lunes, 4 de mayo de 2020

Información útil

Imagen creada por Cristina Rubio


Me llamo Ben y aún soy pequeño. Sin embargo, mi edad no me ha impedido coger mi nave espacial y viajar hasta el planeta Tierra. Un planeta que nuestra especie, descubrió hace un año y que fue visitado por nuestros cinco mejores expertos. Cuando estos regresaron nos mostraron algunas fotografías y nos dieron mucha información útil, como por ejemplo que este planeta está habitado por muchísimas especies diferentes, entre ellas una a la que calificaron como muy peligrosa: la especie humana.

Estoy recodando estas cosas y al fin ya diviso el planeta Tierra. Selecciono en mi pulsera las opciones “invisibilidad” tanto para mí como para mi nave espacial y automáticamente ambos nos hacemos invisibles. Un rato después aterrizo cerca de una zona con mucha agua que me ha llamado la atención pues nunca he visto nada parecido.

Las fotografías que nos mostraron los cinco expertos eran sobre todo de la tecnología creada por los mencionados humanos. Pero apenas hicieron fotografías del entorno, algo que me desconcierta totalmente pues por lo que estoy viendo este planeta es realmente hermoso.

El contraste es muy grande comparado con mi pequeño planeta en el que sólo vive la especie a la que pertenezco, una especie a la que los humanos califican como extraterrestre. En mi planeta todos somos muy parecidos: cabeza, orejas, ojos y pies grandes; muy poquito pelo y cuerpo pequeño. Nos distinguimos unos de otros por los colores de nuestra piel: rosa, verde, naranja, amarillo… Y nuestro único alimento consiste en bayas de energía que genera espontáneamente la tierra y nuestra única bebida es el agua que sacamos de nuestros numerosos pozos.

Pero nunca he visto tanta agua sobre la superficie como ahora. Al fin decido abandonar mi nave para encaminarme hacia esa cantidad ingente de agua. Ahora, de cerca, me parece estar contemplando un espectáculo extraordinario: el agua está en perpetuo movimiento y delante de ella hay mucha tierra fina y dorada.

Nunca he visto nada más hermoso en mi vida. Es un lugar muy amplio y tan solo diviso a cinco humanos. De momento parecen tranquilos así que mi sensación de temor hacia ellos disminuye. Además, me recuerdo a mí mismo que soy invisible y que como nadie me puede ver no corro ningún peligro.

Así que comienzo a caminar descalzo por esa tierra tan peculiar y siento su calidez. Cuando me acerco al agua me maravillo al ver como esta avanza mojándome los pies y después retrocede como si estuviese jugando.

En la zona donde estoy el agua ha ablandado la tierra y siento somo mis pies se hunden, levanto uno de ellos y veo mi huella impresa en la tierra fascinado. Estoy tan absorto en este increíble descubrimiento que no me doy cuenta de que un humano se ha acercado a mí.

Se trata de un niño, es igual de bajito que yo. Lo contemplo mientras él, ajeno a mi presencia, coge agua con un cubo. Entonces recuerdo la palabra “peligroso”. Pero no me parece el mejor adjetivo para definirle. Así que selecciono en mi pulsera una foto de un niño humano y en ese momento mi físico toma la apariencia de ese niño y me hago visible.

Cuando el niño se gira y me ve se queda muy sorprendido. Yo no sé qué decirle y ambos nos quedamos en silencio hasta que él me saluda con timidez:

―Hola

―Hola ―le contesto sonriendo. El niño me devuelve la sonrisa y se le ilumina el rostro. En ese momento decido averiguar más sobre ese mágico entorno en el que nos encontramos.

―¿Qué es esto? ―le pregunto señalando el agua.

―¡El mar! ―me dice con alegría. Deja el cubo sobre la tierra y empieza a aplaudir con entusiasmo. Me alegro de descubrir que a él le fascina tanto el mar como a mí.

―¿Y esto? ―vuelvo a preguntarle señalando la tierra fina.

―¡La arena! ―y vuelve a aplaudir efusivo. En ese momento señala un montículo de arena que está a pocos metros de nosotros y continúa diciéndome:

―¡Ese es mi castillo! ¿Quieres jugar?

