sábado, 14 de marzo de 2020

Mi hermoso jardín

Ilustración de Cristina Rubio

Tras visitar a mi amigo, el Ogro de Cornish, me quedé con él durante 7 años. Después de ese tiempo decidí regresar a mi mansión. ¡Qué desagradable sorpresa me llevé cuando vi a un grupo de niños jugando en mi hermoso jardín!

―¡Este jardín es mío!¡No dejaré que nadie juegue aquí! ―les grité con fuerza.

Los niños me miraron completamente aterrados e, inmediatamente, huyeron despavoridos. En ese momento me alegré más que nunca de ser un gigante y que los niños me temiesen. No obstante, por precaución, levanté un muro muy alto en el que puse un cartel que decía:


“Entrada estrictamente prohibida” 

En mi interior sentí que no había obrado bien. Sin embargo, enseguida un pensamiento reforzó mi comportamiento: el jardín era de mi propiedad por lo que no podía permitirles a los niños que jugasen en él.

A veces los niños se acercaban y a escondidas se susurraban unos a otros lo mucho de menos que echaban jugar en el jardín. No podía evitar sentirme triste por ellos, pero volvía a convencerme de que si el jardín era mío ellos no tenían ningún derecho a estar en él. ¡Podrían estropearlo! Y mi jardín era demasiado bonito. No, no podía permitirles entrar.

Lo que no me esperaba era que aquel año la primavera llegaría a todas partes menos a mi jardín. Por primera vez los pájaros no cantaban, los árboles no florecían y la nieve y la escarcha lo cubrían todo. Y lo peor era que cada vez hacía más frío y granizaba a diario.

No podía entender por qué la primavera no llegaba a mi jardín. Cada día miraba por la ventana con la esperanza de que el invierno hubiese desaparecido, pero mis esperanzas se desvanecieron cuando transcurrieron el verano y el otoño y en mi jardín continuaba siendo invierno.
Me sentía tan triste que me pasaba el tiempo encerrado en la mansión y ya no contemplaba mi jardín. Hasta que un día, el canto de un jilguerito llegó hasta mis oídos y me alegró tanto que fui a mirar por la ventana. ¡Cuál fue mi asombro al ver que había una brecha en el muro y que los niños habían vuelto a entrar en el jardín y se habían subido a los árboles!

Ya no había ni rastro del invierno y ahora las copas de los árboles estaban cubiertas de flores. Sin embargo, me sorprendí al ver que un niño muy pequeñito intentaba subirse a un árbol, pero como no alcanzaba las ramas lloraba amargamente. Aquel árbol era el único que no había florecido y continuaba cubierto de escarcha y de nieve.

Sin dudar, acudí de prisa a ayudar al niño a subirse al árbol con una angustia terrible en el pecho por no haber permitido a los niños jugar en el jardín. ¡Qué arrepentido me sentía! Tan arrepentido estaba que se me saltaban las lágrimas.

Sin embargo, en cuanto los niños me vieron huyeron aterrados. Tan solo el niño pequeñito, el que no podía subirse al árbol, permaneció donde estaba. Me miró y no sé por qué tuve la convicción de que él no me tenía miedo porque sabía que yo solo quería ayudarle. Así que sin decir nada lo cogí con cuidado con mis manos y lo ayudé a subirse al árbol que en aquel mismo instante floreció. Entonces el niño me abrazó y me dio un beso.

Su cariño y gratitud fue el mejor regalo que había recibido en toda mi vida y comprendí el sinsentido de mi comportamiento egoísta.

Los niños que habían permanecido escondidos observándolo todo regresaron al jardín, no sin mostrar cierto temor.

―A partir de ahora este jardín es vuestro ―les anuncié lleno de una felicidad que jamás antes había experimentado. Y seguidamente derribé el muro y con él mi terrible egoísmo.

A partir de entonces todos los días jugaba con los niños en el jardín. Pero me sentía muy triste porque el más pequeño de todos, el niño al que ayudé a subirse al árbol, el que me dio un beso, no volvió a aparecer. Les preguntaba por él a los demás niños, pero ellos me respondían que no sabían nada de él.

―¡Cómo me gustaría volver a verle! ―suspiraba apenado.

Pasaron los años y fui envejeciendo. Ya no podía jugar con los niños pues me faltaban las fuerzas. De modo que me sentaba en un sillón y admiraba mi precioso jardín lleno de flores, aunque para mí las flores más bellas eran los niños.

Una tarde me alegré inmensamente al ver al pequeñín al que tanto había echado de menos. No podía creer lo que veía: el niño estaba junto al árbol al que le ayudé a subirse. Su copa estaba cubierta de flores blancas y de sus ramas doradas colgaban frutos plateados.

Lleno de una inmensa alegría me dirigí al jardín. Pero cuando llegué junto al niño y vi que en sus manos y en sus pies había huellas de clavos entré en cólera y le pregunté:

―¿Quién se atrevió a herirte? Dímelo para tomar la espada y matarlo.

―¡No! ―me respondió el niño. ―No es venganza lo que quiero en tu corazón sino amor.

―¿Quién eres tú, mi pequeño niñito? ―le pregunté cayendo de rodillas ante él mientras sentía que mis ojos me engañaban pues le veía pequeño pero en realidad era inmensamente más grande que yo.

Entonces el niño me sonrió diciendo:

―Una vez tú me dejaste jugar en tu jardín. Hoy tú jugarás conmigo en el jardín mío que es el Paraíso.

Me tumbé sobre la cálida hierba y abandoné mi cuerpo viendo como éste se cubría de flores blancas. Me alegré al pensar que mi jardín jamás se estropearía porque siempre habría niños que jugarían en él.


Este relato es mi versión en primera persona del cuento El gigante egoísta de Oscar Wilde. 

1 comentario:

  1. Siempre que leo tus relatos, me quedo sorprendida gratamente por la belleza de tu elección al narrar cuentos tan emotivos y llenos de buenas enseñanzas. Ánimo, sigue por esta línea educativa que tanta falta hace. Un saludo.

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