresan!¡Las nubes regresan!

Las nubes vieron a la ardilla que las comenzó a saludar con gran alegría y se acercaron a ella. En ese momento el oso, la oruga y el árbol les dedicaron palabras de agradecimiento. Las nubes se sintieron muy felices y comenzó a llover. Todo el bosque celebró la tormenta veraniega y Layla, Polino, Casilda y Zenya se encargaron de que las nubes no volvieran a sentirse ignoradas nunca más.