Me quedo pensando en esa palabra: “jugar” no recuerdo ya la última vez que jugué a algo. Pues en mi planeta solo jugamos cuando somos muy, muy pequeños. Enseguida comenzamos a estudiar mucho y con una gran seriedad.

―Sí ―le contesto finalmente. El niño coge de nuevo su cubo lleno de agua y se dirige hacia el castillo. Una vez allí vierte el agua sobre la arena, recoge la arena con una pala, la va poniendo en el cubo y una vez está lleno lo vuelva rápidamente y entonces me ordena eufórico:

―¡Ahora tú!

Sigo los mismos pasos que él y cuando hago mi propio castillo, el niño ríe y aplaude. Parece muy feliz.

―¿Cómo te llamas? ―me pregunta de repente y me quedo bloqueado porque quiero darle mi nombre real pero siento cierto temor ante su posible peligrosidad.

―Beny ―digo finalmente y me siento feliz por decirle mi nombre verdadero ―¿y tú?

―Mateo.

―Me alegro mucho de conocerte Mateo ―le digo con franqueza.

Continuamos un buen rato jugando a construir castillos y aprovecho para hacer fotografías con mi pulsera de la arena, del mar y de Mateo. Pero, de pronto, veo que una humana se está acercando a nosotros. Yo siento pánico y le pregunto:

―¿Esa es tu mamá?

Mateo alza la cabeza y asiente con alegría gritando:

―Mamá, mamá. ¡Mira, mi amigo Ben!

Siento mucho miedo ante la idea de peligro que representa aquella humana y me despido precipitadamente de Mateo.

―Lo siento, pero tengo que marcharme.

―¿Mañana vendrás?

―No, no creo que pueda. Pero siempre te recordaré. Adiós Mateo.

El niño me mira con tristeza, parece que está a punto de llorar. Yo me marcho corriendo y cuando ya he recorrido varios metros vuelvo a seleccionar “invisible” en mi pulsera y me subo a mi nave espacial.

Miro por última vez el mar, la arena y desde allí también puedo ver a Mateo junto a su madre. Creo que está llorando. Yo también estoy llorando por no poder volver a verle. Pero pienso en mi familia. Seguro que están muy preocupados por mí. Y es que no le dije nada a nadie sobre este viaje porque si hubiese dicho algo al respecto no me hubieran dejado partir.

Cuando llego de nuevo a mi planeta, mi madre, mi padre y mis dos hermanos me reciben emocionados. Me dicen que me han buscado por todas partes y que estaban desesperados al no encontrarme. “¿Dónde has estado?” me preguntan al unísono.

―En el planeta Tierra ―les contesto orgulloso.

Se crea un silencio sepulcral, todos me miran pálidos. Entonces continúo explicándoles:

―He conocido a un humano, se llama Mateo y es muy simpático. Además, he visto la arena y el mar. Mirad.

Entonces les muestro todas las fotografías que tomé con mi pulsera de la arena, el mar y de Mateo jugando y riendo.

Se quedan fascinados y yo tengo la esperanza de que esta información que he recopilado se convierta en información útil a pesar de no provenir de un experto y de que algún día cuando mi especie piense en el planeta Tierra le vengan a la mente las imágenes de la arena, el mar y del pequeño y simpático humano llamado Mateo.

6 comentarios:

  1. Como se suele decir, viajar y conocer al "otro" es la manera de que todos vivamos en paz y harmonía. Un precioso relato, que aunque medie un extraterrestre, bien podría aplicarse a cualquier población de la Tierra. ¡Saludos!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Totalmente de acuerdo contigo David. Con este relato quería destacar la belleza de nuestro planeta a través de la playa y también todo lo bueno que hay en él mediante el pequeño Mateo. Nuestro planeta es increíble y único, ojalá lo cuidásemos más. Muchas gracias y saludos!!

      Eliminar
  2. Hola Cristina, me ha encantado como siempre volver a leer un relato tuyo, este me ha hecho recapacitar sobre todo lo que nos está pasando, por no saber amar como se merece a nuestro maravilloso planeta llamado "TIERRA". Te deseo que todo te vaya muy bien, y por favor no dejes de seguir compartiendo a través del blog tus geniales relatos. ¡Saludos!

    ResponderEliminar