lunes, 25 de mayo de 2020

Silvina y el dragón

Silvina era una joven princesa que vivía en un castillo con su padre, el Rey. Desde hacía dos meses la muchacha se había prometido a sí misma conseguir capturar al dragón que atemorizaba a su pueblo.

Todo ocurrió el día que le vio por primera vez. La princesa estaba paseando por su jardín cuando, de repente, una enorme sombra se proyectó sobre ella. La joven miró al cielo y se sobresaltó al ver a un enorme dragón que volaba por el cielo. Su inmenso cuerpo ocultaba el sol como si se tratase de un gigantesco nubarrón.

Silvina trató de ocultar su temor mientras todo el mundo a su alrededor gritaba y huía en estampida. Entonces Silvina se quedó inmóvil en el lugar en el que se encontraba y, mirando al dragón desafiante, dijo en voz alta:

―¡Te cazaré y nunca más asustarás a nadie!

Pero el dragón continuó volando tranquilo por el cielo ajeno al caos que provocaba entre los aldeanos.

Silvina, pensó en el dragón todo el día calificándolo como una gran amenaza sin tener en cuenta que aquella enorme criatura no había hecho daño nunca a nadie. Deseaba cazarlo y que no volviese a molestar a nadie. Pero se sentía impotente porque ella sólo era una princesa. “¿Cómo lo cazaré si no puedo salir de este castillo?” se preguntaba constantemente.

Pero cuando llegó la noche y Silvina se disponía a irse a dormir oyó una voz que la llamaba. Silvina se acercó a la ventana de donde parecía provenir aquella voz y entonces apareció ante ella un hada flotando en el aire.

La princesa dio un paso atrás asustada y el hada entonces le dijo:

―Silvina, no temas. He venido para ayudarte a alcanzar tu mayor deseo.

Silvina entonces le contestó sin dudar:

―No hay nada que desee más que capturar al dragón.

―Muy bien. Ponte este medallón con el que podrás capturarlo y monta sobre este caballo alado que te llevará hasta el dragón.

Silvina se puso alrededor del cuello el collar que le ofreció el hada y miró el caballo alado. Este entró por la ventana hasta los aposentos de la joven y esperó a que se subiera en él.

Silvina dudó unos instantes, pero después decidió montar en el caballo. Inmediatamente el corcel salió volando por la ventana y Silvina, que no podía creer que lo que le estaba sucediendo fuese cierto, pensó que todo era un sueño.

Al cabo de un rato, la princesa divisó una altísima torre hacia la que se dirigía el caballo alado. Este aminoró la velocidad cuando estaba ya cerca y con mucho sigilo aterrizó sobre lo alto de la torre.

Silvina se bajó del caballo y miró a su alrededor. Todo estaba muy oscuro y no se veía apenas nada, pero enseguida, en el silencio de la noche distinguió un sonido que parecía un profundo ronquido. Silvina prestó atención y guiándose por aquel ronquido llegó hasta unas escaleras que bajaban al interior de la torre.

La joven con cuidado, fue bajando los escalones muy despacio y entonces se encendieron dos antorchas. Silvina se asustó al ver aparecer ante la luz al dragón que estaba despierto y sus enormes ojos miraban atentamente a Silvina.

En ese momento el dragón rugió con fuerza y Silvina retrocedió temblorosa con la mala suerte de que tropezó con algo y cayó al suelo. El dragón movió su largo cuello acercando la cabeza a la joven.

―¿Quién eres tú? ―le preguntó mirándola con sus grandes ojos verdes.

Silvina se levantó y le contestó con valentía:

―¡Soy la princesa Silvina y estoy aquí para capturarte!

―¿Capturarme?¿Tú? ―preguntó el dragón con aire burlón y de pronto comenzó a reír.

Silvina se sorprendió mucho al ver al dragón reírse de aquel modo. Nunca había oído una risa tan real, tan auténtica. La joven se sintió confusa y, sin saber por qué, su deseo de capturar al dragón disminuyó.

Cuando el dragón cesó de reír, volvió a dirigirse a la princesa con el mismo aire burlón:

―Bien pequeña, ¿y cómo piensas capturarme?

―¡Con este medallón!

Silvina le mostró el medallón y la inmensa criatura pareció reconocerlo porque se estremeció y adoptó un aire grave.

―¿Y puedo saber el motivo?

―Tienes atemorizado a todo mi reino.

El dragón le contestó:

―Pero yo nunca le he hecho daño a nadie.

Silvina tuvo que admitir que el dragón decía la verdad pero ¿acaso no era una amenaza?

―Pero podrías. ¡Así que te atraparé ahora mismo! ―Silvina tocó el medallón con los dedos y en ese instante de él emanó una luz muy intensa que se dirigió hacia el dragón. Entonces la criatura rugió terriblemente y desapareció.

Silvina observó el medallón. Ahora, dentro de él, se veía al dragón empequeñecido que se movía de un lado a otro desesperadamente.

―¡Lo he conseguido! ―gritó la princesa llena de júbilo. Inmediatamente se dirigió al caballo alado que la esperaba en lo alto de la torre y ambos regresaron al castillo.

Cuando la muchacha estuvo ya en sus aposentos se sintió agotada y se quedó dormida enseguida.

Cuando despertó por la mañana, lo primero que hizo fue mirar al dragón dentro del medallón. El dragón continuaba moviéndose de un lado a otro con desesperación.

Entonces Silvina pensó en lo terrible que debía ser estar preso dentro de aquella piedra y sintió compasión por el dragón. Ya no podía oírle, pero se dio cuenta de que lloraba y que le suplicaba compasión. La princesa empezó a arrepentirse de haberlo apresado.

¿Qué haría ahora? ¿Por cuánto tiempo lo tendría ahí atrapado? ¿Era justo tenerle preso? ¿A quién le había hecho daño y a quién podría hacerle daño? De este modo la muchacha comenzó a inquietarse y a sentirse terriblemente mal consigo misma.

“Tengo que hablar con el hada” pensó. Pero “¿y si el hada no vuelve a aparecer? ¿qué haré?” La princesa estuvo haciéndose todas estas preguntas bajo el peso de un sentimiento de culpabilidad.

Todo el ánimo de la victoria de la noche anterior había desaparecido. Era como si su mayor deseo se hubiese convertido en su mayor enemigo.

Cuando llegó la noche, Silvina esperó al hada asomada a su ventana. Pero el hada no apareció. Silvina miro al dragón que no dejaba de chochar contra los laterales del medallón.

―Lo siento mucho. ―le dijo Silvina sintiéndose miserable. Entonces la joven comenzó a llorar y una de sus lágrimas cayó sobre el medallón. En ese momento, el dragón salió del medallón y se materializó ante los atónitos ojos de Silvina.

―Gracias por liberarme princesa. Te prometo que nunca le haré daño a nadie.

Tras decir estas palabras el dragón se marchó volando y la princesa sintió una inmensa alegría.

El hada apareció y rápidamente Silvina le suplicó:

―Por favor, quédate con este medallón y no se lo des jamás a nadie.

―Silvina, piénsalo bien. Si me devuelves el medallón ya no podré ayudarte a cumplir ningún otro deseo.

La princesa contempló el medallón por unos instantes y después le dijo al hada:

―Lo que más deseaba era capturar al dragón. Sin embargo, ahora lo único que deseo es que viva libre. Por favor protege al dragón para que nadie pueda volver a capturarlo ni hacerle daño jamás.

―Así será. ―le contestó el hada y cogiendo el medallón que le devolvió la princesa desapareció.

Silvina sintió como el peso que llevaba sobre sus espaldas se desvanecía y sonrió al pensar en el dragón volando libre y a salvo.


3 comentarios:

  1. Hola Cristina, una vez más me ha encantado tu relato. Es muy cierto que hay que meditar mucho sobre lo que se desea, ya que no siempre al conseguir el deseo vamos a ser más felices. Un saludo.

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    1. Así es Carmen, muchas gracias por leer y comentar. Saludos!!

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  2. ¡Qué buen relato! Me quedo por aquí de seguidora y te invito a que te pases por mi blog si te apetece.
    Un abrazo.

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